CARTA AL EMMO. Y RVDMO. SEÑOR CARDENAL, ANTONIO Mª ROUCO Y VARELA de un sacerdote

JUAN ZAPATERO, sacerdote, zapatero_j@yahoo.es
BARCELONA.

ECLESALIA, 21/02/13.- Eminentísimo y Reverendísimo Señor Antonio Mª Rouco y Varela, Cardenal-Arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española.
Mi nombre es Juan Zapatero Ballesteros, sacerdote de la diócesis Barcelona, que se esfuerza por vivir el proyecto de Jesús, la mayor parte de veces con muy poco acierto, intentado servir lo más evangélicamente posible a la Iglesia desde la misión que se me ha confiado.
Antes de nada, quisiera pedirle que tuviera a bien disculpar este atrevimiento por mi parte, pues no en vano estoy convencido que tiene usted menesteres muy importantes que atender; más aún en estos momentos en qué, como Cardenal de la Santa Madre Iglesia, tengo la certeza que estará dedicado de lleno a la oración, pidiendo al Espíritu Santo que les asista con su luz tanto a usted como al resto del Colegio Cardenalicio en la difícil misión de escoger de aquí a pocos días al nuevo Vicario de Cristo, después de la renuncia del actual Papa, Benedicto XVI.
El motivo de mi misiva es sobre un problema, quizás demasiado simple como para que, sin querer, no hayan caído en la cuenta ni usted ni el resto de obispos que forman la Conferencia Episcopal Española. Es normal, pues ¡tienen ustedes tantos problemas, realmente serios por cierto, a los cuales intentar dar respuesta! Me vienen a la mente, entre otros, hacer frente a las desviaciones litúrgicas que en numerosos centros de culto se están llevando a cabo cada día, o a la lucha por hacer frente a tantas depravaciones morales contrarias a la doctrina de la Santa Madre Iglesia, etc. Por ello, se dará cuenta enseguida que, si lo comparamos con lo anterior, el problema del cual le quiero hablar es ciertamente de segunda categoría.
No obstante, insisto, Señor Cardenal, que perdone esta mi osadía. Mi insistencia se debe al hecho que tengo miedo que, a pesar de lo baladí del problema, lleguen ustedes tarde a aportar su pequeño granito de arena en aras de su solución. ¡Perdone mi error!, Señor Cardenal, pues no lo hecho con mala intención. He dicho pequeño granito de arena, después de caer en la cuenta que ustedes siguen siendo muy importantes en nuestro País; por la cual cosa creo que eso de las pequeñeces no va con ustedes y, por tanto, respecto al problema que nos atañe, su aportación sería muy grande. ¡Vaya, para según quién, sería incluso un bombazo!
Me refiero, Señor Cardenal, al tan traído tema de los desahucios. Ya sé que los banqueros no querrían que pasasen estas cosas, ni mucho menos; seguro que también ellos sufren y lo pasan mal. Y lo mismo el Gobierno y los dirigentes políticos. Además, según he podido escuchar en algunas tertulias de una cadena de televisión que depende de ustedes, no se puede atacar a la Banca de manera tan directa (una Banca, por otra parte, que de tanto en tanto contribuye con donativos muy generosos al buen funcionamiento de la Iglesia) ni permitir que el sistema financiero quiebre, si realmente hacemos caso de lo que piden las personas desahuciadas y todas las que les apoyan.
Puede ocurrir que, si nos dedicamos a estas cosas humanas, corramos el riesgo de distraernos en el propósito de profundizar en las exigencias del tiempo que estamos viviendo, la Santa Cuaresma: el ayuno, la abstinencia, las disciplinas, las penitencias, etc.
Sin embargo, hace unos días, Señor Cardenal, quedé turbado por un momento, aunque después pensé que pudiera tratarse más bien de una tentación, al leer unas palabras del profeta Isaías (58,6-7) que decían cosas tan gordas como “El ayuno que me resulta grato, ¿no consiste más bien en romper las cadenas de la injusticia y desatar las correas del yugo, poner en libertad a los oprimidos y romper toda atadura? ¿No está, pues, el verdadero ayuno en compartir tu pan con el hambriento y en dar refugio a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no dejar de lado a tus semejantes?”
Ya sé también que, según los medios que he citado hace un momento, la mayoría de quienes padecen estos desahucios son culpables por haber intentado vivir por encima de sus posibilidades. Quizás sea verdad. Pero no le parece, Señor Cardenal, que no estaría de más brindarles una segunda oportunidad, tal y como parece decir Jesús cuando recordaba a sus discípulos que “Se había de perdonar hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-35).
Quiero acabar para no robarle más tiempo. Sé de sobras que lo realmente importante es la unión indestructible del matrimonio y la santidad de la familia, por cuyas intenciones usted y sus hermanos rezan sin cesar.
Señor Cardenal: si a usted y a los demás obispos les sobra un poco de tiempo de esa tan noble tarea, ¡por favor, diríjanse con voz bien alta a quienes tienen poder para parar tanto dolor y sufrimiento que no hace más que destrozar a muchas personas y también a muchas familias; por quienes, no me cabe la menor duda, hace tiempo ya vienen rezando! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
Su afectísimo en Cristo:
Juan Zapatero Ballesteros

EMMO. Y RVDMO. SEÑOR CARDENAL, ANTONIO Mª ROUCO Y VARELA

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