7 de Agosto – El amor a sí mismo – Evangelio Tiempo ordinario

Martes, 7 de agosto de 2012
Semana 18ª durante el año
Jeremías 30, 1-2. 4. 12-15. 18-22 / Matep 14, 22-36
Salmo responsorial Sal 101, 16-21. 29. 22-23
R/. “¡El Señor aparecerá glorioso en Sión!”

Santoral:
San Sixto II, San Cayetano,
San Donato y San Miguel de la Mora

El amor a sí mismo

Dijo el Señor:
“Ama a tu prójimo como a tí mismo”.
El amor a sí mismo es la roca donde
se apoya el sentido de la vida.
La amistad consigo mismo,
es como la perla de gran valor.
Adquiriendo esta riqueza,
se adquiere todo lo demás.
Lejos de hacernos egoístas,
nos hace más generosos.
Si estás en paz con tu alma,
estarás en paz con el cielo y con la tierra.
Nadie puede ayudar a otro
sin ayudarse a sí mismo.

Nos enfermamos cuando no nos amamos.
¿Quién puede dar lo que no tiene?
El amor es libre o no es.
No se puede forzar ni prescribir;
nace en la libertad o no existe.
Lo que se hace libremente jamás
puede llamarse sacrificio.
La libertad con que se obra
es lo que lo distingue,
entonces no es sacrificio, sino un don.

El egoísmo es la falta de amor
a sí mismo, tal como la sobreprotección
revela la falta de amor al otro.
Para ser genuinamente humilde,
hay que amarse a sí mismo.
El reconocerse, no es humillación
que revela no amarse.

El soberbio, pedante, prepotente, intenta
compensar el déficit de amor a sí mismo.
Un corazón tierno, ennoblece nuestras
esperanzas, pues nos convertimos
en lo que creemos y esperamos.

“Necesito de mi plenitud para la tuya”.
Nos damos a nosotros lo que damos
a los otros, porque todos somos uno.

«La vida es como una moneda,
puedes gastarla como desees….
pero sólo puedes gastarla una vez».

Liturgia – Lecturas del día

Martes, 7 de Agosto de 2012

Porque tus pecados eran graves, Yo te hice todo esto.
Yo cambiaré la suerte de las carpas de Jacob

Lectura del libro de Jeremías
30, 1-2. 4. 12-15. 18-22

Palabra que llegó a Jeremías de parte del Señor, en estos términos: Así habla el Señor, el Dios de Israel: Escribe en un libro todas las palabras que Yo te he dirigido.
Estas son las palabras que el Señor dirigió a Israel y a Judá:
¡Tu herida es incurable,
irremediable tu llaga!
Nadie defiende tu causa,
no hay remedio para tu herida,
tú ya no tienes cura.
Todos tus amantes te han olvidado,.I
no se Interesan por ti.
Porque Yo te he golpeado como golpea un enemigo,
con un castigo cruel,
a causa de tu gran iniquidad,
porque tus pecados eran graves.
¿Por qué gritas a causa de tu herida,
de tu dolor incurable?
A causa de tu gran iniquidad,
porque tus pecados eran graves,
Yo te hice todo esto.

Así habla el Señor:
Sí, Yo cambiaré la suerte de las carpas de Jacob
y tendré compasión de sus moradas;
la ciudad será reconstruida sobre sus escombros
y el palacio se levantará en su debido lugar.
De allí saldrán cantos de alabanza
y risas estridentes.
Los multiplicaré y no disminuirán,
los glorificaré y no serán menoscabados.
Sus hijos serán como en los tiempos antiguos,
su comunidad será estable ante mí
y Yo castigaré a todos sus opresores.
Su jefe será uno de ellos
y de en medio de ellos saldrá su soberano.
Yo lo haré acercarse, y él avanzará hacia mí,
porque si no, ¿quién se atrevería
a avanzar hacia mí? -oráculo del Señor-.
Ustedes serán mi Pueblo y Yo seré su Dios.

Palabra de Dios.

SALMORESPONSORIAL 101, 16-21. 29. 22-23

R. ¡El Señor aparecerá glorioso en Sión!

Las naciones temerán tu Nombre, Señor,
y los reyes de la tierra se rendirán ante tu gloria:
cuando el Señor reedifique a Sión
y aparezca glorioso en medio de ella;
cuando acepte la oración del desvalido
y no desprecie su plegaria. R.

Quede esto escrito para el tiempo futuro
y un pueblo renovado alabe al Señor:
porque Él se inclinó desde su alto Santuario
y miró a la tierra desde el cielo,
para escuchar el lamento de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R.

Los hijos de tus servidores tendrán una morada
y su descendencia estará segura ante ti,
para proclamar en Sión el Nombre del Señor
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan los pueblos y los reinos,
y sirvan todos juntos al Señor. R.

EVANGELIO

Mándame ir a tu encuentro sobre el agua

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
14, 22-36

Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».
Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».
«Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios».
Al llegar a la otra orilla, fueron a Genesaret. Cuando la gente del lugar lo reconoció, difundió la noticia por los alrededores, y le llevaban a todos los enfermos, rogándole que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron sanados.

Palabra del Señor.

Reflexión

Jer. 30, 1-2. 12-15. 18-22. Un panorama demasiado sombrío nos presenta el profeta; pero también pone frente a nosotros una gran esperanza por el amor que Dios nos tiene y del que jamás ha dado marcha atrás, pues aunque nosotros hemos sido rebeldes a su Alianza, Él siempre ha permanecido fiel: Nosotros somos su Pueblo; ¿será Él nuestro Dios? Cuando nos hemos alejado de Él hemos perdido el punto de relación para nuestro comportamiento moral y para nuestra plena realización, para alcanzar nuestra madurez. Contemplamos nuestra vida y nuestra sociedad deteriorada por el egoísmo, por la avidez de lo pasajero que conlleva la injusticia con que son tratadas las clases más desprotegidas; muchos poderosos no se detienen sino que continúan dañando a su prójimo, no sólo explotándolo sino induciéndolo a los vicios y drogas hasta embrutecerlo, con tal de tener fuertes dividendos a costa de la destrucción de los demás. Pareciera que se hubiesen abierto heridas incurables que cada día supurarán más podredumbre hasta acabar con las esperanzas de una nueva humanidad. Pero el Señor no puede permitir que su obra quede convertida en un montón de ruinas. Él ha enviado a su propio Hijo para restaurarnos; para que volvamos a amar y volvamos a trabajar, con la fuerza de su Espíritu en nosotros, en la construcción un mundo más fraterno y más digno para todos. Quien viva al margen del Salvador continuará realizando el mal y deteriorando cada vez más la vida social, aun cuando acuda al culto y aporte grandes cantidades para obras de beneficencia; pues no es sólo eso lo que espera el Señor, sino que dejemos de hacer el mal y aprendamos a hacer el bien. La Iglesia, Sacramento de salvación en el mundo, debe ser una Iglesia no tanto de poder cuanto de servicio, capaz de inclinarse ante la miseria que azota a muchos sectores de nuestra sociedad, para levantarles y redimirles con el mismo amor que el Padre Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús, su Hijo y Señor nuestro.

Sal. 102 (101). Dios ha reedificado nuestra vida mediante el Misterio Pascual de su Hijo, encarnado por obra del Espíritu Santo en María Virgen, para nuestra salvación. El Salario del pecado es la muerte. Y Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Él nos contempla siempre con gran amor; y a pesar de que muchas veces hemos vagado como ovejas sin pastor, Él jamás nos ha abandonado. Lleno de compasión y de gran amor por nosotros ha salido a buscarnos hasta encontrarnos; y ha derramado su sangre para el perdón de nuestros pecados, y ha resucitado para que tengamos vida nueva, y ha ascendido a la Gloria del Padre para derramar sobre nosotros el Don del Espíritu Santo que nos guíe hasta la Verdad completa, hasta la posesión de los Bienes definitivos. Por eso podemos decir que en verdad aunque el salario del pecado es la muerte, el don de Dios es la Vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro. Acudamos al trono de la gracia. El Señor nos quiere perdonar y renovar para que nos convirtamos en una continua alabanza de su Santo Nombre, pero también para que seamos testigos fieles de su amor para nuestros hermanos amándolos y trabajando por ellos para librarlos de la muerte con el mismo amor y entrega que nos manifestó Dios a nosotros en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Mt. 14, 22-36. Pasar a la otra orilla, e iniciar la travesía para alcanzarla. Todos fijamos la mirada en un más allá donde culminen nuestros deseos y esperanzas. Hacemos planes para lograr nuestras metas y objetivos. Tal vez partimos solos, mientras Jesús, a quien dejamos sólo, sube a orar ante su Padre Dios por nosotros; finalmente Él jamás nos ha abandonado. Cuando la oscuridad, el desánimo y las contrariedades de la vida están a punto de desanimarnos, Él se acerca no como un juez implacable que viene a juzgarnos, a castigarnos y a espantarnos. Él es el Dios misericordioso que nos invita a no tenerle miedo sino a recibirlo como compañero de viaje en la barca de nuestra propia vida, de nuestros trabajos, de nuestros logros y aparentes fracasos. Él se define como YHWH (Yo Soy). Dios se acerca a nosotros despojado de todo, hecho uno de nosotros para tendernos la mano cuando el mal, el pecado y la muerte amenazan con acabar con nosotros. El verdadero discípulo de Jesús no puede trabajar al margen del Señor. Ojalá y los apóstoles se hubiesen quedado con Jesús, y junto con Él hubiesen subido al monte a orar para después partir, junto con Él, hacia la otra orilla; entonces las cosas habrían sido diferentes desde el principio. No partamos solos hacia la realización de nuestra vida y hacia el cumplimiento de la Misión que el Señor nos ha confiado, de hacer llegar el Evangelio de la gracia hasta el último rincón de la tierra. Aprendamos a unirnos en intimidad con Dios por medio de la oración humilde y sencilla. Aprendamos a partir junto con Él, fortalecidos por su Espíritu Santo, a proclamar su Nombre y a abrirle paso al Reino de Dios entre nosotros.
Al celebrar la Eucaristía el Señor no sólo quiere alimentarnos con el Pan de Vida, sino que quiere impulsar nuestra vida para que trabajemos incansablemente a favor del Reino de los cielos. Este es el momento más importante de la vida de la Iglesia. Efectivamente la Iglesia se construye en torno a la Eucaristía; en ella nos encontramos personalmente con el Señor. Él conoce nuestras heridas; las que ha abierto en nosotros el pecado. Sin embargo el Señor nos sigue amando y en este Memorial continúa entregando su Cuerpo y derramando su Sangre para el perdón de nuestros pecados. Mientras aún es tiempo aprovechemos este tiempo de gracia del Señor, pues si confiamos en Él nos reconstruirá y hará que seamos una digna Morada suya; entonces su Iglesia realmente proclamará el Nombre del Señor para salvación de todos no sólo con sus palabras, sino con el testimonio de la propia vida.
Unidos a Cristo debemos retornar a nuestras labores cotidianas no como derrotados por el mal, sino como participantes de la Victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Esto nos ha de poner en camino para luchar por el bien de nuestros hermanos. En medio de sus desánimos, de las heridas que ha abierto en ellos la injusticia, la pobreza, o las maldades y vicios, hemos de ser para ellos el signo de la cercanía de Dios, que llega a ellos no para asustarlos, no para amenazarlos, no para dirigirles una diatriba, sino para manifestarles el amor que les sigue teniendo; y esto no se los anunciaremos sólo con palabras, sino con las obras que serán como un tenderles la mano para que nos se los trague el abismo. Sabiendo que la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo que ha sido derramado en nosotros, seamos constructores de un Pueblo Nuevo en el que brille la paz, la justicia y la misericordia para el mundo entero. Esto nos debe llevar a trabajar no sólo bajo nuestras propias luces, sino a la Luz del Señor que llegará a nosotros mediante la oración sincera, oración comprometida que nos ponga al servicio del bien de nuestro prójimo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber reconocernos pecadores; pero también la gracia de saber confiar en el amor de Dios, no sólo para sentirnos amados y perdonados, sino comprometidos en la construcción del Reino de Dios entre nosotros. Amén.

Homiliacatolica.com

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