¿Es posible la esperanza? – Reflexión para el segundo Domingo de Adviento

¿Es posible la esperanza? – Reflexión para el segundo Domingo de Adviento

 

Los primeros creyentes vieron en Jesús, antes que nada, una buena noticia: «Buena noticia de Jesús el Cristo, el Hijo de Dios».

Una buena noticia trata siempre de un acontecimiento feliz que no es todavía conocido, aunque en el fondo, el hombre lo espera y lo busca.

Pero, ¿qué ha anunciado y ofrecido Jesús, que todavía no es conocido por los hombres aunque éstos lo esperan y buscan? ¿Hay todavía algo que los hombres de hoy siguen anhelando y que puede encontrar una respuesta en Jesucristo?

La mayor originalidad de Jesús consiste en anunciar de manera convencida que con Él comienza ya a realizarse una utopía que es tan vieja como el corazón del hombre: la desaparición del mal, de la injusticia, el dolor y la muerte.

Lo que Jesús llamaba el reino de Dios. Este es el anuncio de Jesús: algo nuevo se ha puesto en marcha en la historia. La humanidad no camina sola, abandonada a sus propios recursos. Hay Alguien empeñado en la felicidad última del hombre.

En el fondo de la vida hay Alguien que es bondad, acogida, liberación, plenitud: Dios, nuestro Padre. Esto lo cambia todo. Comienza una situación nueva en la que se nos invita a comprender y vivir nuestra existencia de una manera nueva: construyendo el reino del Padre, es decir, construyendo una convivencia fraterna, hecha de justicia, verdad y paz.

Esta es la buena noticia y el reto, al mismo tiempo, de Jesús. «Sentimos que algo radical, total, incondicional, nos es pedido; pero nos rebelamos contra ello, intentamos rehuir su apremio, y no queremos aceptar su promesa».

Hay iglesias que parecen anunciar a un Dios, sin reino de justicia, verdad y fraternidad y hay humanismos que pretenden buscar el reino de una humanidad realizada, sin Dios.

No hay acceso a Dios nuestro Padre, sin una búsqueda dolorosa del reino de fraternidad.

Dios no es indiferente y pasivo a la injusticia humana. No hay reino posible sino en Dios Padre, porque, en última instancia, el hombre no puede darse a sí mismo la salvación que anda buscando.