Guión Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Semana Santa

Domingo de ramos

Guión Domingo de Ramos en la Pasión del Señor – Semana Santa

DOMINGO DE RAMOS/CICLO C

QUE NO SE HAGA MI VOLUNTAD, SINO LA TUYA

     Con el Domingo de Ramos se inicia la Semana Santa que culminará en el domingo de resurrección: ¡Jesús vive!, y su vida es el triunfo sobre el pecado y la muerte.

     Cuando entra Jesús en Jerusalén solemnemente, en la gente se pueden apreciar varias actitudes: están sus discípulos y amigos que aunque tienen miedo e inseguridades, le preparan el camino (extienden sus mantos, etc.), le vitorean, le alaban y le reconocen como “el que viene en el nombre del Señor”. Están los indiferentes y curiosos que se preguntan: ¿Quién es éste?, ¿qué pasa?… pero que no se dejan arrastrar, no se inquietan, no se cuestionan. Están los enemigos,  entre ellos las autoridades religiosas, que son abiertamente hostiles a Jesús, que le rechazan y quieren deshacerse de Él.

     Dos mil años después de este acontecimiento en nuestro tiempo se siguen dando las mismas actitudes hacia Jesús. Están los hostiles que pretenden hacer desaparecer a Dios del mundo, de la historia, del corazón y de la mente de los seres humanos. Están los indiferentes que a veces observan con curiosidad lo religioso, pero prefieren ir una semana de vacaciones; prefieren ir a lo suyo, no inquietarse ni dejarse cuestionar. Están los fieles que a pesar de los miedos y las inseguridades, reconocen a Jesús como el Salvador y le siguen con el deseo de ser cada día un poco mejor.

      ¿En qué situación nos encontramos cada uno de nosotros en nuestra relación con Jesús? Por su resurrección, Jesús nos invita a vivir el gozo de la vida nueva de Dios, nos invita a vivir con renovado entusiasmo nuestra condición de cristianos.                             

LECTURAS PARA LA EUCARISTÍA

1ª LECTURA

Lectura del libro de Isaías 50,4-7 
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. 
El Señor me abrió el oído. Y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; 
por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Palabra de Dios.

COMENTARIO A LA 1ª LECTURA

     En este tercer canto vemos como el Siervo de Yahvé está atento a lo que Dios le pide para después transmitirlo con su palabra y su propia vida a aquellos que necesitan ser consolados y fortalecidos.  Él pone toda su confianza en Dios para que le ayude a realizar su misión, la cual no está exenta de persecución y sufrimiento.                            

SALMO 

Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
 
Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: 
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere». R:


Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; 
me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. R:

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. 
Pero tú, Señor, no te quedes lejos; 
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R:

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. 
Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; 
temedlo, linaje de Israel. R:

2ª LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2,6-11 
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. 
Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre. Palabra de Dios.

COMENTARIO A LA 2ª LECTURA

  Cristo se ha hecho uno de nosotros. Su encarnación llega hasta el límite. Obediente a Dios Padre y solidario con la humanidad su abajarse le conduce hasta la muerte, y una muerte de cruz. El Hijo de Dios se vacía de sí mismo, acepta la condición humana y no hace alarde de su categoría divina. El crucificado es exaltado, resucitado por Dios, su Padre.                                     

EVANGELIO

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 22,14_23,56 
Y salió Jesús como de costumbre al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo: 
– Orad, para no caer en la tentación. 
Él se arrancó de ellos, alejándose como a un tiro de piedra, y, arrodillado, oraba diciendo: 
– Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya. 
Y se le apareció un ángel del cielo que lo animaba. En medio de su angustia oraba con más insistencia. Y le bajaba el sudor a goterones, como de sangre, hasta el suelo. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la pena, y les dijo: 
– ¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en la tentación. 
Todavía estaba hablando, cuando aparece gente: y los guiaba el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. 
Jesús le dijo: 
– Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? 
Al darse cuenta los que estaban con él de lo que iba a pasar, dijeron: 
– Señor, ¿herimos con la espada? 
Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha. 
Jesús intervino diciendo: 
– Dejadlo, basta. 
Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él: 
– ¿Habéis salido con espadas y palos a caza de un bandido? A diario estaba en el templo con vosotros, y no me echasteis mano. Pero ésta es vuestra hora: la del poder de las tinieblas. 
Ellos lo prendieron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó entre ellos. 
Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y le dijo: 
– También éste estaba con él. 
Pero él lo negó diciendo: 
– No lo conozco, mujer. 
Poco después lo vio otro y le dijo: 
– Tú también eres uno de ellos. 
Pedro replicó: 
– Hombre, no lo soy. 
Pasada cosa de una hora, otro insistía: 
– Sin duda, también éste estaba con él, porque es galileo. 
Pedro contestó: 
– Hombre, no sé de qué hablas. 
Y estaba todavía hablando cuando cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho; «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. 
Y los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él dándole golpes. 
Y, tapándole la cara, le preguntaban: 
– Haz de profeta: ¿quién te ha pegado? 
Y proferían contra él otros muchos insultos. 
Cuando se hizo de día, se reunió el senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, y, haciéndole comparecer ante su sanedrín, le dijeron: 
– Si tú eres el Mesías, dínoslo. 
Él les contestó: 
– Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder. 
Desde ahora el Hijo del hombre estará sentado a la derecha de Dios todopoderoso. 
Dijeron todos: 
– Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios? 
Él les contestó: 
– Vosotros lo decís, yo lo soy. 
Ellos dijeron: 
– ¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca.] 
El senado del pueblo, o sea, sumos sacerdotes y letrados, se levantaron y llevaron a Jesús a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo: 
– Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey. 
Pilato preguntó a Jesús: 
– ¿Eres tú el rey de los judíos? 
Él le contestó: 
– Tú lo dices. 
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: 
– No encuentro ninguna culpa en este hombre. 
Ellos insistían con más fuerza diciendo: 
– Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí. 
Pilato, al oírlo, preguntó si era galileo; y al enterarse que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió. Herodes estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días. 
Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento; pues hacía bastante tiempo que quería verlo, porque oía hablar de él y esperaba verlo hacer algún milagro. 
Le hizo un interrogatorio bastante largo; pero él no le contestó ni palabra. 
Estaban allí los sumos sacerdotes y los letrados acusándolo con ahínco. 
Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él; y, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes se llevaban muy mal. 
Pilato, convocando a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, les dijo: 
– Me habéis traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; y resulta que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas que le imputáis; ni Herodes tampoco, porque nos lo ha remitido: ya veis que nada digno de muerte se le ha probado. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré. 
Por la fiesta tenía que soltarles a uno. Ellos vociferaron en masa diciendo: 
– ¡Fuera ése! Suéltanos a Barrabás. 
(A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.) 
Pilato volvió a dirigirles la palabra con intención de soltar a Jesús. Pero ellos seguían gritando: 
– ¡Crucifícalo, crucifícalo! 
Él les dijo por tercera vez: 
– Pues, ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte. Así es que le daré un escarmiento y lo soltaré. 
Ellos se le echaban encima pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo el griterío. 
Pilato decidió que se cumpliera su petición: soltó al que le pedían (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su arbitrio. 
Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás de Jesús. 
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se daban golpes y lanzaban lamentos por él. 
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: 
– Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros», y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco? 
Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. 
Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: 
– Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. 
Y se repartieron sus ropas echándolas a suerte. 
El pueblo estaba mirando. 
Las autoridades le hacían muecas diciendo: 
– A otros ha salvado, que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido. 
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: 
– Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo. 
Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos». 
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: 
– ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros. 
Pero el otro le increpaba: 
– ¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada. 
Y decía: 
– Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. 
Jesús le respondió: 
– Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso. 
Era ya eso de mediodía y vinieron las tinieblas sobre toda la región, hasta la media tarde; porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: 
– Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu. 
Y, dicho esto, expiró. 
El centurión, al ver lo que pasaba, daba gloria a Dios diciendo: 
– Realmente, este hombre era justo. 
Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, habiendo visto lo que ocurría, se volvían dándose golpes de pecho. 
Todos sus conocidos se mantenían a distancia, y lo mismo las mujeres que lo habían seguido desde Galilea y que estaban mirando. Palabra de Dios  Final del formularioPrincipio del formulario

COMENTARIO SOBRE EL EVANGELIO

      El evangelista Lucas nos invita a contemplar y adorar la misericordia y la compasión de Jesucristo, y a participar de su paciencia. Cristo aparece como la figura del inocente perseguido. Afronta su propia muerte con serenidad y confianza, como cumplimiento de la voluntad de Dios Padre. Muere en la cruz, como modelo del sufrimiento inocente, venciendo el mal, y llevando a cabo la salvación de la humanidad.   

PARA NUESTRA REFLEXIÓN PERSONAL

CREER ES COMPROMETERSE

     Si ser cristiano es seguir a Jesús, como repiten con insistencia los escritos neotestamentarios, no podemos seguir a otro Jesús que el histórico, comprometido en humanizar la sociedad.

     El Evangelio es todo lo contrario de una propuesta individualista e intimista. Jesús recuerda a sus seguidores: “Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo”; vosotros sois la levadura en la masa.

      Entre las exigencias básicas de la Nueva Alianza, Jesús proclama: “Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia… Dichosos los que trabajan por la paz… Dichosos los perseguidos por su fidelidad, porque suyo es el Reino de Dios”

    El Concilio Vaticano II fue un puro grito profético invitando al compromiso de todos los cristianos. Recitar en numerosos padrenuestros “venga a nosotros tu Reino” y mantenerse pasivo ante el cambio social es una hipocresía y, a veces, un disfraz de la comodidad. Dios quiere que crezca el Reino y nos ha encomendado que seamos sus constructores. El intimismo y el espiritualismo evasivo que lleva al supuesto cristiano a una vida espiritual privada es una traición a los hermanos que sufren y una negación frontal de nuestra misión de “alma del mundo”.  El seguidor de Jesús puede enfrentarse a la vida, a la realidad social, a nuestro entorno de tres maneras: Salir corriendo, ser espectador o involucrarse. El discípulo de Jesús que lo sigue voluntariamente debe involucrarse. Ésta es la actitud propiamente cristiana. Como se ha repetido insistentemente, creer es comprometerse siguiendo al profeta Jesús de Nazaret que “se mojó” hasta dar la última gota de su sangre.