Evangelio del día 21 de febrero

Evangelio del día 21 de febrero

Lecturas para la homilía del día 21 de febrero del tiempo ordinario, Ciclo B

Libro de Eclesiástico 2,1-11.
Hijo, si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba.
Endereza tu corazón, sé firme, y no te inquietes en el momento de la desgracia.
Unete al Señor y no te separes, para que al final de tus días seas enaltecido.
Acepta de buen grado todo lo que te suceda, y sé paciente en las vicisitudes de tu humillación.
Porque el oro se purifica en el fuego, y los que agradan a Dios, en el crisol de la humillación.
Confía en él, y él vendrá en tu ayuda, endereza tus caminos y espera en él.
Los que temen al Señor, esperen su misericordia, y no se desvíen, para no caer.
Los que temen al Señor, tengan confianza en él, y no les faltará su recompensa.
Los que temen al Señor, esperen sus beneficios, el gozo duradero y la misericordia.
Fíjense en las generaciones pasadas y vean: ¿Quién confió en el Señor y quedó confundido? ¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado? ¿Quién lo invocó y no fue tenido en cuenta?
Porque el Señor es misericordioso y compasivo, perdona los pecados y salva en el momento de la aflicción.

Salmo 37(36),3-4.18-19.27-28.39-40.
Confía en el Señor y practica el bien;
habita en la tierra y vive tranquilo:
que el Señor sea tu único deleite,
y él colmará los deseos de tu corazón.
El Señor se preocupa de los buenos
y su herencia permanecerá para siempre;

no desfallecerán en los momentos de penuria,
y en tiempos de hambre quedarán saciados.
Aléjate del mal, practica el bien,
y siempre tendrás una morada,
porque el Señor ama la justicia
y nunca abandona a sus fieles.

Los impíos serán aniquilados
y su descendencia quedará extirpada,
La salvación de los justos viene del Señor,
él es su refugio en el momento del peligro;
el Señor los ayuda y los libera,
los salva porque confiaron en él.

Evangelio según San Marcos 9,30-37.
Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera,
porque enseñaba y les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará”.
Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.
Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: “¿De qué hablaban en el camino?”.
Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.
Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo:
“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado”.

 

 

Evangelio del día 21 de febrero – Ciclo B
Lecturas del Sábado después de Ceniza

Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (58,9b-14):

Así dice el Señor Dios: «Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía. El Señor te dará reposo permanente, en el desierto saciará tu hambre, hará fuertes tus huesos, serás un huerto bien regado, un manantial de aguas cuya vena nunca engaña; reconstruirás viejas ruinas, levantarás sobre cimientos de antaño; te llamarán reparador de brechas, restaurador de casas en ruinas. Si detienes tus pies el sábado y no traficas en mi día santo, si llamas al sábado tu delicia y lo consagras a la gloria del Señor, si lo honras absteniéndote de viajes, de buscar tu interés, de tratar tus asuntos, entonces el Señor será tu delicia. Te asentaré sobre mis montañas, te alimentaré con la herencia de tu padre Jacob.» Ha hablado la boca del Señor.

Palabra de Dios
Salmo
Sal 85,1-2.3-4.5-6

R/. Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad

Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva a tu siervo, que confía en ti. R/.

Tú eres mi Dios, piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti. R/.

Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R/.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (5,27-32):

En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros.
Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?»
Jesús les replicó: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan.»

Palabra del Señor

Isaías 58, 9b-14 / Lucas 5, 27-32
Salmo responsorial Sal 85, 1-6
R/. “¡Enséñame tu camino, Señor!”

Santoral:
San Pedro Damián Obispo
y doctor de la Iglesia

Contigo en el desierto, Señor

Escucharé al silencio que habla
y la Palabra que resuena.
Me sentiré preparado para la misión,
para así, ofrecerme hasta desgastarme
contigo y por Ti, mi Señor.

¿Por qué vas a un desierto, Jesús?
¿Qué te brindan la arena y las montañas
sin alimento ni nada con lo que sustentarte?
El desierto habla,
cuando el mundo calla.
Hace al cuerpo y a la fe, fuertes y resistentes
ante tantas cosas que los debilitan.

Llévame contigo al desierto, Señor,
porque sin necesidad de estar
en la aridez de esa tierra desértica,
también aquí y ahora soy tentado:
por el afán de tener,
por el deseo del poder,
por la ambición de ser adorado.

Contigo en el desierto, Señor,
seré fiel hasta el final
me prepararé a la dureza de la cruz,
saldré victorioso frente al mal.
Romperé con aquella tentación
que me persigue como si fuera
mi misma sombra.
Dame, Señor, valor para triunfar sobre ellas.
Concédeme, la valentía necesaria
para demostrarte mi fidelidad y mí entrega.

Quiero estar contigo en el desierto:
con Dios, fortaleza,
con Dios, salvación,
con Dios, poderoso,
con Dios, santo,
con Dios, único Dios.
Quiero subir contigo, Señor,
a celebrar tu Pascua, Señor.
Amén.

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Sábado, 21 de Febrero de 2015

SÁBADO DESPUÉS DE CENIZA

Si ofreces tu pan al hambriento,
tu oscuridad será como el mediodía

Lectura del libro de Isaías

58, 9b-14

Así habla el Señor:
Este es el ayuno que Yo amo:
Si eliminas de ti todos los yugos,
el gesto amenazador y la palabra maligna;
si ofreces tu pan al hambriento
y sacias al que vive en la penuria,
tu luz se alzará en las tinieblas
y tu oscuridad será como el mediodía.
El Señor te guiará incesantemente,
te saciará en los ardores del desierto
y llenará tus huesos de vigor;
tú serás como un jardín bien regado,
como una vertiente de agua,
cuyas aguas nunca se agotan.
Reconstruirás las ruinas antiguas,
restaurarás los cimientos seculares,
y te llamarán “Reparador de brechas”,
“Restaurador de moradas en ruinas”.

Si dejas de pisotear el sábado,
de hacer tus negocios en mi día santo;
si llamas al sábado “Delicioso”
y al día santo del Señor “Honorable”;
si lo honras absteniéndote de traficar,
de entregarte a tus negocios y de hablar ociosamente,
entonces te deleitarás en el Señor;
Yo te haré cabalgar sobre las alturas del país
y te alimentaré con la herencia de tu padre Jacob,
porque ha hablado la boca del Señor.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 85, 1-6

R. ¡Enséñame tu camino, Señor!

Inclina tu oído, Señor, respóndeme,
porque soy pobre y miserable;
protégeme, porque soy uno de tus fieles,
salva a tu servidor que en ti confía. R.

Tú eres mi Dios: ten piedad de mí, Señor,
porque te invoco todo el día;
reconforta el ánimo de tu servidor,
porque a ti, Señor, elevo mi alma. R.

Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquéllos que te invocan:
¡atiende, Señor, a mi plegaria,
escucha la voz de mi súplica! R.

EVANGELIO

Yo no he venido a llamar a justos,
sino a pecadores, para que se conviertan

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas

5, 27-32

Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que estaba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
Leví ofreció a Jesús un gran banquete en su casa. Había numerosos publicanos y otras personas que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas murmuraban y decían a los discípulos de Jesús: «¿Por qué ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?»
Pero Jesús tomó la palabra y les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, para que se conviertan».

Palabra del Señor.

Reflexión

Is. 58, 9-14. El Señor nos invita a continuar reflexionando sobre el verdadero ayuno y sus consecuencias, que el Señor espera de nosotros.
Mientras nos arrodillemos ante Dios, para invocarlo y darle culto, y continuemos oprimiendo a los demás y no hayamos desterrado de nosotros el gesto amenazador para hacerle la guerra y l tratemos con palabras ofensivas no podemos decir que brillará sobre nosotros, y en nosotros, y desde nosotros la luz del Señor.
Si queremos ser como un huerto bien regado que dé frutos abundantes de justicia y de paz, hemos de escuchar la voz del Señor que nos llama a amarlo a Él sobre todas las cosas y a amar a nuestro prójimo como Dios nos ha amado en Cristo.
El día del descanso consagrado a Dios sólo tendrá sentido de ofrecimiento sincero cuando lleguemos ante el Señor con el fruto de nuestro trabajo por la justicia y la paz, realizado durante los días anteriores; no sea que el mismo día que decimos consagrar a Dios sea un día de destrucción y de muerte.
Esta Cuaresma el Señor nos invita a rectificar nuestro camino de fe; que no sea una fe vacía sino comprometida con la vida diaria, donde, en verdad, seamos un signo del amor de Dios para quienes nos rodean.

Sal 86 (85). Presentémonos ante Dios sin altanerías; reconociendo que somos pecadores y pobres ante el único santo y dueño de todo lo creado.
Sabemos que hemos fallado, pero, a pesar de todo, el Señor, que lo conoce y lo sabe todo, debe saber que lo seguimos amando. Ese amor es el que nos ha acercado a Él con la confianza de ser perdonados y escuchados para ser salvados y llenos de la paz y de la alegría que sólo proceden de Él.
La cuaresma es un tiempo en que el Señor nos hace conciencia sobre nuestra propia fragilidad y sobre nuestras traiciones al amor que decimos tenerle. Nos invita a verlo como un Padre siempre dispuesto a perdonarnos, pero siempre esperando de nosotros la rectificación de nuestros caminos.
Recibir el perdón de Dios es, también, la aceptación del compromiso de retomar, en nosotros, el camino del Señor manifestado a nosotros en Cristo Jesús.

Lc. 5, 27-32. El Señor nos da la razón de su encarnación: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
El Evangelio de Lucas es considerado el Evangelio de la Misericordia. En él se nos hace ver la cercanía de Dios para todos los que habían sido despreciados y marginados a causa de sus maldades, enfermedades o pobrezas. Dios quiere levantar la esperanza de toda esa gente y quiere decirles que, aunque una madre se olvidara del fruto de sus entrañas, Dios no se olvidaría de ellos.
Quienes ya son justos y santos no necesitan más de conversión, sólo necesitan renovar momento a momento su sí amoroso a Dios de un modo más comprometido y más maduro. En cambio quienes viven descarriados como ovejas sin pastor son el objeto de la Encarnación del Hijo de Dios y de su entrega en la cruz para el perdón de sus pecados.
Quien ha sido buscado y encontrado por el Señor debe ser pronto en seguirlo al escuchar su voz que le llama a ir en su seguimiento. Este seguimiento puede ser de un modo radical para consagrarse de un modo total y exclusivo al Señor y a la misión que Él quiera encomendarnos. Puede ser también un seguimiento del Señor para vivir con Él un compromiso de totalidad que se manifestará en comportamientos nuevos, de mayor justicia y amor en medio de las realidades de cada día.
Quien tiene la experiencia personal del amor que Dios le tiene no puede sino convertirse en su apóstol para llevar a todos hacia Cristo para que, también ellos, experimenten la prueba del amor de Dios y se sienten, gozosos, a su mesa.
En esta Cuaresma el Señor nos invita a seguirlo, a amarlo y a anunciarlo a nuestros hermanos para conducirlos a Él. Ojalá y escuchemos hoy su voz y no endurezcamos ante Él nuestros corazones.
En esta Eucaristía ¿Quién puede decir que no es un pecador, amado por Cristo y sentado a su mesa? Si así nos ha amado Dios, Él nos pide que no pensemos que Dios se ha hecho Dios de un grupo cerrado.
La Eucaristía nos lanza a buscar a todos los pecadores, a los pobres, a los cojos, a los lisiados, a los ciegos; a los que padecen enfermedades no sólo físicas sino también espirituales y morales, para invitar a todos a participar del pan único, partido y compartido para todos, que es Cristo.
Manifestar nuestra sincera conversión al habernos encontrado con Cristo, es, por tanto, convertirnos en portadores del amor de Dios para aquellos que están en la misma situación en la que Cristo nos encontró y nos tendió la mano para liberarnos de ella y hacernos, no sólo discípulos suyos, sino sus apóstoles.
Al partir a nuestras labores diarias hemos de ser conscientes de que nuestro encuentro con Cristo en esta Eucaristía no sólo ha sido una invitación a abandonar la opresión, la crítica, la prepotencia, el juicio ligero, la calumnia; sino que, también en esta Eucaristía nos ha llamado a compartir; a compartir nuestro pan de cada día con los pobre y los pecadores como un signo del amor de Dios que se ha de manifestar desde nosotros.
El Evangelio de Cristo sólo se hará creíble cuando sea concreto en sus signos de amor. Asumamos el compromiso de saciar también a los afligidos.
Esta Cuaresma tiene como punto de partida la conversión personal que nos libera de nuestra carga de maldad y nos asemeja a Cristo; y tiene como punto de llegada el servicio al hermano necesitado.
Una verdadera conversión hacia el Señor debe convertirnos hacia nuestro prójimo para fortalecerlo, para tenderle amorosa y cariñosamente nuestra mano de hermano y de amigo con el mismo amor y cariño con que Cristo nos ha tratado a nosotros.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de despertar en nosotros no sólo estos buenos sentimientos, sino que este camino de amor comprometido se haga realidad entre nosotros. Amén.

Homiliacatolica.com

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