Evangelio del día 11 de julio

Evangelio del día
Evangelio del día
Evangelio del día 11 de julio
Génesis 49, 29-32; 50, 15-26a / Mateo 10, 24-33
Salmo Responsorial Sal 104, 1-4. 6-7
R/. “¡Busquen al Señor y vivirán!”

Santoral:
San Benito, Santa Olga, Santas Ana Xin de An,
María Guo de An, Ana Jiao de An
y María An Linghua

Dios los visitará y los llevará de este país

Lectura del libro del Génesis
49, 29-32; 50, 15-26a

Jacob dio a sus hijos esta orden: «Yo estoy a punto de ir a reunirme con los míos. Entiérrenme junto con mis padres, en la caverna que está en el campo de Efrón, el hitita, en el campo de Macpelá, frente a Mamré, en la tierra de Canaán, el campo que Abraham compró a Efrón, el hitita, para tenerlo como sepulcro familiar. Allí fueron enterrados Abraham y Sara, su esposa; allí fueron enterrados Isaac y Rebeca, su esposa; y allí también sepulté a Lía. Ese campo y la caverna que hay en él fueron comprados a los hititas».
Al ver que su padre había muerto, los hermanos de José se dijeron: «¿Y si José nos guarda rencor y nos devuelve todo el mal que le hicimos?» Por eso le enviaron este mensaje: «Antes de morir, tu padre dejó esta orden: “Díganle a José: Perdona el crimen y el pecado de tus hermanos, que te hicieron tanto mal. Por eso, perdona el crimen de los servidores del Dios de tu padre”».
Al oír estas palabras, José se puso a llorar.
Luego sus hermanos fueron personalmente, se postraron ante él y le dijeron: «Aquí nos tienes: somos tus esclavos». Pero José les respondió: «No tengan miedo. ¿Acaso yo puedo hacer las veces de Dios? El designio de Dios ha transformado en bien el mal que ustedes pensaron hacerme, a fin de cumplir lo que hoy se realiza: salvar la vida a un pueblo numeroso. Por eso, no teman. Yo velaré por ustedes y por las personas que están a su cargo». y los reconfortó, hablándoles afectuosamente.
José permaneció en Egipto junto con la familia de su padre, y vivió ciento diez años. Así pudo ver a los hijos de EfraÍm hasta la tercera generación; y los hijos de Maquir, hijo de Manasés, también nacieron sobre las rodillas de José. Finalmente, José dijo a sus hermanos: «Yo estoy a punto de morir, pero Dios los visitará y los llevará de este país a la tierra que prometió con un juramento a Abraham, a Isaac ya Jacob». Luego hizo prestar un juramento a los hijos de Israel, diciéndoles: «Cuando Dios los visite, lleven de aquí mis restos».
José murió a la edad de ciento diez años.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
104, 1-4. 6-7

R.
¡Busquen al Señor y vivirán!

¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,
hagan conocer entre los pueblos sus proezas;
canten al Señor con instrumentos musicales,
pregonen todas sus maravillas! R.

¡Gloríense en su santo Nombre,
alégrense los que buscan al Señor!
¡Recurran al Señor ya su poder,
busquen constantemente su rostro! R.

Descendientes de Abraham, su servidor,
hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios,
en toda la tierra rigen sus decretos. R.

EVANGELIO

No teman a los que matan el cuerpo

a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
10, 24-33

Jesús dijo a sus apóstoles:
El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! No los teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que Yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.
No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquél que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.
¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre de ustedes. También ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, Yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero Yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquél que reniegue de mí ante los hombres.

Palabra del Señor.

Reflexión

Gen. 49, 29-32; 50, 15-26. Cuando ya el mismo Dios ha perdonado y reparado, y con creces, el daño que otros nos hicieron, ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlos? Por eso el Señor nos pide que perdonemos a los que nos ofenden, como nosotros hemos sido perdonados por Dios.
A los hermanos de José Dios les dio el signo de su perdón conduciéndolos a Egipto para salvarlos de la muerte. A nosotros nos ha dado el signo de su perdón a través del Misterio Pascual de Cristo, mediante el cual nos libera de la muerte del pecado y nos introduce en la Patria eterna.
No juzguemos antes de tiempo. Esperemos el cumplimiento de las promesas divinas en cuanto a que hemos sido llamados a participar eternamente de la Gloria de Dios Padre junto con su Hijo; entonces entenderemos los caminos, tal vez difíciles, que finalmente nos condujeron al cumplimiento del Plan de Salvación de Dios sobre nosotros, y no tendremos nada que reclamar a los demás.
Por eso no juzguemos a los demás, sino que perdonemos y aprendamos a vivir como hermanos.

Sal. 105 (104). Los decretos del Señor gobiernan la tierra. Quien lo tiene por su Dios debe saber escuchar su voz, meditarla en el corazón y ponerla en práctica. Entonces honraremos al Señor no sólo con los labios, sino con el corazón que lo ha aceptado como huésped en la propia vida; y, puesto que de la abundancia del corazón habla la boca, y el árbol bueno da frutos buenos, como consecuencia de esa presencia divina en nosotros, manifestaremos una vida recta, de buenas obras, de amor solidario con quienes necesitan de nosotros.
Al contemplar los demás nuestras buenas obras podrán elevar himnos y cantos al Señor, y celebrar sus portentos, sus maravillas que contemplarán a través de nuestra vida que, unida al Señor, se ha de entregar día a día en favor de ellos.

Mt. 10, 24-33. Por más que muchas veces la muerte y los signos de muerte, como la persecución, los insultos, los falsos testimonios, nos afecten de una u otra forma, jamás debemos pensar que eso tiene la última palabra. Desde el acontecimiento Pascual de Cristo sabemos que la última palabra la tiene la vida.
Por eso nuestros esfuerzos se encaminan siempre en esa línea. Tiene sentido dar vida; hacer que esa vida sea más digna en quienes la han deteriorado a causa del pecado personal; que sea más digna en quienes viven en condiciones infrahumanas.
El mensaje de amor no puede ocultarse timoratamente; debemos proclamarlo desde las azoteas; y no sólo con palabras y bellos discursos, sino con la vida que, por dar vida, se ha de entregar en favor de los demás, dándole así toda su plenitud por nuestra unión con Cristo.
Dios nos ama y vela por nuestros intereses; no sólo es el creador que hizo todo con amor; es nuestro Padre que vela por nosotros y nos defiende del mal para que, quienes no lo neguemos en esta vida, lleguemos sanos y salvos a la posesión definitiva, plena, de la vida que, ya desde, ahora nos ofrece.
Efectivamente, la Eucaristía es el signo más grande del amor de Dios por nosotros. Él continúa, en la historia, mediante este Memorial Pascual, manifestándonos cuánto nos ama. Él sabe que fue necesario padecer todo esto para entrar así en su Gloria.
Participar y entrar en comunión con Cristo mediante la Celebración Eucarística, no puede ser para nosotros un acto intrascendente, sino el máximo compromiso de reconocerlo no sólo en el Templo, sino ante todas las gentes, testificando así nuestra fe por medio de nuestras buenas obras.
No podemos conocer al Señor para que después su vida quede oculta en nosotros. Esa Luz que Él ha encendido en nosotros, debe iluminar a todos los que nos rodean.
La vida que se hace testimonio de amor, de trabajo por la justicia y por la paz, de preocupación por solucionar la problemática de la repartición injusta de los bienes que ha fabricado millones de pobres; el amar con lealtad a nuestros semejantes siendo capaces de perdonarlos como nosotros hemos sido perdonados; el no vivir esclavos de lo pasajero sino saber administrar todo para que haya una mayor justicia social; todo este trabajo que podría acarrearnos enemigos, persecución y muerte, es el trabajo de la persona cuya fe que no se encerró en el recinto sagrado, sino que se proyectó en el servicio comprometido para que todos logren, tanto la salvación eterna, como el amor fraterno que nos haga ya desde ahora ser, para nuestros hermanos, testigos del Dios Amor que habita en nosotros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de trabajar con sinceridad por su Reino, sabiendo que, por no negar al Señor en los diversos ambientes en que se desenvuelva nuestra vida, al final, viviremos eternamente con Él. Amén.

Homiliacatolica.com

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