Lecturas diarias: 24 de Abril – Tiempo de Pascua

Lecturas diarias: 24 de abril – Segunda semana de Pascua ciclo A

Lunes de la segunda semana de Pascua

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Libro de los Hechos de los Apóstoles 4,23-31.
Una vez en libertad, los Apóstoles regresaron adonde estaban sus hermanos, y les contaron todo lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.
Al oírlos, todos levantaron la voz y oraron a Dios unánimemente: “Señor, tú hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos;
tú, por medio del Espíritu Santo, pusiste estas palabras en labios de nuestro padre David, tu servidor: ¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen vanos proyectos?
Los reyes de la tierra se rebelaron y los príncipes se aliaron contra el Señor y contra su Ungido.
Porque realmente se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con las naciones paganas y los pueblos de Israel, contra tu santo servidor Jesús, a quien tú has ungido.
Así ellos cumplieron todo lo que tu poder y tu sabiduría habían determinado de antemano.
Ahora, Señor, mira sus amenazas, y permite a tus servidores anunciar tu Palabra con toda libertad:
extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios en el nombre de tu santo servidor Jesús”.
Cuando terminaron de orar, tembló el lugar donde estaban reunidos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y anunciaban decididamente la Palabra de Dios.

Salmo 2,1-3.4-6.7-9.
¿Por qué se amotinan las naciones
y los pueblos hacen vanos proyectos?
Los reyes de la tierra se sublevan,
y los príncipes conspiran

contra el Señor y contra su Ungido:
«Rompamos sus ataduras,
librémonos de su yugo.»
El que reina en el cielo se sonríe;

el Señor se burla de ellos.
Luego los increpa airadamente
y los aterra con su furor:
«Yo mismo establecí a mi Rey

en Sión, mi santa Montaña.»
Voy a proclamar el decreto del Señor:
El me ha dicho: «Tú eres mi hijo,
yo te he engendrado hoy.»

«Pídeme, y te daré las naciones como herencia,
y como propiedad, los confines de la tierra.”
Los quebrarás con un cetro de hierro,
los destrozarás como a un vaso de arcilla»

Evangelio según San Juan 3,1-8.
Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos.
Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: “Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él”.
Jesús le respondió: “Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios. ”
Nicodemo le preguntó: “¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?”.
Jesús le respondió: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios.
Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu.
No te extrañes de que te haya dicho: ‘Ustedes tienen que renacer de lo alto’.
El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu”.
Jueves, 24 de abril de 2014 ciclo A
Jueves de la Octava de Pascua
Del propio – Blanco
Hechos 3, 11-26 / Lucas 24, 35-48
Salmo responsorial Sal 8, 2a. 5-9
R/. “¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre!”

Santoral:
San Fidel de Sigmaringa,

presbítero y mártir

¡Qué gran noticia, Señor!

Que, el hombre, ya no conocerá
la muerte para siempre.
Que, el pecado, ha sido con creces perdonado.
Que, la vida, vence sobre el horizonte oscuro.
Que, la luz, brillará –en un futuro– permanentemente.

¡Qué gran noticia, Señor!
Bajaste al sepulcro y, al tercer día, regresaste.
Bajaste al sepulcro sólo, y subes con vida para todos.
Bajaste al sepulcro muerto,
y regresas con una vida resucitada

¡Qué gran noticia, Señor!
Estábamos con grilletes esclavos de la muerte,
y ahora libres.
Estábamos preocupados por la noche oscura,
y ahora cantamos a pleno día.
Estábamos llenos de dudas, y el sepulcro abierto
nos da una certeza: ¡Vives!

¡Qué gran noticia, Señor!
Te sentimos vivo, operante, activo y presente.
Te sentimos cercano en el amor,
y alentando nuestra esperanza.
Te sentimos dándonos impulso y calor,
para ser hombres nuevos.
Te sentimos soplando las brasas de nuestra Fe,
para que nunca se apague.

¡Qué gran noticia, Señor!
Si Tú has vuelto, nosotros volveremos.
Si Tú no has muerto para siempre,
nosotros resucitaremos un día.
Si Tú has muerto por unos días,
nosotros moriremos por unas noches.
Si Tú has vuelto después de tanto,
nosotros volveremos después de todo.

¡Qué gran noticia, Señor!
Hemos pasado del sinsentido a la comprensión de todo.
Hemos pasado de la inquietud a la paz.
Hemos pasado de la tierra al cielo.
Hemos pasado de los dioses a Dios.
Hemos pasado del odio al amor.
Hemos pasado de la muerte a la Vida.

¡Qué gran noticia, Señor!
Correremos hacia los vivos: ¡Estás vivo!
Correremos hacia la fraternidad: ¡Eres amor!
Correremos hacia el pan: ¡Eres Eucaristía!
Correremos hacia iglesia: ¡Es cosa tuya, Señor!
Correremos hacia la vida:
¡Eres resurrección, Señor!

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Jueves, 24 de Abril de 2014

JUEVES
DE LA OCTAVA DE PASCUA

Ustedes mataron al autor de la vida,
pero Dios lo resucitó de entre los muertos

Lectura de los Hechos de los Apóstoles
3, 11-26

Como el paralítico que había sido sanado no soltaba a Pedro y a Juan, todo el pueblo, lleno de asombro, corrió hacia ellos, que estaban en el pórtico de Salomón.
Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: «Israelitas, ¿de qué se asombran? ¿Por qué nos miran así, como si fuera por nuestro poder o por nuestra santidad, que hemos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su servidor Jesús, a quien ustedes entregaron, renegando de Él delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerlo en libertad. Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidiendo como una gracia la liberación de un homicida, mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.
Por haber creído en su Nombre, ese mismo Nombre ha devuelto la fuerza al que ustedes ven y conocen. Esta fe que proviene de Él, es la que lo ha sanado completamente, como ustedes pueden comprobar. Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes obraron por ignorancia, lo mismo que sus jefes. Pero así Dios cumplió lo que había anunciado por medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer.
Por lo tanto, hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados. Así el Señor les concederá el tiempo del consuelo y enviará a Jesús, el Mesías destinado para ustedes. El debe permanecer en el cielo hasta el momento de la restauración universal, que Dios anunció antiguamente por medio de sus santos profetas.
Moisés, en efecto, dijo: “El Señor Dios suscitará para ustedes, de entre sus hermanos, un profeta semejante a mí, y ustedes obedecerán a todo lo que él les diga. El que no escuche a ese profeta será excluido del pueblo”. Y todos los profetas que han hablado a partir de Samuel, anunciaron también estos días.
Ustedes son los herederos de los profetas y de la Alianza que Dios hizo con sus antepasados, cuando dijo a Abraham: “En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. Ante todo para ustedes Dios resucitó a su Servidor, y lo envió para bendecirlos y para que cada uno se aparte de sus iniquidades”.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 8, 2a. 5-9

R. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre!
en toda la tierra!

Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides? R.

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies. R.

Todos los rebaños y ganados,
y hasta los animales salvajes;
las aves del cielo, los peces del mar
y cuanto surca los senderos de las aguas. R.

SECUENCIA
Como el Domingo de Pascua, Misa del día.

EVANGELIO

Estaba escrito: el Mesías debía sufrir
y resucitar de entre los muertos al tercer día

a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
24, 35-48

Los discípulos, que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes».
Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».
Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; Él lo tomó y lo comió delante de todos.
Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, Yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos».
Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto».

Palabra del Señor

Reflexión

Hech 3, 11-26. En este anuncio de toda la obra salvífica de Jesús, en que se indica que cada uno es responsable de la entrega y del rechazo del mismo a la muerte, se nos disculpa, conforme al estilo en que san Lucas nos habla de la misericordia divina. Parece haber un eco de aquellas palabras: Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen.
La responsabilidad del profeta, cuyas palabras pueden estar acompañadas de grandes señales, consiste en saber reportar su Misión y sus obras a Aquel que lo llamó y lo envió como testigo. No se anuncia el propio nombre, sino el Nombre de Jesús. No puede uno creerse dueño de las comunidades, sino solo siervo del Evangelio.
Hay muchos títulos que se le aplican al Señor en esta lectura: Siervo, Santo, Justo, Autor de la vida, Mesías, Señor, Profeta, Descendencia de Abraham. Podemos aumentar muchos más; esto no nos salva, pues no basta decir Señor, Señor, para entrar en el Reino de los cielos. Hay que reconocer a Dios como nuestro Padre; arrepentirnos de nuestras faltas y convertirnos a Él. Sólo así, perdonados nuestros pecados, Dios enviará a su Hijo para que nosotros nos unamos a Él como las ramas se unen al tronco, y así seamos adoptados como hijos de Dios; y entonces, sólo entonces, Dios se convertirá para nosotros en una bendición.

Sal 8. Dios, su Nombre es admirable en toda la tierra. Dios, el Todopoderoso, es el Creador de todo lo que contemplan nuestros ojos.
En la tierra la persona humana es el ser más grandioso creado por Dios. El Señor puso todo en sus manos para que ejerciera poder sobre ello. Por eso Dios nos hizo apenas inferiores a un dios.
nuestra misión sobre la tierra es vivir y actuar como representantes, vicarios de Dios en este mundo.
Muchas veces la maldad ha ofuscado, endurecido, desviado, oscurecido esa misión que Dios nos ha confiado; y es entonces cuando no han quedado muy claros el amor, la verdad, la rectitud, la santidad, la justicia, la solidaridad, la paz.
Reconocer que se ha deteriorado la imagen de Dios en nosotros y que la Misión de ser Signos vivos del amor de Dios se ha oscurecido y nos hemos desviado por caminos incorrectos, nos ha de ayudar a tomar la firme determinación de unir nuestra vida a la vida del Resucitado, pues en él se hacen nuevas todas la cosas.
Quienes hemos puesto nuestra fe en Cristo, si somos serios en ella, debemos permitirle al Señor que, desde nuestra frágil vida, sea Él quien en verdad se convierta en Señor de todas la cosas, para que dejen de esclavizarnos; y al mismo tiempo, desde nosotros, se convierta en hermano de todos para que dejemos de odiarnos, de destruirnos y de oprimirnos unos a otros.

Lc. 24, 35-48. Ya los discípulos han recibido el testimonio de Pedro, de los discípulos de Emaús, de María Magdalena y de otras mujeres.
Ahora Jesús se hace presente ante ellos y ellos podrán constatar la presencia del Resucitado de modo personal. Sólo así podrán ellos ser testigos, no de fábulas, sino de su experiencia personal con el Señor.
A Jesús se le conocerá a través de las Escrituras, que han tenido en Él su cumplimiento. No podemos hacer una interpretación de la Palabra de Dios al margen del resucitado; es Él quien abre nuestra inteligencia para que ahí lo reconozcamos como lo que es: el Enviado del Padre, que, amándonos, ha dado su vida por nosotros y nos ha confiado la misión de llevar su amor, su misericordia, su entrega a nuestro hermanos.
Quien proclame un evangelio distinto, o una interpretación distinta del mismo, y que deje de manifestarnos el amor y la misericordia de Dios hacia todos nosotros, no conoce al Señor, que ha salido al encuentro del pecador envuelto y esclavizado por las cosas pasajeras, o por sus maldades y vicios, para rescatarlo, salvarlo y reunir en un sólo pueblo a los hijos de Dios que el pecado había dispersado.
En la Eucaristía nos reunimos convocados por el Señor resucitado. No venimos a contemplar un fantasma que quisiera espantarnos con palabras de ultratumba, infundiendo miedo en nosotros con falsas revelaciones que nos reunieran en torno al Señor más por el miedo que por el amor.
Su Palabra debe transformar nuestros corazones y hacerlos arder en amor por Dios, para que dé su fruto y nos convirtamos no sólo en quienes anuncian la Palabra de Dios, sino en quienes dan testimonio de la misma con sus obras.
El Señor nos alimenta con su Eucaristía no sólo para habitar en nuestro corazón, sino para impulsar nuestra vida y convertirnos en constructores de su Reino aceptando y afrontando con amor todas las consecuencias del haber pronunciado nuestro sí a la voluntad de Aquel que nos llamó, nos instruyó con su Palabra y ejemplo, nos fortaleció con el Pan del Cielo y con la participación de su Espíritu, y nos envió como testigos suyos.
Nuestra misión no termina en la alabanza que tributamos a Dios en la Eucaristía; más bien, de ahí surge, con todo el compromiso de llevar, no nuestras palabras, sino la presencia del Señor que, hecha experiencia personal, ha de llegar hasta los últimos los rincones de la tierra y a todos los tiempos de nuestra historia.
No podemos inventarnos un nuevo evangelio; no podemos hacer relecturas del mismo acomodadas a nuestros criterios de maldad, de violencia, de desorden o de desequilibrios internos.
Cristo es el Señor de la historia que pasa por ella haciendo el bien, salvando por medio del amor, reinando en los corazones y no convirtiéndose en bandera para la violencia, para la destrucción, para la injusticia, para la persecución y la muerte.
Así como Él no se convierte en espanto para quienes lo contemplan, así como Él manifestó las huellas de su amor marcadas en sus manos, en sus pies y en su costado, así hemos de ser motivo de paz y no de guerra ni de angustia para nuestros hermanos. Hemos de ser motivo de entrega de nuestro propio ser para que los demás tengan vida y no motivo de destrucción de la vida de los demás pensando que así habremos barrido con la maldad que anidaba en los malvados.
Si Cristo nos ha mostrado las llagas que le causó el amor que tuvo a los pecadores hasta sus últimas consecuencias, ese ha de ser también el camino que manifiesta su Iglesia para que salve a los culpables, no para que los condene ni destruya.
¿Cuáles son las huellas de nuestro amor?
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser portadores de la paz, de la alegría, y de su amor. Que nos ayude a conducirlos a todos hacia Cristo para que seamos todos hijos en el Hijo. Que nuestra predicación no se base en el miedo, sino en el amor, para que, unidos por el amor fraterno y por un sólo Espíritu, estemos preparados para el día del Señor, no con el temor nacido del pecado, sino con las lámparas que, llenas del amor de Dios, iluminan a los demás por las buenas obras, por la generosidad, por la entrega, por la bondad y misericordia de Dios reflejadas en nuestra vida. Amén.

Homiliacatolica.com

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