31 de Agosto – Diga el débil, fuerte soy – Evangelio tiempo ordinario

Viernes, 31 de agosto de 2012
Semana 21ª durante el año
1 Corintios 1, 17-25 / Mateo 25, 1-13
Salmo responsorial Sal 32, 1-2. 4-5. 10-11
R/. “¡La tierra está llena del amor del Señor!”

Santoral:
San Ramón Nonato, San Arístides,
Beatos Emigdio, Amalio
y Valerio Bernardo

Diga el débil, fuerte soy

Idealízate como una persona saludable, optimista,
inteligente, próspera, querida… y así serás.

Los científicos han descubierto que la mente
del ser humano no puede diferenciar los hechos
reales de los visualizados con realismo.
Por ejemplo, si tú te idealizas como una persona
alegre, justamente eso pensará tu mente que eres
y así actuará.

Si al levantarte por la mañana dices:
“No estoy bien, lo más seguro es que no vas a sentirte bien”,
lo has pensado, lo has mentalizado y tu organismo obedece.

Al iniciar el día, lejos de pensar que no te sientes bien,
cambia tu actitud. Haz unos dos o tres ejercicios,
mueve tus músculos, estira los brazos, desperézate y di:

¡Qué bien me siento! ¡Qué bello es estar vivo!
¡Este será el mejor día de mi vida!
Gracias, Señor, por este día que me das,
lo voy a administrar de la mejor manera.
Que todo sea para la mayor Gloria y honra
de tu Nombre, Amén.

Estés como estés, vete en el espejo, sonríe, y di:
“soy joven, soy bueno, soy bello, soy saludable,
soy feliz, soy fuerte, soy alegre, soy optimista…”.

Por eso enfatiza la Biblia: “Diga el débil, fuerte soy”.

Liturgia – Lecturas del día

Viernes, 31 de Agosto de 2012

Predicamos a un Cristo crucificado,
escándalo para los hombres,
pero sabiduría de Dios para los que han sido llamados

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Corinto
1, 17-25

Hermanos:
Cristo no me envió a bautizar, sino a anunciar la Buena Noticia, y esto sin recurrir a la elocuencia humana, para que la cruz de Cristo no pierda su eficacia.
El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios. Porque está escrito: “Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes”. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el hombre culto? ¿Dónde el razonador sutil de este mundo? ¿Acaso Dios no ha demostrado que la sabiduría del mundo es una necedad? En efecto, ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación.
Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 32, 1-2. 4-5. 10-11

R. ¡La tierra está llena del amor del Señor!

Aclamen, justos, al Señor:
es propio de los buenos alabarlo.
Alaben al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. R.

Porque la palabra del Señor es recta
y Él obra siempre con lealtad;
Él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor. R.

El Señor frustra el designio de las naciones
y deshace los planes de los pueblos,
pero el designio del Señor permanece para siempre,
y sus planes, a lo largo de las generaciones. R.

EVANGELIO

Ya viene el esposo, salgan a su encuentro

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
25, 1-13

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.
Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.
Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro».
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían damos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero éstas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».
Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos», pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco».
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Palabra del Señor

Reflexión

1Cor. 1, 17-25. Cristo crucificado, principio de nuestra salvación. Ahí se encuentra el Señor anonadado por nosotros. El Señor convertido en siervo; el Señor muriendo por el esclavo para hacerlo un liberto.
Nadie puede decir que no puede dedicarse al fiel cumplimiento de la Misión Evangelizadora que el Señor confió a su Iglesia, excusándose por no tener la sabiduría humana suficiente para hacerlo.
No podemos pasarnos la vida como niños sólo recibiendo los dones de Dios. El Señor nos ha llamado con santa llamada y nos ha marcado con su Sello, derramando abundantemente su Espíritu Santo en nuestros corazones. A nosotros sólo nos corresponde ser dóciles al Espíritu del Señor, que habita en nuestro propio interior.
La salvación no es fruto de la sabiduría humana. Tal vez alguien, con esa sabiduría podría deslumbrarnos y deslumbrar al mundo entero. ¿Será capaz no sólo de ilustrar las mentes sino de entregarles a Cristo para que tome carne en sus vidas? Esto no es fruto de la sabiduría humana; esto es una obra exclusiva de Dios en nosotros.
Dejemos que el Señor lleve a buen término su obra salvadora en nosotros y dejémonos conducir por el Espíritu de Dios para que, a pesar de la sencillez de nuestra vida, seamos colaboradores de su Reino en el mundo.

Sal. 33 (32). Alabemos al Señor. Pero alabémoslo con un corazón sincero. Él está siempre cerca de sus fieles y de los que lo invocan con sinceridad.
No lleguemos ante el Señor sólo con la alabanza en los labios, sino en nuestro corazón convertido en morada suya.
Dios jamás nos ha engañado. Él siempre ha estado a nuestro lado como nuestro Padre y como nuestro poderoso protector. Su amor por nosotros, en toda su grandeza, nos lo ha manifestado por medio de su Hijo Jesús. Por eso no quiere de nosotros hipocresías, sino lealtad a su amor y fidelidad a sus enseñanzas. De lo contrario nos estaríamos engañando cuando pensamos ser escuchados por Dios al llegar ante Él con intenciones equivocadas, o con un corazón manchado y sin deseos de volver sinceramente al Señor.
Dios quiere que todos se salven; ese es el plan de su amor salvador sobre nosotros. Si realmente amamos al Señor dejemos que esa salvación llegue a nosotros para que nosotros mismos seamos una alabanza del Nombre Divino, tanto con nuestras palabras, como con nuestras obras y nuestra vida misma.

Mt. 25, 1-13. Dios nos manifestó su amor cuando, sacándonos de las tinieblas del error y del pecado, nos elevó a la dignidad de hijos suyos. Esa es la Luz Divina que debe arder constantemente en nosotros, como una luz que brilla en medio de las tinieblas de este mundo; pero como una luz que se convierta en signo de nuestra esperanza: el retorno del Señor para que estemos con Él eternamente.
Sabiendo el mismo Dios que somos demasiado frágiles, Él ha infundido en nuestras vasijas de barro el Don de su Espíritu Santo para que alimente esa luz que Él encendió en nosotros, de tal forma que a pesar de las grandes inclemencias, tempestades y tentaciones esa luz no se apague en nosotros.
Como nos indica la Escritura en otro lugar, muchas veces nosotros hemos entristecido al Espíritu Santo y no lo hemos dejado actuar en nosotros, pues nuestro corazón se ha inclinado desordenadamente hacia lo pasajero.
Tal vez al final queramos remediarlo todo, pero puede ser demasiado tarde. Para entonces no bastará llamar Señor, Señor, a Jesucristo. Lo único que contará será el que realmente haya sido Señor nuestro, y hayamos iluminado el camino de los demás amándolos, sirviéndolos, perdonándolos, socorriéndolos y consolándolos con el amor del Señor manifestado desde nuestra propia vida convertida en luz para el mundo, en luz de Cristo que ha de brillar desde el rostro descubierto de su Iglesia.
El Esposo de la Iglesia ya está entre nosotros. Él nos ha convocado al banquete de su amor. Ojalá y vengamos con las lámparas encendidas por el amor, que nos hagan llegar ante el Señor con las manos llenas de buenas obras.
No vengamos sólo a llamar Señor, Señor, a nuestro Dios mientras nuestro corazón permanezca lejos de Él a causa del pecado, o de esclavitudes a lo pasajero que no quisiéramos dejar.
No podemos descargar nuestra responsabilidad personal en lo que otros realizan en la Iglesia. No podemos pedir prestada la fe y las buenas obras de los demás para presentarlas ante el Señor como nuestras. Somos nosotros, lo que hayamos hecho, nuestra respuesta personal a la fe que profesamos y al amor que decimos tener, lo que finalmente servirá como carta de presentación ante el Señor para que Él nos reconozca como suyos.
El Señor nos dice que donde está nuestro tesoro ahí está nuestro corazón. Nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto. Si realmente somos de Cristo debemos no sólo hablar de Cristo crucificado a nuestros hermanos. Nosotros mismos hemos de convertirnos en una entrega de amor a favor de ellos.
Esto, en medio de un mundo que busca gozar de todo lo pasajero, eludiendo cualquier manifestación de dolor, podría ser una locura para quienes contemplen nuestra entrega a favor de los demás. Sin embargo la Iglesia no puede seguir otro camino que el de su Señor y Maestro, Cristo Jesús.
Ojalá y cuando nos acerquemos a quienes vivan en medio de la oscuridad del pecado, o azotados por las injusticias y marginaciones, por las pobrezas o enfermedades, seamos para ellos ocasión de alegría, y puedan recibirnos como al signo de Cristo que se acerca a ellos para remediar sus males y levantar sus esperanzas.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con toda lealtad la fe que hemos depositado en Él. Amén.

Homiliacatolica.com

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