Evangelio del día 23 de enero – Segunda semana del tiempo ordinario ciclo B

Evangelio del día 23 de enero – Segunda semana del tiempo ordinario ciclo B
Lecturas del Viernes de la 2ª semana del Tiempo Ordinario

Primera lectura
Lectura de la carta a los Hebreos (8,6-13):

Ahora a nuestro sumo sacerdote le ha correspondido un ministerio tanto más excelente, cuanto mejor es la alianza de la que es mediador, una alianza basada en promesas mejores. En efecto, si la primera hubiera sido perfecta, no tendría objeto la segunda. Pero a los antiguos les echa en cara: «Mirad que llegan días –dice el Señor–, en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva; no como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Ellos fueron infieles a mi alianza, y yo me desentendí de ellos –dice el Señor–. Así será la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días –oráculo del Señor–: Pondré mis leyes en su mente y las escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “¡Conoce al Señor!”, porque todos me conocerán, del menor al mayor, pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados.» Al decir «alianza nueva», dejó anticuada la anterior; y lo que está anticuado y se hace viejo está a punto de desaparecer.

Palabra de Dios
Salmo
Sal 84,8.10.11-12.13-14

R/. La misericordia y la fidelidad se encuentran

Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación.
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos. R/.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Marcos (3,13-19):

En aquel tiempo, Jesús, mientras subía a la montaña, fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él. A doce los hizo sus compañeros, para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios. Así constituyó el grupo de los Doce: Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges –los Truenos–, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Celotes y Judas Iscariote, que lo entregó.

Palabra del Señor

Semana 2ª durante el año
Feria – Verde
Hebreos 8, 6-13 / Marcos 3, 13-19
Salmo responsorial Sal 84, 8. 10-14
R/. “El Amor y la Verdad se encontrarán”

Santoral:
San Ildefonso, San Bernardo y San Juan El Limosnero

Señor, quítame tiempo

Señor te he dirigido frecuentemente una oración
decididamente sin sentido: te he pedido tiempo.
Mi jornada de veinticuatro horas, no me basta.

Necesito al menos seis horas más para responder
a todas las llamadas, atender a los compromisos,
despachar el trabajo retrasado, responder
puntualmente a las cartas.

Y pedí a todos los que exigían un pedazo
de mi tiempo, ya tan escaso, que fueran
mis cómplices en aquella petición
de una jornada un poco más larga.
Espero que no lo hayan hecho.

Solo ahora me doy cuenta
de lo equivocado de aquella oración.
Que desfachatez y que presunción,
perdóname, Señor.

El tiempo que me has dado, es más
que suficiente, lo reconozco, suficiente
para hacer aquellas cosas que Tú
esperas de mí y para hacerlas bien.

No se trata de tener más tiempo
a disposición, sino de tener más ideales
a disposición para llenar de significado
el tiempo que poseo. Deseo más bien
que mi tiempo sea más rico en significado.

Para eso, te autorizo, Señor a que me quites
tiempo: esta es mi petición, opuesta a la anterior.

Te pido que me quites horas, de las veinticuatro
que tengo a mi disposición. Dos, tres, incluso,
seis al menos. Como quieras mejor.

Que hermosura, Señor, unas cuantas horas
tomadas de lo necesario, no de lo superfluo
de la jornada, y destinado a Ti.

Poder anunciar: me faltan seis horas al día,
porque las he “despilfarrado” en oración.

Dame la fuerza, Señor, el coraje, la libertad,
para realizar este gesto alocado.
Entonces estoy seguro de que no desembucharé ya,
ante los impacientes y numerosos clientes,
la acostumbrada excusa: “No tengo tiempo”

Podré por el contrario, declarar en tono triunfal:
“¡Tengo Tiempo!” Tiempo para hacer las cosas
adecuadas, de la manera adecuada,
con el corazón adecuado.

Señor, quítame tiempo, no vendré a pedirte
que me pagues daños, por el contrario,
te daré las gracias porque el tiempo
que me queda, después de tus suculentos
cobros, será un tiempo totalmente diverso.

En suma: un capital que aumenta y adquiere
valor precisamente cuando disminuye.
¿Vamos a hacer juntos este milagro, Señor?

Alessandro Pronzato

Liturgia – Lecturas del día

Viernes,
23 de Enero de 2015

Cristo, nuestro Sumo Sacerdote.
es el mediador de una alianza más excelente

Lectura de la carta a los Hebreos
8, 6-13

Hermanos:
Cristo, nuestro Sumo Sacerdote, ha recibido un ministerio sacerdotal superior al de los sacerdotes de Israel, porque es el mediador de una Alianza más excelente, fundada sobre promesas mejores. Porque si la primera Alianza hubiera sido perfecta, no habría sido necesario sustituirla por otra. En cambio, Dios hizo al pueblo este reproche:
«Llegarán los días
en que haré una Nueva Alianza
con la casa de Israel y la casa de Judá,
no como aquella que hice con sus padres
el día en que los tomé de la mano
para sacarlos de Egipto.
Ya que ellos no permanecieron fieles a mi Alianza,
Yo me despreocupé de ellos», -dice el Señor-.
Y ésta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel
después de aquellos días -dice el Señor-:
Pondré mis leyes en su conciencia,
las grabaré en su corazón;
Yo seré su Dios
y ellos serán mi Pueblo.
Entonces nadie tendrá que instruir
a su compatriota ni a su hermano,
diciendo: “Conoce al Señor”;
porque todos me conocerán,
desde el más pequeño al más grande.
Porque Yo perdonaré sus iniquidades
y no me acordaré más de sus pecados».
Al hablar de una Nueva Alianza, Dios declara anticuada la primera, y lo que es viejo y anticuado está a punto de desaparecer.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL
84, 8. 10-14

R.
El Amor y la Verdad se encontrarán.

¡Manifiéstanos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación!
Su salvación está muy cerca de .sus fieles,
y la Gloria habitará en nuestra tierra. R.

El Amor y la Verdad se encontrarán,
la Justicia y la Paz se abrazarán;
la Verdad brotará de la tierra
y la Justicia mirará desde el cielo. R.

El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
La Justicia irá delante de Él,
y la Paz, sobre la huella de sus pasos. R.

EVANGELIO

Llamó a los que quiso para que estuvieran con Él

a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Marcos
3, 13-19

Jesús subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a doce, a los que les dio el nombre de Apóstoles, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios.
Así instituyó a los Doce: Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago, a los que dio el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; luego, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

Palabra del Señor.

Reflexión

Heb. 8, 6-13. El Espíritu Santo que reposa en Jesús, lo abre a la fidelidad a la voluntad del Padre Dios, que es lo único que nos hace gratos a Él. Por eso los que, por medio de la fe, hemos unido nuestra vida al Señor Jesús, participamos de su mismo Espíritu, Espíritu de amor que se constituye en la Ley nueva puesta en nuestra mente y escrita en nuestros corazones.
Es el Espíritu Santo el que nos convence, el que nos hace conciencia de nuestra condición de pecadores y nos pone en camino de conversión, con la firme esperanza de que en Cristo el Padre Dios perdonará nuestra maldad y no se acordará más de nuestros pecados.
Acerquémonos, pues, al trono de la gracia; abramos nuestra mente y nuestro corazón al Don del Espíritu Santo; dejémonos conducir por Él.
Reconozcamos nuestros pecados; volvamos a Dios, rico en misericordia, y encaminémonos seguros, llevando en adelante una vida recta, hacia la posesión de la Patria eterna, en que no llegaremos a un lugar lejano para contemplar a Dios, sino que entraremos al Santo de los Santo, en la intimidad con Dios por pertenecer a Cristo Jesús.
Que esto se vaya realizando ya desde ahora por nuestra comunión con Cristo y por nuestra fidelidad al Espíritu de Dios, que habita en nosotros.

Sal. 85 (84). Muchas veces hemos vuelto al Señor y le hemos pedido perdón; y Él, lleno de misericordia, nos ha recibido siempre con gran amor, como un Padre recibe a sus hijos amados.
Ciertamente nos vemos constantemente acosados por una diversidad de tentaciones; y muchas veces nuestra misma concupiscencia nos aleja del amor sincero a Dios y al prójimo. Nosotros mismos nos convertimos en obradores de iniquidad; o nos convertimos en víctimas de la maldad de gente sin sentimientos humanos, capaces de todo con tal de lograr sus turbios intereses.
¿Hasta cuándo nos veremos libres de todos estos males, y viviremos en un auténtico amor fraterno?
Sabemos que la obra de salvación es la obra de Dios en nosotros. A nosotros corresponde estar abiertos a los dones de Dios, y esforzarnos en manifestarlos a través de una vida recta. Abramos nuestro corazón para que en él habite el Señor, y para que esa justicia que viene del cielo produzca abundantes frutos de salvación en nosotros, manifestando, con nuestras obras, que realmente vamos tras las huellas del amor y de la entrega del mismo Cristo, hasta que algún día lleguemos a habitar eternamente con Él en su Gloria.

Mc. 3, 13-19. De entre la multitud Jesús escoge doce, a los que da el nombre de Apóstoles. Hay una finalidad: Para que se queden con Él; para mandarlos a predicar y para que tuvieran el poder de expulsar a los demonios.
En primer lugar hay que tener una experiencia personal del Señor. Un enviado debe convivir con quien le envía y saber cuáles son sus planes, sus proyectos; en el caso de los apóstoles: conocer el plan, el proyecto de salvación de Dios sobre la humanidad. Y no sólo conocer la voluntad de Dios, sino ser uno mismo objeto de esa voluntad salvífica. Entonces podrá uno ir no sólo como profeta, sino como testigo del amor y de la misericordia de Dios.
Quien va, no en nombre propio, sino en Nombre de Jesús, participa de su Misión, la que Él recibió del Padre; y participa también de su poder para vencer al mal. Así, el enviado se convierte en la prolongación de Jesús en la historia; es el memorial histórico del Señor que continúa salvando, que continúa liberando al hombre de sus esclavitudes, y que continúa entregando su vida para que a todos llegue el perdón de Dios, y la Vida y el Espíritu que Él ofrece a quienes crean en Él.
Para los que hemos sido llamados como testigos de Cristo en el mundo, el reunirnos para la celebración de la Eucaristía se convierte, para nosotros, en una necesidad que nos lleva tanto a estar con el Señor, como a escuchar su Palabra para hacerla nuestra, y para conformar a ella nuestra vida.
Sólo después de haber estado con el Señor podremos anunciar con verdad su Nombre a los demás. Cristo nos quiere siempre unidos a Él. Y esto se realiza especialmente en la Eucaristía; pero también se realiza a través de nuestra unión a quienes Él escogió como apóstoles suyos y como sucesores de ellos en la Iglesia.
Quien viva fiel en la escucha y en la puesta en práctica de las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, puede decir que entra en intimidad con Cristo y permanece en la Verdad. Por eso, a la par que vivimos nuestra unión con el Señor en la celebración del Memorial de su Pascua, aprendamos a vivir unidos a aquellos que legítimamente han sido constituidos por el Señor en Pastores de su Pueblo.
Dios ha enviado su Iglesia a proclamar el Evangelio. La Buena noticia del amor de Dios no podemos proclamarla sólo por habernos convertido en eruditos de la predicación. Quien no entre en una relación de intimidad con el Señor no puede sentirse autorizado para proclamar el Evangelio de Salvación a los demás; pues no son los medios humanos, sino el Espíritu Santo el que da la eficacia necesaria al anuncio del Evangelio, para que se convierta en Palabra de Salvación para el mundo.
A partir de vivir unidos a Jesucristo por la fe podremos ver con sus ojos el mundo y su historia; entonces podremos sentir como nuestras las miserias de los demás, y buscaremos soluciones adecuadas a las mismas, no desde nuestras imaginaciones, sino desde el corazón amoroso y misericordioso de Dios.
El que vive lejos de Dios y se dedica a proclamar su Nombre, lo único que hace es tratar de pasar como un sabio, conforme a los criterios del mundo, esperando la alabanza de los demás por sus discursos bien elaborados, pero siendo incapaz de involucrarse en la acción salvífica de Dios, aceptando incluso dar su vida por los demás.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir de tal forma unidos a Jesucristo que no sólo anunciemos su Nombre a los demás con las palabras, sino con las obras y con nuestra vida misma convertida en un signo de su amor salvador para toda la humanidad. Amén.

Homiliacatolica.com

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