Lecturas diarias: 15 de Julio – La alegría como signo

Evangelio del día 15 de julio

Evangelio según San Mateo 10,24-33

Jesús dijo a sus apóstoles:
“El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño.
Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa!

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido.
Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.

¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.

Ustedes tienen contados todos sus cabellos.
No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.
Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo.
Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.”

 

 

Lunes, 15 de julio – Ciclo C
Semana 15ª durante el año
Memoria obligatoria – Blanco
Éxodo 1, 7-14. 22 / Mateo 10, 34—11, 1
Salmo Responsorial Sal 123, 1-8
R/. “¡Nuestra ayuda está en el nombre del Señor!”

Santoral:
San Buenaventura, San Donald, San Andrés
Nam-Thuong, San Pedro Tuan,
Beata Ana María, Beato Pedro

La alegría como signo

Que tu alegría, Jesús brille en nuestros rostros.
Enséñanos a ser alegres como Tú.
Alegres porque tanto nos amó el Padre
que te envió para nuestra salvación.

Alegres porque has venido,
has compartido nuestras penas,
y nos has dado la mayor prueba de amistad.

Alegres porque siempre estás con nosotros,
presente en nuestra historia.

Alegres porque nos estás preparando un lugar
en el que podamos compartir plenamente tu gozo.
Concédenos, Jesús, la felicidad de entregar
nuestras vidas al servicio de los demás.

Y que nuestro compromiso por los marginados
sea nuestra mayor fuente de felicidad.

Concédenos la felicidad de los pobres
de espíritu, con hambre y sed de justicia.
Danos esa felicidad que sólo Tú sabes dar
en medio de incomprensiones y persecución.

Que las pruebas y persecuciones,
llevadas en la alegría del Espíritu,
nos ensanchen el corazón y se conviertan
en riqueza de generosidad para con todos.

Tú que eres nuestro único bien, Señor,
nos haces entrever perspectivas de gozo eterno,
pues sabemos que cuando nos encontremos
cara a cara, nuestro corazón se llenará de un gozo
inenarrable, que nadie podrá ya sacarnos jamás.

Sabemos que en todo triunfaremos
gracias a la fuerza de tu Amor.

Liturgia – Lecturas del día

Lunes, 15 de Julio de 2013

Es preciso tomar precauciones contra Israel,
para impedir que siga multiplicándose

Lectura del libro del Éxodo
1, 7-14. 22

Los israelitas fueron fecundos y se multiplicaron, hasta convertirse en una muchedumbre numerosa.
Mientras tanto, asumió el poder en Egipto un nuevo rey, que no había conocido a José. Él dijo a su pueblo: «El pueblo de los israelitas es más numeroso y fuerte que nosotros. Es preciso tomar precauciones contra él, para impedir que siga multiplicándose. De lo contrario, en caso de guerra se pondrá de parte de nuestros enemigos, combatirá contra nosotros y se irá del país».
Entonces los egipcios pusieron a Israel a las órdenes de capataces, para que lo oprimieran con trabajos forzados. Así Israel ; construyó para el Faraón las ciudades de almacenamiento de Pitóm y Ramsés. Pero a medida que aumentaba la opresión, más se multiplicaba Y más se expandía. Esto hizo que la presencia de los israelitas se convirtiera en un motivo de inquietud. Por eso, los egipcios redujeron a los israelitas a la condición de esclavos, y les hicieron insoportable la vida, forzándolos a realizar trabajos extenuantes: la preparación de la arcilla, la fabricación de ladrillos y toda clase de tareas agrícolas.
Entonces el Faraón dio esta orden a su pueblo: «Arrojen al Nilo a todos los varones recién nacidos, pero dejen con vida a las niñas».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 123, 1-8

R. ¡Nuestra ayuda está en el nombre del Señor!

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
cuando los hombres se alzaron contra nosotros,
nos habrían devorado vivos
cuando ardió su furor contra nosotros. R.

Las aguas nos habrían inundado,
un torrente nos habría sumergido,
nos habrían sumergido las aguas turbulentas.
¡Bendito sea el Señor, que no nos entregó
como presa de sus dientes! R.

Nuestra vida se salvó como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió y nosotros escapamos.
Nuestra ayuda está en el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra. R.

EVANGELIO

No vine a traer la paz, sino la espada

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
10, 34—11, 1

Jesús dijo a sus apóstoles:
«No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará.
El que los recibe a ustedes me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo no quedará sin recompensa».
Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí, para enseñar y predicar en las ciudades de la región.

Palabra del Señor.

Reflexión

Ex. 1, 8-14. 22.:Qué difícil es reconocer que todo lo hemos recibido de Dios; que no somos dueños, sino administradores de lo pasajero.
Jesús nos dice que es muy difícil que un rico se salve; y esto porque quien todo lo tiene puede, equivocadamente sentirse sentado en el trono de Dios y pensar que todos están a su servicio; que nada lo ha recibido, que todo lo ha hecho con la fuerza de su mano, con su ingenio e inteligencia; que puede cambiar las fronteras de las naciones, saquear sus tesoros y aniquilar con su poder a sus habitantes; que puede alargar la mano para apoderarse de todo como de un nido, como se recogen huevos abandonados, sin que nadie bata las alas ni tenga derecho a abrir el pico para piar (Is. 10, 13 y ss).
Si alguien se levanta en defensa de los pobres será considerado un subversivo, se le perseguirá y se le apagará la voz a cualquier precio.
El Faraón de Egipto tiene miedo al Pueblo de Israel y para acallar su voz lo somete a dura esclavitud, da la orden de asesinar a todos los recién nacidos varones. Sin embargo Dios ha escuchado el clamor de su Pueblo Oprimido y saldrá en defensa de sus pobres. El libro del Éxodo es todo un canto de liberación en favor de quienes confían en el Señor.
Ojalá y, humildes y sin esclavitudes a lo pasajero, sepamos ponernos en manos de Dios para ser conducidos, por medio de su Hijo, a la posesión de la Patria eterna.
Ojalá y no seamos como el Faraón, opresor y asesino, que, en lugar de encontrar la salvación se verá junto con su ejército devorado por el abismo y sin posibilidad de gozar de los bienes eternos.

Sal. 124 (123). Aun cuando el Señor envía a sus elegidos desprotegidos de todas las seguridades humanas, siempre estará a su lado para defenderlos de sus enemigos.
Jesús mismo fue puesto muchas veces en peligro; sin embargo nadie pudo hacerle algo, pues aún no había llegado su hora. Pero llegada su hora Él entrega su vida, nadie se la quita; y porque nos ama hasta el extremo no tiene reparo alguno en dar el paso de la muerte hacia su glorificación a la diestra del Padre, victorioso sobre el mal y la muerte.
Junto con Él nos encaminamos también nosotros, cargando nuestra cruz de cada día, para ser glorificados junto con Él. Muchos, oponiéndose a la Palabra de Dios, se levantarán en contra nuestra como aguas encrespadas y amenazantes para destruirnos; pero el Señor no permitirá que nos destrocen con sus dientes. Por eso debemos vivir agradecidos a Él y bendecir su Santo Nombre no sólo con nuestros labios, sino con una vida hecha de fidelidad entretejida en el amor sincero hacia Él, que por salvarnos a nosotros, pobres y humildes, entregó a su propio Hijo como la máxima prueba del amor que nos tiene.

Mt. 10, 34-11, 1. Ser perseguidos hasta por los propios padres por haber decidido tomar la propia cruz de cada día y echarse a caminar tras de Cristo, jamás debe amedrentar al discípulo del Señor. Recibir a Cristo no nos reporta una recompensa cualquiera; por ser hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo, siempre y cuando ahora padezcamos con Él, para ser luego glorificados con Él.
Por eso podemos también decir: El Señor es mi herencia; mi vida está en sus manos. Confiemos totalmente nuestra vida en manos de Dios; permitamos que Él haga su obra en nosotros y, por medio nuestro, la lleve a cabo en favor de todos.
No tengamos miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden quitarnos la vida; tengamos miedo más bien a quien puede destruir al hombre entero en el fuego que no se apaga.
Viendo a Cristo que, después de padecer, ahora vive para siempre, corramos con perseverancia en la carrera que se abre ante nosotros, sin temer la persecución ni la muerte, hasta lograr vivir eternamente junto con Él. Y si no perderemos nuestra recompensa por dar un vaso de agua fresca a un pequeño, por ser discípulo de Cristo, cuánta no será mayor la recompensa cuando demos nuestra vida para salvar la de los pobres, la de los pecadores, sabiendo que también ellos son hijos de Dios y que Él los quiere, libres de maldades, de opresiones y de miserias, junto a Él, en el gozo eterno. Y para que eso se haga realidad nos ha confiado a nosotros la distribución de la gracia y el perdón de los pecados.
En esta Eucaristía somos testigos de la entrega de Cristo por nosotros. Él no puso fronteras, límites, a su amor por nosotros. San Juan nos dice que el Señor nos amó hasta el extremo. Él, en verdad, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él entrega su vida, para que nosotros la tengamos en abundancia.
Su recompensa no sólo es estar sentado a la diestra del Padre, sino llevarnos, junto con Él, a la participación de su Gloria. No nos lleva cautivos; nos lleva como hijos en el Hijo en una Alianza nueva y definitiva que hace que el Padre nos reconozca, también a nosotros, como a su Hijo amado, en quien Él se complace.
Quienes participamos de esta Eucaristía no podemos vivir persiguiendo a nuestro prójimo. El Hijo de Dios, hecho uno de nosotros, no vino a condenar, sino a salvar todo lo que se había perdido.
Al enviarnos a proclamar su Evangelio no podemos inventarnos un evangelio a la medida de nuestras aspiraciones equivocadas, egoístas. No podemos hacer una relectura del Evangelio para que diga lo que nosotros queremos que diga. El Señor ha hablado; sepamos escucharlo y vivir conforme a su voluntad, aun cuando para ello tengamos que renunciar a todo, incluso a nuestra propia vida y familia.
Pasemos haciendo el bien, remediando el hambre, la sed de quienes nos rodean, cubriendo su desnudez, dando voz a los desvalidos, luchando por una mayor justicia social. Pero no nos quedemos en esos signos de amor, de caridad cristiana. No podemos dedicarnos sólo a tratar de cubrir las necesidades materiales de nuestros hermanos. Mientras no les demos a Cristo, mientras no les ayudemos a reconocerlo como su Señor y su Dios, podrán tal vez gozar de una vida más digna, pero no podrán ser testigos del amor de Dios; y tal vez se alegren de que les tendamos la mano, pero seguirán esclavos de sus vicios, de sus egoísmos, de sus luchas fratricidas.
Llevemos a Cristo para que sea conocido, para que sea reconocido y aceptado en la vida de todos los pueblos; sólo así será posible construir un mundo no sólo libre de la pobreza, sino libre de la injusticia, de la persecución, del egoísmo, de los vicios y desórdenes sociales. Entonces el Reino de Dios, en verdad, estará llegando a nosotros e instalándose en nuestros corazones.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre y Reina de los Apóstoles, la gracia de no profesar nuestra fe de modo personalista, sino de ser testigos, valientes y fieles, de la vida y del amor que Dios nos ha comunicado y que ofrece a toda la humanidad. Amén.

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