25 de Agosto – Evangelio tiempo ordinario

25 de Agosto – Evangelio tiempo ordinario

Evangelio del día 24 de Agosto | Martes de la vigésimo primera semana del tiempo ordinario.

Disfruta cada día de la Palabra de Dios y compártela para que llegue a los corazones de tantos cristianos que necesitan este alimento diario.

EVANGELIO del 25 de AGOSTO según San MATEO 23, 23-26 | PADRE GUILLERMO SERRA

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe.

Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.

¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.

¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio.


Evangelio del día 24 de agosto | † |  Evangelio del día 26 de agosto

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ORACIÓN del Ángelus por el Papa Francisco


Reflexión

Ez. 43, 1-7. El Señor jamás se olvida de los suyos. Él conoce nuestra fragilidad; Él sabe que estamos inclinados al mal desde nuestra más tierna adolescencia. Él es Dios Misericordioso y siempre fiel a su Alianza de amor con nosotros. El amor de Dios por nosotros se manifestó en que siendo aún pecadores, envió a su propio Hijo, para liberarnos del pecado y hacernos hijos suyos.

En Cristo se acercó para siempre la Gloria de Dios al hombre, a todo hombre que peregrina por este mundo. Él vive en nosotros como en un templo. Ojalá y hagamos nuestro el amor de Dios y permitamos que lleve a plenitud en nosotros su obra salvadora, para que queden atrás nuestras ruinas de maldad y de pecado y nos manifestemos como criaturas nuevas en Cristo Jesús, Señor y Salvador nuestro.

Sal. 85 (84). Dios, Dios-con-nosotros, es nuestra paz, nuestro gozo y nuestra vida eterna. Su Gloria no sólo habita en la tierra, en templos construidos por manos humanas; Él habita en nuestros corazones como en un templo. Nosotros somos frágiles y muchas veces volvemos a morder el suelo de nuestra maldad y concupiscencia.

Sólo amados, comprendidos, perdonados y fortalecidos por el Señor no sólo pronunciaremos con los labios, sino que viviremos como una realidad lo que el Señor nos enseñó: Venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo.

Entonces el polvo de nuestro ser, por la fecundidad del Espíritu santo que habita en nosotros, producirá abundantes frutos de salvación, de justicia, de paz, de alegría y de bondad para que nuestro mundo los disfrute y pueda participar del amor, de la vida, del perdón y de la gracia que nuestro Dios misericordioso ofrece a todos para que lleguen a ser hijos de Dios.

Mt. 23, 1-12. El Espíritu del Señor, por medio del autor de los Hechos de los Apóstoles nos da esta sabia enseñanza: Ya traté en mi primer libro, querido Teófilo, de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio hasta el día en que subió al cielo.

Efectivamente el Señor no se quedó en simples palabras, pronunciadas con mucha sabiduría humana o divina. Él no sólo contempló al alfarero realizar su obra; Él mismo tomó el barro en sus manos para llevar a buen término su obra de salvación en nosotros: Que lleguemos a ser conforme a la imagen del Hijo de Dios. Y Él confió esta misma misión a su Iglesia.

No podemos quedarnos en simples discursos, elaborados magistralmente, tal vez, incluso, a los pies de Jesús. Es necesario comenzar a moldear al hombre nuevo aun a costa de la entrega de nuestra propia vida, pues el que realmente ama no es el que sólo anuncia el Evangelio con los labios, sino el que da la vida en recate por los pecadores, a quienes jamás ha dejado de amar como suyos.

Nuestro Dios y Padre nos ha convocado para encontrarnos con Él no tanto en un templo de piedra, sino en Cristo Jesús, Señor Nuestro. En Él se nos ha manifestado la Gloria y el amor de Dios, de tal forma que las antiguas promesas llegaron a su fiel cumplimiento en Aquel que siendo Dios se hizo uno de nosotros para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte.

El Señor nos quiere unidos a Él con un corazón indiviso, en una Alianza de amor nueva y eterna. Pero sabiendo de nuestra fragilidad Él mismo se convierte en nuestra purificación y salvación. El Señor se acerca a nosotros, abramos nuestro corazón para que, habitando en nosotros, nos convierta en su signo de amor en el mundo.

Iglesia convertida en un auténtico servicio de amor a favor de todas las personas, sin distinción de razas, sexos, culturas, ni condiciones sociales. Iglesia cercana a los pecadores, a los pobres, a los desprotegidos, a los marginados para anunciarles el Evangelio y librarlos de sus opresiones.

No podemos decir que somos la Iglesia de Cristo cuando, aprovechándonos del Evangelio para nuestros sucios intereses, buscamos nuestro propio prestigio y casi exigimos que los demás nos adoren y vean en nosotros más que siervos del Evangelio, unos simples dignatarios fríos y lejanos del Pueblo, que necesita no vanos discursos, sino de quienes les hagan cercano el amor misericordioso de Dios, capaces de cargarse sobre sí mismos las miserias de la humanidad para remediarlas aún a costa de la propia vida.

¿Cuál es la lealtad de nuestra fe? ¿Seguiremos las huellas de Cristo, o sólo buscaremos nuestra gloria, perecedera e hipócrita?

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de anunciar su Evangelio haciéndolo cercano a los demás con una vida de amor esforzado para que en todos se haga realidad la presencia salvadora de nuestro Dios y Padre. Amén.

Homiliacatolica.com

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