Evangelio del día 18 de abril – Pascua de Resurrección

Evangelio del día 18 de abril

Martes de la Octava de Pascua – Ciclo A

Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,36-41.
El día de Pentecostés, Pedro dijo a los judíos:
“Todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías”.
Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?”.
Pedro les respondió: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo.
Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar”.
Y con muchos otros argumentos les daba testimonio y los exhortaba a que se pusieran a salvo de esta generación perversa.
Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil.

Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22.
Porque la palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia.

Nuestra alma espera en el Señor;
él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti.

Evangelio según San Juan 20,11-18.
María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro
y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.
Ellos le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”.
Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”.
Jesús le dijo: “¡María!”. Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: “¡Raboní!”, es decir “¡Maestro!”.
Jesús le dijo: “No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'”.
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

 

Evangelio del día 18 de abril – Pascua de Resurrección ciclo B
Hechos 6, 1-7 / Juan 6, 16-21
Salmo responsorial Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19
R/. “¡Que tu amor descienda sobre nosotros, Señor!”

Santoral:
San Francisco Solano, San Perfecto
y San Apolonio

Quédate, Señor, no pases de largo

Que, si ahora todo es luz,
sin ti y cuando te vayas,
volverá a ser oscuridad.
Que, si ahora veo tu grandeza,
sin Ti y cuando te vayas,
sólo tocaré mi pobreza.

Quédate, Señor, no pases de largo.
Porque, mis dudas con tu Palabra,
se convierten en seguras respuestas.
Porque, mi camino huidizo y pesaroso
se transforma en un sendero de esperanza,
en un grito a tu presencia real y resucitada.

Quédate, Señor, no pases de largo.
Que, contigo y por Ti,
merece la pena aguardar y esperar.
Que, contigo y por Ti,
no hay gran cruz sino fuerza
para hacerle frente.
Que, contigo y por Ti,
la sonrisa vuelve a mi rostro
y el corazón recuperar su vivo palpitar.

Quédate, Señor, no pases de largo.
Porque, contigo, mi camino es esperanza.
Porque, contigo, amanece la ilusión.
Porque, contigo, siento al cielo más cerca.
Porque, contigo, veo a más hermanos
y siento que tengo menos enemigos.
Porque, contigo, desaparece el desencanto
y brota la firme fe de quien sabe que Tú, Señor,
eres principio y final de todo.
Amén.

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Sábado,
18 de Abril de 2015

SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

Eligieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo

Lectura de los Hechos de los Apóstoles
6, 1-7

En aquellos días, como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos.
Entonces los Doce convocaron. a todos los discípulos y les dijeron: «No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocupamos de servir las mesas. Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea. De esa manera, podremos dedicamos a la oración y al ministerio de la Palabra».
La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor ya Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía. Los presentaron a los Apóstoles, y éstos, después de orar, les impusieron las manos.
Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 32, 1-2. 4-5. 18-19

R. ¡Que tu amor descienda sobre nosotros, Señor!

Aclamen, justos, al Señor:
es propio de los buenos alabarlo.
Alaben al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. R.

Porque la palabra del Señor es recta
y Él obra siempre con lealtad;
Él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor. R.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia. R.

EVANGELIO

Vieron a Jesús caminando sobre el agua

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan
6, 16-21

Al atardecer de ese mismo día, en que Jesús había multiplicado los panes, los discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaúm, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.
Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. Él les dijo: «Soy Yo, no teman».
Ellos quisieron subirlo a la barca, pero ésta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hech. 6, 1-7. ¿Sería mejor que el número de los discípulos de Jesús no aumentara mucho para evitar discriminaciones? Jesús quiere que la salvación llegue a todos; no podemos ni ser pusilánimes en el anuncio del Evangelio, ni ponerle límites al mismo. Como consecuencia del verdadero compromiso con el anuncio del Evangelio brotará, casi espontáneamente, la capacidad de volver la mirada hacia los necesitados para tenderles la mano y poner en práctica el servicio de caridad de todos los días.
Quien cumpla con la misión de servir a su prójimo no puede dedicarse sólo a la oración y al servicio de la Palabra. De hecho, como nos narrará más adelante la Palabra de Dios, los que fueron escogidos para el servicio de las mesas también se dedicaron a anunciar el Evangelio, con valentía, hasta dar su vida por Cristo.
Nosotros no podemos llamarnos cristianos en plenitud sólo porque promovamos el servicio de caridad hacia los pobres y nos desvelemos por ellos. Mientras no hagamos llegar a ellos el Evangelio con toda su fuerza salvadora tal vez les llenaremos el estómago y les propiciaremos una vida más cómoda y confortable, pero los dejaremos muy lejos de Cristo y de su Salvación; pues no sólo han de vivir humanamente dignos, sino como hijos de Dios, lo cual es la misión principal que tiene la Iglesia. Por eso no hemos de privilegiar ni una cosa ni la otra, sino que, como consecuencia de la Salvación recibida, hemos de pasar haciendo el bien a todos en todos los niveles de su vida.

Sal. 33 (32). Dios, por medio de su Palabra, ha creado todas las cosas. Nos ha creado a nosotros no sólo para que dominemos sobre su creación sino para que vivamos como hermanos, de tal forma que no destruyamos la justicia y el derecho sobre la tierra.
Si alguna vez fallamos, no sólo hemos de reconocer nuestra culpa, sino pedir perdón y reiniciar nuestro camino por el bien; Dios siempre será misericordioso para con nosotros.
En Cristo Jesús se ha iniciado la nueva creación; el ser humano ha recibido el Soplo Divino que lo eleva a la dignidad de hijo unido al único Hijo de Dios hecho hombre. ¿Quienes creemos en Él y hemos unido nuestra vida a Él, somos quienes le vamos dando un nuevo camino de esperanza a la historia? ¿Qué sentido tiene en nosotros el creer en Dios?.

Jn. 6, 16-21. Jesús no busca la gloria humana; su reino no es de este mundo. Después de multiplicar el pan, dándose cuenta de que querían llevárselo para proclamarlo rey, se retira de nuevo a la montaña Él solo. Ahí, nuevamente en la intimidad con su Padre Dios, no elude la realidad, sino que escucha a su Padre para hablarnos de las cosas del Cielo, de lo que es el amor del Padre por nosotros; y lo hará más que con las palabras, con las obras y con su vida misma.
Y pasan las horas; mientras sus discípulos se embarcaron para dirigirse a Cafarnaúm en medio de un viento contrario que les impedía avanzar con rapidez y seguridad, pues las olas encrespadas los ponían en peligro.
Dejar a Jesús; querer hacer camino sin Él con nosotros, nos impide avanzar con seguridad en medio de un mundo que nos invita a dar marcha atrás en nuestros buenos propósitos, y nos amenaza con hacer hundir y perder nuestra vida.
Muchos, efectivamente, han dado marcha atrás en su fe o en sus compromisos con la Iglesia, pues los ha ahogado el dinero, el poder y los placeres de este mundo; porque han visto a su prójimo no como hermano, sino como fuente de explotación para lograr, injustamente, los propios intereses.
Cristo, así, se convierte en alguien que nos asusta con su llamado a la conversión y al servicio.
Pero Jesús ha venido no a llenarnos de temor sino a darnos la Paz. Al vernos necesitados de ayuda, es el primero en acercarse, incluso tal vez sin que lo llamemos, pues Él bien sabe lo que necesitamos. Cuando lo aceptamos en nuestra vida para que le dé un nuevo sentido, un nuevo rumbo a la misma, podemos tocar tierra firme y afianzar nuestros pies, y consolidar nuestros pasos para volver a amar y servir, para volver a ver a nuestro prójimo no como un enemigo, ni como un objeto del que nos podamos aprovechar, sino como nuestro hermano a quien amamos y con quien caminamos en santidad y justicia, dando testimonio de un mundo nuevo entre nosotros: el mundo que vive en la civilización del amor y no en la jungla de la maldad y de la injusticia.
Este momento, en que celebramos la Eucaristía, es el más privilegiado encuentro entre el Señor y nosotros. No venimos llenos de temor sino de amor y de esperanza.
Tal vez muchas cosas han angustiado nuestra vida y la han llenado de temores. En Cristo sólo encontramos la paz y a Alguien que nos ha amado como nadie más lo ha hecho.
Nuestro encuentro con Él no puede reducirse al de alguien que lo ha visitado sólo para saludarlo.
Jesús quiere hacerse compañero nuestro en la vida diaria, para ayudarnos a caminar siempre llenos de esperanza en que lograremos aquello bueno que pretendemos en la vida.
Todos podrán abandonarnos, sin embargo, Aquel que nos amó hasta dar la vida por nosotros, será el Señor que siempre estará en camino con nosotros.
Quienes creemos en Él debemos ser ese mismo signo de esperanza para nuestros hermanos. No podemos llegar a ellos como signos de maldad, de destrucción, de miedo. No podemos llegar para robarles sus ilusiones, ni para quebrantar sus esperanzas.
Llegar a comprobar las necesidades de nuestro prójimo nos ha de hacer sensibles para no quedarnos en una fe sin proyección hacia la solución de la problemática que, también en la vida material, aqueja a quienes nos rodean.
El testimonio del Señor lo hemos de dar con la oración, con la Palabra meditada y vivida, pero también con la caridad que brota de nuestra unión con Cristo. Quien vive su fe sólo en la intimidad de la oración y pasa de largo ante las miserias de su prójimo, es como quien al ver que alguien se está ahogando o se encuentra en un serio peligro, pasa de largo envuelto en su seguridad, y no es capaz de detenerse para auxiliar a quien necesita de una mano que lo levante y socorra.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que, como consecuencia de nuestra fe en Él, de nuestra oración y de la meditación de su Palabra, seamos sensibles a las necesidades de nuestro prójimo; y así, por medio nuestro, pueda el Señor continuar haciendo grandes cosas en favor de nuestro prójimo. Amén.

Homiliacatolica.com

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