Evangelio del día 4 de agosto – Ciclo C

Evangelio del día 4 de agosto – Ciclo C

Jeremías 31, 31-34 / Mateo 16, 13-23
Salmo responsorial Sal 50, 12-15. 18-19
R/. “¡Dios mío, crea en mí un corazón puro!”

Santoral:
San Juan María Vianney, San Aristaco,
Beato Federico Janssoon,
Beato Gonzalo Gonzalo

El camino de la luz

He aquí el camino de la luz, el Camino de Dios:
el que quiera llegar al lugar designado,
que se esfuerce en conseguirlo con sus obras.
Éste es el conocimiento que se nos ha dado
sobre la forma de caminar por el camino de la luz.

Ama a Quien te ha creado, teme a Quien te formó,
glorifica a Quien te redimió de la muerte;
sé sencillo de corazón y rico de espíritu;
no sigas a los que caminan por el camino de la muerte;
odia todo lo que desagrada a Dios y toda hipocresía;
no abandones los preceptos del Señor.
No te enorgullezcas; sé, por el contrario, humilde
en todas las cosas; no te glorifiques a ti mismo.
No concibas malos propósitos contra tu prójimo
y no permitas que la insolencia domine tu alma.

Ama a tu prójimo más que a tu vida.
No mates al hijo en el seno de la madre
y tampoco lo mates una vez que ha nacido.
No abandones el cuidado de tu hijo o de tu hija,
sino que desde su infancia les enseñarás el temor de Dios.
No envidies los bienes de tu prójimo; no seas avaricioso;
no frecuentes a los orgullosos, sino a los humildes y a los justos.

Todo lo que te suceda, lo aceptarás como un bien,
sabiendo que nada sucede sin el permiso de Dios.
Ni en tus palabras ni en tus intenciones ha de haber doblez,
pues la doblez de palabra es un lazo de muerte.

Comunica todos tus bienes con tu prójimo y no digas que algo
te es propio: pues, si sois partícipes en los bienes incorruptibles,
¿cuánto más lo debéis ser en los corruptibles?
No seas precipitado en el hablar, pues la lengua es una trampa mortal.
Por el bien de tu alma, sé casto en el grado que te sea posible.
No tengas las manos abiertas para recibir y cerradas para dar.
Ama como a la niña de tus ojos a todo el que te comunica
la palabra del Señor.

Piensa, día y noche, en el día del juicio y busca siempre
la compañía de los santos, tanto si ejerces el ministerio de la palabra,
portando la exhortación o meditando de qué manera puedes
salvar un alma con tu palabra, como si trabajas con tus manos
para redimir tus pecados.

No seas remiso en dar ni murmures cuando das,
y un día sabrás quién sabe recompensar dignamente.
Guarda lo que recibiste, sin quitar ni añadir nada.
El malo ha de serte siempre odioso. Juzga con justicia.
No seas causa de división, sino procura la paz, reconciliando
a los adversarios. Confiesa tus pecados.
No te acerques a la oración con una mala conciencia.
Éste es el camino de la luz, el camino de Dios.

Liturgia – Lecturas del día

Jueves,
4 de Agosto de 2016

Estableceré una nueva Alianza
y no me acordaré más de su pecado

Lectura del libro de Jeremías
31, 31-34

Llegarán los días -oráculo del Señor- en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque Yo era su dueño -oráculo del Señor-.
Ésta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días -oráculo del Señor-: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; Yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.
Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: «Conozcan al Señor». Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande -oráculo del Señor-. Porque Yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 50, 12-15. 18-19

R. ¡Dios mío, crea en mí un corazón puro!

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu. R.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga:
yo enseñaré tu camino a los impíos
y los pecadores volverán a ti. R.

Los sacrificios no te satisfacen;
si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito,
Tú no desprecias el corazón contrito y humillado. R.

EVANGELIO

Tú eres Pedro,
y te daré las llaves del Reino de los Cielos

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
16, 13-23

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».
«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?» Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».
Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.
Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Palabra del Señor.

Reflexión

Jeremías 31, 31-14: Terminamos hoy la lectura de Jeremías, para empezar, desde mañana, la de otros profetas. Y la última página seleccionada es también optimista: nos anuncia una Nueva Alianza.
En el AT nunca se había dicho que fuera a haber otra Alianza distinta de la del Sinaí, tantas veces rota por el pueblo, pero mantenida siempre en pie por la fidelidad de Dios.
Ahora, el profeta, como fruto de una maduración espiritual de su fe, anuncia, de parte de Dios, que a esa primera Alianza le va a seguir otra, definitiva, mucho más profunda y personal: «meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo».
Si la de la primera se podio decir que había constituido un fracaso por parte del pueblo, Dios no ceja en su empeño y anuncia otra mejor, una Alianza de fe, de conocimiento de Dios, de perdón y reconciliación. Se trata de la interiorización de la Alianza.
«Vienen días…». Los cristianos estamos convencidos de que esa Nueva Alianza, que ha llevado a plenitud la del pueblo de Israel, se ha cumplido en Cristo Jesús.
Es la Alianza que él selló, no con sangre de animales, como la del Sinaí, sino con su propia Sangre en la cruz. Es la Alianza de la que nos ha querido hacer participes cada vez que celebramos el sacramento memorial de su Pascua, la Eucaristía: «tomad y bebed todos de él: éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna…».
Pero toda alianza, y más la Nueva de Cristo, nos compromete a un estilo de vida coherente. Participar de la Eucaristía supone una actitud concreta a lo largo de la jornada.
No vaya a ser que también de nosotros se tenga que quejar Dios como de Israel, por nuestra incoherencia.
El salmo nos sitúa en la dirección justa cuando apunta a un corazón renovado, humilde y alegre a la vez, un corazón vuelto a Dios: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme… devuélveme la alegría de tu salvación…».

Mateo 16,13-23: La página de Mateo es doble: contiene una alabanza de Jesús a Pedro, constituyéndolo como autoridad en su Iglesia y, a la vez, una reprimenda muy dura al mismo Pedro, porque no entiende las cosas de Dios.
Ante todo, la alabanza. Jesús pregunta (hace una encuesta) sobre lo que dicen de él: unos, que un profeta, o que el mismo Bautista. Y, ante la pregunta directa de Jesús («y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»), Pedro toma la palabra y formula una magnífica profesión de fe: «tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Jesús le alaba porque ha sabido captar la voz de Dios y, con tres imágenes, le constituye como autoridad en la Iglesia, lo que luego se llamará «el primado»: la imagen de la piedra (Pedro = piedra = roca fundacional de la Iglesia), la de las llaves (potestad de abrir y cerrar en la comunidad) y la de «atar y desatar».
Pero, a renglón seguido, Mateo nos cuenta otras palabras de Jesús, esta vez muy duras. Al anunciar Jesús su muerte y resurrección, Pedro, de nuevo primario y decidido, cree hacerle un favor: «no lo permita Dios, eso no puede pasarte»; y tiene que oír algo que no olvidará en toda su vida: «quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar: tú piensas como los hombres, no como Dios». Antes le alaba porque habla según Dios. Ahora le riñe porque habla como los hombres. Antes le ha llamado «roca y piedra» de construcción.
Ahora, «piedra de escándalo» para el mismo Jesús.
En nosotros pueden coexistir una fe muy sentida, un amor indudable hacia Cristo y, a la vez, la debilidad y la superficialidad en el modo de entenderle.
No se podía dudar del amor que Pedro tenía a Jesús, ni dejar de admirar la prontitud y decisión con que proclama su fe en él. Pero esa fe no es madura: no ha captado que el mesianismo que él espera (fruto de la formación religiosa recibida) no coincide con el mesianismo que anuncia Jesús, que incluye su muerte en la cruz.
Todos tendemos a hacer una selección en nuestro seguimiento de Cristo. Le confesamos como Mesías e Hijo de Dios. Pero ya nos cuesta más entender que se trata de un Mesías «crucificado», que acepta la renuncia y la muerte porque está seriamente comprometido en la liberación de la humanidad. No nos agrada tanto que sus seguidores debamos recorrer el mismo camino. Como a Pedro, nos gusta el monte Tabor, el de la transfiguración, pero no, el monte Calvario, el de la cruz. A Jesús le tenemos que aceptar entero, sin «censurar» las páginas del evangelio según vayan o no de acuerdo con nuestra formación, con nuestra sensibilidad o con nuestros gustos.
Más tarde, ayudado en su maduración espiritual por Cristo, por el Espíritu y por las lecciones de la vida, Pedro aceptará valientemente la cruz: cuando se tenga que presentar ante las autoridades que le prohíben hablar de Jesús, cuando sufra cárceles y azotes, y, sobre todo, cuando tenga que padecer martirio en Roma. Valió la pena la corrección que Jesús le dedicó.

J. Aldazabal

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