Evangelio del día 2 de abril

Hechos 4, 13-21 / Marcos 16, 9-15
Salmo responsorial Sal 117, 1.14-16. 18-21
R/. “Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste”

Santoral:
San Francisco de Paula, ermitaño

¡Con mi Iglesia, creo en ti, Señor!

Abriré las puertas, cuando me llamen a tiempos y a deshoras
y, aun con incertidumbres o dudas,
proclamaré que estás vivo y operante
Que, en mis miedos y temores,
me das la valentía de un león
para hacer frente a mis adversarios.

¡Con mi Iglesia, creo en ti, Señor!
Ven, Señor, y como a Tomás muéstrame tu costado,
no para que crea más o menos,
sino para sentir un poco el calor de tu regazo.
Ven, Señor, y como a Tomás, enséñame tus pies,
no porque desee verlos taladrados,
sino porque, al contemplarlos,
conoceré el precio que se paga
a los que desean andar por tus caminos.
Ven, Señor, y como a Tomás, dame tus manos,
no para advertir los agujeros que los clavos dejaron,
sino para, juntando las mías sobre las tuyas,
comprender que he de ayudar al que está abatido,
animar al que se encuentra desconsolado,
o servir con generosidad,
a todo hombre que ande necesitado.

¡Con mi Iglesia, creo en ti, Señor!
Porque, sé que, los Apóstoles,
débiles y santos, con virtudes y defectos,
nos han dejado esta Iglesia que es Madre y sierva,
Santa y pecadora, grande y pequeña,
rica y pobre, pero esplendorosa
por la alegría de tu Pascua Resucitadora.
¡ALELUYA, CREO CON TU IGLESIA, EN TI SEÑOR!

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

SÁBADO
DE LA OCTAVA DE PASCUA

No podemos callar lo que hemos visto y oído

Lectura de los Hechos de los Apóstoles
4, 13-21

Los miembros del Sanedrín estaban asombrados de la seguridad con que Pedro y Juan hablaban, a pesar de ser personas poco instruidas y sin cultura. Reconocieron que eran los que habían acompañado a Jesús, pero no podían replicarles nada, porque el hombre que había sido sanado estaba de pie, al lado de ellos.
Entonces les ordenaron salir del Sanedrín y comenzaron a deliberar, diciendo: «¿Qué haremos con estos hombres? Porque no podemos negar que han realizado un signo bien patente, que es notorio para todos los habitantes de Jerusalén. A fin de evitar que la cosa se divulgue más entre el pueblo, debemos amenazarlos, para que de ahora en adelante no hablen de ese Nombre».
Los llamaron y les prohibieron terminantemente que dijeran una sola palabra o enseñaran en el Nombre de Jesús. Pedro y Juan les respondieron: «Juzguen si está bien a los ojos del Señor que les obedezcamos a ustedes antes que a Dios. Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído».
Después de amenazarlos nuevamente, los dejaron en libertad, ya que no sabían cómo castigarlos, por temor al pueblo que alababa a Dios al ver lo que había sucedido.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 117, 1.14-16. 18-21

R. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
El Señor es mi fuerza y mi protección;
Él fue mi salvación.
Un grito de alegría y de victoria
resuena en las carpas de los justos. R

«La mano del Señor hace proezas,
la mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas».
El Señor me castigó duramente,
pero no me entregó a la muerte. R.

«Abran las puertas de la justicia
y entraré para dar gracias al Señor».
«Ésta es la puerta del Señor:
sólo los justos entran por ella».
Yo te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. R.

SECUENCIA

Cristianos,
ofrezcamos al Cordero pascual
nuestro sacrificio de alabanza.
El Cordero ha redimido a las ovejas:
Cristo, el inocente,
reconcilió a los pecadores con el Padre.

La muerte y la vida se enfrentaron
en un duelo admirable:
el Rey de la vida estuvo muerto,
y ahora vive.

Dinos, María Magdalena,
¿qué viste en el camino?
He visto el sepulcro del Cristo viviente
y la gloria del Señor resucitado.

He visto a los ángeles,
testigos del milagro,
he visto el sudario y las vestiduras.
Ha resucitado Cristo, mi esperanza,
y precederá a los discípulos en Galilea.

Sabemos que Cristo resucitó realmente;
Tú, Rey victorioso,
ten piedad de nosotros.

EVANGELIO

Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Marcos
16, 9-15

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquélla de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.
En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación».

Palabra del Señor.

Reflexión

Hech. 4, 13-21. ¿Acaso puede salir algo bueno de Galilea, de la chusma esa que está maldita y que no conoce a Dios?
Cuando algunos piensan que han atrapado a Dios y que sólo ellos son sus dueños, los únicos que lo aman y lo sirven, los únicos que pueden hablar de Él, pasarán buscando razones para perseguir a quienes, a pesar de las evidencias, no sólo hablen, sino den testimonio, con poder, del amor de Dios.
Quienes tapan su oídos y tienen el corazón de piedra, por más que oigan no entenderán; mirarán pero no verán, porque se ha endurecido su corazón y se han vuelto torpes sus oídos y han cerrado sus ojos; de modo que sus ojos no ven, sus oídos no oyen, su corazón no entiende; pues no quieren convertirse ni que el Señor los salve.
A pesar de los rechazos hay que dar testimonio del Señor. Nadie, solo la muerte, puede silenciar la voz del profeta, que para entonces se convertirá en un Testigo de su fe en Cristo mediante la sangre derramada por Él. Porque hay que obedecer antes a Dios que a los hombres. El nos llamó para que seamos testigos de su amor, de su misericordia; Él nos envió como signos de su misericordia, de su perdón; Él nos envió para que llevemos su vida a todos los pueblos.
Los esclavos de la maldad, viendo amenazada su seguridad temporal, tal vez traten de ganarnos con el canto de las sirenas que eleva el dinero, los bienes materiales, la oferta del poder, de la amistad y de la protección de quienes se sienten dueños hasta del mismo Dios, con tal de que también nosotros tapemos nuestros oídos para Dios y los abramos para ellos; y nuestras palabras no les molesten, sino les halaguen y, como sus esclavos, les cumplamos sus caprichos.
A pesar de lo que conlleva como riesgo el anuncio del Evangelio, no podemos traicionarlo pues, antes que a los hombres, primero hay que obedecer a Dios dando testimonio de aquello que, en el silencio sonoro ante la Palabra de Dios, hemos contemplado y hecho nuestro para jamás dejar de contarlo, de tal forma que nuestro testimonio sirva para que todos glorifiquen a Dios.

Sal. 118 (117). Puesto que Dios nos ha dado la victoria sobre nuestros enemigos, démosle gracias porque su misericordia es eterna.
Es cierto que somos sometidos a muchas pruebas, mas de todas ellas salimos victoriosos, no por nuestras propias fuerzas, sino porque el Señor es nuestra fuerza y nuestra alegría.
Los justos no nacieron justificados. Dios es quien los ha formado como justos en medio de las luchas y victorias de cada día, donde el Señor ha manifestado que su diestra es poderosa y nuestro orgullo. No es su voluntad abandonarnos a la muerte sino liberarnos de la esclavitud al mal.
A pesar de que la vida se nos complique, si confiamos en el Señor, no desfallezcamos, permanezcamos fieles a su amor con todas las consecuencias del mismo; sólo entonces no sólo se abrirán las puertas del templo para darle gracias, sino que se abrirán las puertas del paraíso para que estemos con Él eternamente.

Mc. 16, 9-15. Pareciera como que estuviésemos llegando al final del Evangelio. En realidad estamos ante un nuevo principio.
Al principio del Evangelio María se preocupa mucho ante el anuncio del ángel enviado por Dios para invitarla a aceptar ser la Madre del Hijo de Dios; finalmente dirá: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra; y comenzará para ella un camino de amor que también llegará a su perfección cuando una espada de dolor le atraviese el alma. En ella se simboliza la Iglesia que va tras las huellas de Cristo, haciendo su voluntad, cumpliendo su misión en medio de persecuciones y muerte hasta lograr que todos vivan unidos a Cristo, gloriosos, junto con Él, a la diestra del Padre Dios.
Ante el final de la presencia temporal de Jesús en la tierra se nos habla de quienes dudaron o no creyeron en el testimonio de quienes vieron al Señor resucitado de entre los muertos.
Cristo, al aparecérseles a los Once, les echa en cara su incredulidad, su falta de respuesta al anuncio del Evangelio. Ahora, quienes han estado con Él han de ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda creatura.
Empieza la historia de un mundo que se renueva en Cristo, el hombre nuevo. Todos han de ser testigos de esta esperanza, incluso los grandes pecadores que se han arrepentido y han sido perdonados aun cuando antes hubiesen estado posesionados por mil demonios.
Ahora, perdonados y reconciliados con Dios, han de ser testigos del amor que Dios ha tenido para con ellos y dar, así, un motivo de esperanza para quienes, siendo personas de buena voluntad, quieran iniciar un nuevo camino tras las huellas de Cristo.
En la Eucaristía nos encontramos con el Señor resucitado. Muchas veces y de muchas maneras nos ha hablado para que creamos que Él está vivo en medio de nosotros.
Han pasado los años y su Palabra salvadora ha llegado muchas veces a nuestros oídos, pero tal vez no ha descendido hasta nuestros corazones para producir fruto. Hemos preferido cumplirle a Dios, pero sólo de un modo externo, sin compromiso con Él. Tal vez nos hemos sentado a su mesa y hemos participado del Pan de vida, pero hemos rehuido al mandato de proclamar su Evangelio, alegando, tal vez, que no queremos meternos en la vida privada de los demás. Que cada quien se entienda con Dios. Mientras nosotros cumplamos con el Señor nos sentiremos muy a gusto. Pero eso de proclamar su Nombre puede meternos en problemas, y mejor nos encerramos en una fe personalista, pues tenemos miedo al compromiso, a enfrentar a las nuevas generaciones que viven sin Dios. Si el mundo se condena ese es muy su problema; nosotros, finalmente estaremos con el Señor porque jamás nos alejamos de su casa ni malgastamos sus bienes.
Con actitudes de esta naturaleza lo único que, finalmente, lograremos será que cada día se vaya teniendo un mundo sin Dios, sin amor, sin rectitud y que, en lugar del Reino de Dios, de su amor y de su paz, tengamos el reino del pecado, del egoísmo y de la guerra.
Hemos de ser personas de fe en medio de un mundo que necesita un poco de luz. Hemos sido llamados a ser testigos del amor en un mundo que vive destrozando los valores fundamentales del hombre.
No sólo hemos de creer de modo personal en Cristo. Hemos de ser valientes testigos suyos, aun cuando tengamos que enfrentar a gobernadores y reyes. Nadie puede permanecer mudo después de haber conocido y experimentado el amor de Dios.
De nosotros depende que el mundo tome el rumbo del amor fraterno y se una bajo un mismo Espíritu, no por nuestra iniciativa, sino porque Dios nos llamó y nos envió a proclamar su Evangelio.
La Eucaristía, con toda su fuerza salvadora, se prolonga en nuestra vida diaria en la que nos hacemos una Palabra viviente para que los demás escuchen a Cristo que les habla con el lenguaje de las palabras, de las obras y de los signos de quienes en Él hemos depositado nuestra fe.
La Eucaristía se prolonga en nuestra vida diaria cuando damos nuestra vida, nuestro tiempo, nuestros bienes en favor de quienes han sido menos favorecidos que nosotros. Prolongamos la Eucaristía cuando somos portadores del perdón y del amor de Dios.
El Resucitado nos recuerda que así como Él dio su vida por nosotros como la mejor Buena Nueva del amor con que hemos sido amados por Dios, así nosotros debemos continuar siendo esa Buena Nueva para nuestros hermanos.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser leales a nuestra fe. Que no nos quedemos en una fe hueca de buenas obras. Que proclamemos a Cristo ante toda clase de gentes, y que nunca nos dejemos envolver por quienes quisieran apagar en nosotros la voz de Cristo para no lesionar sus intereses. Que, con la Fuerza que nos viene de lo alto, seamos un signo creíble del Señor, que nos guía para que venga a nosotros y se haga realidad en nosotros su Reino. Amén.

Homiliacatolica.com

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