¿EL REINO DE DIOS O COMPAÑERISMO QUE EMPODERA?

PATRICIA PAZ, Ppaz1954@gmail.com
BUENOS AIRES (ARGENTINA).

ECLESALIA, 16/09/11.- La frase “Reino de Dios” aparece más de 100 veces en los Evangelios sinópticos, casi siempre en boca de Jesús. De esto podríamos deducir que el concepto de Reino de Dios es algo central, quizás el núcleo de sus enseñanzas. Jesús no nos da una definición clara de lo que es el Reino, pero comienza su predicación diciendo: “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1, 15).
La idea del Reino de Dios es una idea que me apasiona, aunque no haya acuerdo en si es un concepto escatológico o sapiencial, ni en cómo definirlo. Parecería que tiene muchos sentidos, y si miramos las parábolas del Reino nos damos cuenta de que es un término polivalente. El biblista J. D. Crossan sugiere cambiar la expresión “Reino de Dios” por “Compañerismo que Empodera”. Parece que esta definición se acercaría más al término arameo malkuta que habría usado Jesús y que es un término femenino. El término Reino sugería poder, dominación, privilegio y control jerárquico, en cambio la versión femenina usada por Jesús denota algo mucho más igualitario, liberador y empoderaror, un liderazgo que empodera. Son relaciones nuevas, que buscan un poder compartido y solidario, un poder no sobre otros sino con otros.
Hay muchas parábolas que hablan de estas relaciones nuevas, pero me parece que la de éste domingo es especialmente significativa. Es además una parábola absolutamente contracultural y que nos escandaliza, o al menos que nos deja perplejos. Nos parece una terrible injusticia pagarle lo mismo a quien ha trabajado todo el día que a quién sólo lo hizo por una hora. Y aquí veo la oportunidad de mirar al Reino como una situación de relaciones nuevas, de compañerismo que empodera.
Voy a hacer hincapié en algunos detalles. El primero es que lo que el dueño del campo ofrece como paga es un denario, o sea un jornal, lo necesario para vivir. El otro detalle importante es la respuesta que le dan los obreros de la última hora cuando se les pregunta por qué no están trabajando y ellos responden: “Nadie nos ha contratado” (Mt 20, 7). Entonces, el dueño del campo, que ofrece lo necesario para la vida, se encuentra con algunos que no tienen ni eso y los contrata. No estaban trabajando porque no querían, si no porque no tenían trabajo. Creo que Jesús, entre otras cosas, nos está diciendo que todos tenemos derecho a un trabajo que nos dé para vivir, y que en una situación de relaciones nuevas, empoderadoras, deberíamos buscar la manera de que esto sea así. Creo también, que las relaciones nuevas son de ida y de vuelta, así como el dueño de la viña procura dar trabajo a todos, los obreros trabajan con responsabilidad, generando entre todos las condiciones para que el producto del trabajo sirva para que nadie pase necesidad. En una relación empoderadora no hay explotaciones ni aprovechamiento, solamente vínculos que buscan la mutualidad y el bien de todas las partes.
Reconozco que este planteo puede parecer un poco inocente, pero estoy segura de que si empezáramos a mirar a nuestros hermanos como presencia viva de Dios los trataríamos de manera diferente. Hoy vivimos en una cultura que ve al hombre y a la naturaleza como medios. Una cultura que mira el propio provecho demasiadas veces aislado del bien común. Nos hace falta preguntarnos mucho más acerca de nuestros actos y sus consecuencias. Tenemos un enorme potencial para terminar con las situaciones de terrible inequidad en las que vivimos y esto significaría revisar la manera en que nos relacionamos. Por eso me gusta pensar en el Reino como un cambio de relaciones y la parábola de este domingo me ofrece esta mirada nueva.
“El Dios con nosotros” que proclamó Jesús, siempre identificado con los hombres y las mujeres no nos está hablando de una situación extra- mundo, nos está enseñando a vivir desde ahora los valores del Reino o un “compañerismo empoderador” que nos ayuda a ser co-creadores de comunidades en las cuales se encarna una justicia transformadora, un perdón sanador y una liberación para todos. Y lo más innovador es que la transformación no viene de arriba, de ninguna jerarquía, si no que nos empoderamos mutuamente para hacerla realidad. Y ésta es la verdadera encarnación, Dios se hace presente en nosotros y en nuestro prójimo y nos invita a desplegar el Reino relacionándonos en mutualidad con todos. Y si bien la llegada del Reino es iniciativa de Dios, no es algo que sucede desde afuera si no a través de nuestra apertura a su Presencia, de nuestra aceptación a vivir en justicia y amor. Creo que vale la pena intentarlo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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