Cuarto Domingo de Cuaresma

Cuarto Domingo de Cuaresma

ALGO MÁS QUE SOBREVIVIR

Últimamente se viene detectando en nuestra sociedad contemporánea graves signos indicadores de «una pérdida de amor a la vida». Se habla, por ejemplo, del «síndrome de la indiferencia» como uno de los rasgos patológicos más característicos de nuestra sociedad industrial.

Son muchas las personas que no se relacionan activamente con el mundo, sino que viven sometidas pasivamente a los ídolos o exigencias del momento. Hombres y mujeres cuyo único recurso es el conformismo y que se mueven por «los tirones» de la sociedad que los empuja en una dirección o en otra.

La industria de la diversión y el ocio en todos sus aspectos busca conseguir que el aburrimiento sea menos consciente, sin embargo no logra suprimirlo del todo. Sigue creciendo la indiferencia por la vida, el sentimiento de infelicidad, la incapacidad de entablar contactos vivos y amistosos.

Otro signo es «el endurecimiento del corazón». Personas cuyo recurso es aislarse, no necesitar de nadie, vivir «congelados afectivamente», desentenderse de todos y defender así su pequeña felicidad cada vez más intocable y cada vez más triste.

Sin embargo, estamos hechos para vivir y vivir intensamente y por eso muchos hombres y mujeres están reaccionando y buscan en el contacto personal íntimo o en el encuentro con la naturaleza o en el descubrimiento de nuevas experiencias, una salida para «sobrevivir».

Es triste que los creyentes de hoy no seamos capaces de descubrir y experimentar nuestra fe como fuente de vida auténtica. No estamos convencidos de que creer en Jesucristo es «tener vida eterna», es decir, comenzar a vivir ya desde ahora algo nuevo y definitivo que no está sujeto a la decadencia y a la muerte.

Hemos olvidado a ese Dios cercano, a cada persona concreta, que anima y sostiene nuestra vida y que nos llama y nos urge desde ahora a una vida más plena y más libre. Ser creyente es sentirse llamado a vivir con mayor plenitud, descubriendo desde nuestra adhesión a Cristo, nuevas posibilidades, nuevas fuerzas y nuevo horizonte a nuestro vivir diario.

LECTURAS PARA LA EUCARISTÍA DEL IV DOMINGO DE CUARESMA/CICLO B

                   

1ª LECTURA

Lectura del segundo libro de las Crónicas 36,14-16. 19-23
En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la Casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén.
El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio.
Los caldeos incendiaron la Casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos.

Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años».
En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: el Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él y suba!».

Palabra de Dios

COMENTARIO A LA 1ª LECTURA

En la historia del pueblo de Israel hubo tiempos en los que se olvidaron de su Dios y siguieron a los dioses de los pueblos vecinos, hubo una decadencia de sus costumbres y tradiciones éticas, morales y religiosas, quisieron borrar el nombre de Dios de la memoria del pueblo, y se mofaron de la Palabra de Dios y de sus profetas.

Sin embargo, aún con este proceder del pueblo elegido, Dios no les abandona y les envía un salvador que hace renacer la esperanza del “pequeño resto” que se mantenía fiel al Señor, y vuelve a florecer la fe en Dios.

SALMO

Sal 136, 1-2. 3. 4-5. 6
R. Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti.

  • Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar,
    con nostalgia de Sión;
    en los sauces de sus orillas, colgábamos nuestras cítaras. R:
  • Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar;
    nuestros opresores, a divertirlos:
    «Cantadnos un cantar de Sión». R:
  • ¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera!
    Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. R:
  • Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti,
    si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías. R:

2ª LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2,4-10
Hermanos:
Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura gracia estáis salvados-, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con Él. Así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él determinó practicásemos.

Palabra de Dios

COMENTARIO A LA 2ª LECTURA

El amor de Dios a los hombres está por encima del mismo pecado del hombre. Dios es misericordioso y, por ello, nos ofrece la salvación, que no es un merecimiento nuestro, sino un efecto del amor que Dios nos tiene. La salvación es don de Dios, pero la colaboración del hombre es condición necesaria. Nadie puede ser salvado si no quiere.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 3,14-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
– Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Palabra de Dios 

COMENTARIO AL EVANGELIO

   El evangelista San Juan nos dice que: “por el gran amor con que Dios nos amó, viene Jesús a salvar al mundo y no a condenarlo” y lo hace por medio de la cruz de Cristo. Sólo se podrá salvar quien acepte a Jesús como “luz para su vida”; quien le acoja con fe.

 

PARA NUESTRA REFLEXIÓN PERSONAL

 

MIRAR AL CRUCIFICADO

Acostumbrados desde niños a ver la cruz por todas partes, no hemos aprendido a mirar el rostro del Crucificado con fe y con amor. Nuestra mirada distraída no es capaz de descubrir en ese rostro la luz que podría iluminar nuestra vida en los momentos más duros y difíciles. Sin embargo, Jesús nos está mandando desde la cruz señales de vida y de amor.

En esos brazos extendidos que no pueden ya abrazar a los niños, y en esas manos clavadas que no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, está Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos. Desde ese rostro apagado por la muerte, desde esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a pecadores y prostitutas, desde esa boca que no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, Dios nos está revelando su “amor loco” a la Humanidad.

«Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Podemos acoger a ese Dios y lo podemos rechazar. Nadie nos fuerza. Somos nosotros los que hemos de decidir. Jesús podría poner luz en la vida más desgraciada y fracasada, pero «el que obra mal… no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras». Cuando vivimos de manera poco digna, evitamos la luz porque nos sentimos mal ante Dios. Por el contrario, «el que realiza la verdad, se acerca a la luz». Busca con su mirada al Crucificado.

 

 

 

 

 

Cuarto Domingo de Cuaresma – Ciclo A