25 de Agosto – Habla, Señor, aunque nos duela – Evangelio tiempo ordinario

Sábado, 25 de agosto de 2012
Semana 20ª durante el año
Ezequiel 43, 1-7a / Mateo 23, 1-12
Salmo responsorial Sal 84. 9ab. 10-14
R/. “¡La gloria del Señor habitará en nuestra tierra!”

Santoral:
San Luis, San José de Calasanz, San Ginés,
Beato Tomás de Kempis, Beato Luis
Urbano Lanaspa

¡Habla, Señor, aunque nos duela!

¡Habla, Señor!
Y no dejes nunca de silabear
aunque, tus Palabras nos resulten duras
o que, después de escucharlas,
sigamos en las nuestras sin hacerles caso.

¡Habla, Señor!
¡Aunque nos confundas!
Porque la fe que no es exigente,
corre el riesgo de convertirse
en merengue que adorna,
pero sin masa que alimenta.
Porque la fe que no provoca
es dulce al paladar,
pero sin trascendencia en la vida.

¡Habla, Señor!
Y haznos más crédulos y más confiados,
menos previsores y más críticos con nosotros mismos,
más estrictos con nuestra vida,
y más compresivos con las actuaciones de los demás.

¡Habla, Señor!
Aunque tu Palabra nos desconcierte,
aunque busquemos mil excusas para alejarnos de Ti,
aunque nos agarremos a mil justificaciones,
para alejarnos de la gran familia de la Iglesia.

¡Habla, Señor!
¡Y no dejes nunca de hacerlo!
Y, si en verdad, ves que corremos
el riesgo de dejarlo todo,
míranos con ojos de hermano,
tócanos con tu mano poderosa,
aliéntanos con el Espíritu Santo,
y sácianos con el gusto
y el encanto de la Eucaristía.
Amén.

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Sábado, 25 de Agosto de 2012

La gloria del Señor entró en la Casa

Lectura de la profecía de Ezequiel
43, 1-7a

La mano del Señor descendió sobre mí, y me llevó a Jerusalén. Y vi a un hombre que por su aspecto parecía de bronce. Él me llevó hacia la puerta del Templo que miraba al oriente, y yo vi que la gloria del Dios de Israel venía desde el oriente, con un ruido semejante al de las aguas caudalosas, y la tierra se iluminó con su Gloria. Esta visión era como la que yo había visto cuando el Señor vino a destruir la ciudad, y como la que había visto junto al río Quebar. Entonces caí con el rostro en tierra.
La gloria del Señor entró en la Casa por la puerta que daba al oriente. El espíritu me levantó y me introdujo en el atrio interior, y yo vi que la gloria del Señor llenaba la Casa. Y oí que alguien me hablaba desde la Casa, mientras el hombre permanecía de pie junto a mí. La voz me dijo: «Hijo de hombre, éste es el lugar de mi trono, el lugar donde se asienta la planta de mis pies. Aquí habitaré para siempre en medio de los israelitas».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 84. 9ab. 10-14

R. ¡La gloria del Señor habitará en nuestra tierra!

Voy a proclamar lo que dice el Señor:
el Señor promete la paz para su pueblo y sus amigos.
Su salvación está muy cerca de sus fieles,
y la Gloria habitará en nuestra tierra. R.

El Amor y la Verdad se encontrarán,
la Justicia y la Paz se abrazarán;
la Verdad brotará de la tierra
y la Justicia mirará desde el cielo. R.

El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
La Justicia irá delante de Él.
y la Paz, sobre la huella de sus pasos. R.

EVANGELIO

No hacen lo que dicen

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:
Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas, difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.
Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente.
En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.
El mayor entre ustedes será el que los sirve, porque el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Palabra del Señor.

Reflexión

Ez. 43, 1-7. El Señor jamás se olvida de los suyos. Él conoce nuestra fragilidad; Él sabe que estamos inclinados al mal desde nuestra más tierna adolescencia. Él es Dios Misericordioso y siempre fiel a su Alianza de amor con nosotros. El amor de Dios por nosotros se manifestó en que siendo aún pecadores, envió a su propio Hijo, para liberarnos del pecado y hacernos hijos suyos.
En Cristo se acercó para siempre la Gloria de Dios al hombre, a todo hombre que peregrina por este mundo. Él vive en nosotros como en un templo. Ojalá y hagamos nuestro el amor de Dios y permitamos que lleve a plenitud en nosotros su obra salvadora, para que queden atrás nuestras ruinas de maldad y de pecado y nos manifestemos como criaturas nuevas en Cristo Jesús, Señor y Salvador nuestro.

Sal. 85 (84). Dios, Dios-con-nosotros, es nuestra paz, nuestro gozo y nuestra vida eterna. Su Gloria no sólo habita en la tierra, en templos construidos por manos humanas; Él habita en nuestros corazones como en un templo. Nosotros somos frágiles y muchas veces volvemos a morder el suelo de nuestra maldad y concupiscencia.
Sólo amados, comprendidos, perdonados y fortalecidos por el Señor no sólo pronunciaremos con los labios, sino que viviremos como una realidad lo que el Señor nos enseñó: Venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Entonces el polvo de nuestro ser, por la fecundidad del Espíritu santo que habita en nosotros, producirá abundantes frutos de salvación, de justicia, de paz, de alegría y de bondad para que nuestro mundo los disfrute y pueda participar del amor, de la vida, del perdón y de la gracia que nuestro Dios misericordioso ofrece a todos para que lleguen a ser hijos de Dios.

Mt. 23, 1-12. El Espíritu del Señor, por medio del autor de los Hechos de los Apóstoles nos da esta sabia enseñanza: Ya traté en mi primer libro, querido Teófilo, de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que subió al cielo. Efectivamente el Señor no se quedó en simples palabras, pronunciadas con mucha sabiduría humana o divina. Él no sólo contempló al alfarero realizar su obra; Él mismo tomó el barro en sus manos para llevar a buen término su obra de salvación en nosotros: Que lleguemos a ser conforme a la imagen del Hijo de Dios. Y Él confió esta misma misión a su Iglesia.
No podemos quedarnos en simples discursos, elaborados magistralmente, tal vez, incluso, a los pies de Jesús. Es necesario comenzar a moldear al hombre nuevo aun a costa de la entrega de nuestra propia vida, pues el que realmente ama no es el que sólo anuncia el Evangelio con los labios, sino el que da la vida en recate por los pecadores, a quienes jamás ha dejado de amar como suyos.
Nuestro Dios y Padre nos ha convocado para encontrarnos con Él no tanto en un templo de piedra, sino en Cristo Jesús, Señor Nuestro. En Él se nos ha manifestado la Gloria y el amor de Dios, de tal forma que las antiguas promesas llegaron a su fiel cumplimiento en Aquel que siendo Dios se hizo uno de nosotros para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.
El Señor nos quiere unidos a Él con un corazón indiviso, en una Alianza de amor nueva y eterna. Pero sabiendo de nuestra fragilidad Él mismo se convierte en nuestra purificación y salvación. El Señor se acerca a nosotros, abramos nuestro corazón para que, habitando en nosotros, nos convierta en su signo de amor en el mundo.
Iglesia convertida en un auténtico servicio de amor a favor de todas las personas, sin distinción de razas, sexos, culturas, ni condiciones sociales. Iglesia cercana a los pecadores, a los pobres, a los desprotegidos, a los marginados para anunciarles el Evangelio y librarlos de sus opresiones.
No podemos decir que somos la Iglesia de Cristo cuando, aprovechándonos del Evangelio para nuestros sucios intereses, buscamos nuestro propio prestigio y casi exigimos que los demás nos adoren y vean en nosotros más que siervos del Evangelio, unos simples dignatarios fríos y lejanos del Pueblo, que necesita no vanos discursos, sino de quienes les hagan cercano el amor misericordioso de Dios, capaces de cargarse sobre sí mismos las miserias de la humanidad para remediarlas aún a costa de la propia vida.
¿Cuál es la lealtad de nuestra fe? ¿Seguiremos las huellas de Cristo, o sólo buscaremos nuestra gloria, perecedera e hipócrita?
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de anunciar su Evangelio haciéndolo cercano a los demás con una vida de amor esforzado para que en todos se haga realidad la presencia salvadora de nuestro Dios y Padre. Amén.

Homiliacatolica.com

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