31 de Agosto – Diga el débil, fuerte soy – Evangelio tiempo ordinario

31 de Agosto – Diga el débil, fuerte soy – Evangelio tiempo ordinario| Festividad de San Ramón Nonato

Disfruta cada día de la Palabra de Dios y compártela para que llegue a los corazones de tantos cristianos que necesitan este alimento diario.

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 4, 16-30

Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer.

Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,

Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor.

Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.

Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?

El les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra.

Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.

Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio.

Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle.

Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.


Evangelio del día 30 de agosto | † |  Evangelio del día 1 de septiembre

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ORACIÓN del Ángelus por el Papa Francisco


Diga el débil, fuerte soy

Idealízate como una persona saludable, optimista,
inteligente, próspera, querida… y así serás.

Los científicos han descubierto que la mente
del ser humano no puede diferenciar los hechos
reales de los visualizados con realismo.
Por ejemplo, si tú te idealizas como una persona
alegre, justamente eso pensará tu mente que eres
y así actuará.

Si al levantarte por la mañana dices:
“No estoy bien, lo más seguro es que no vas a sentirte bien”,
lo has pensado, lo has mentalizado y tu organismo obedece.

Al iniciar el día, lejos de pensar que no te sientes bien,
cambia tu actitud. Haz unos dos o tres ejercicios,
mueve tus músculos, estira los brazos, desperézate y di:

¡Qué bien me siento! ¡Qué bello es estar vivo!
¡Este será el mejor día de mi vida!
Gracias, Señor, por este día que me das,
lo voy a administrar de la mejor manera.
Que todo sea para la mayor Gloria y honra
de tu Nombre, Amén.

Estés como estés, vete en el espejo, sonríe, y di:
“soy joven, soy bueno, soy bello, soy saludable,
soy feliz, soy fuerte, soy alegre, soy optimista…”.

Por eso enfatiza la Biblia: “Diga el débil, fuerte soy”.

Mt. 25, 1-13.

Dios nos manifestó su amor cuando, sacándonos de las tinieblas del error y del pecado, nos elevó a la dignidad de hijos suyos.

Esa es la Luz Divina que debe arder constantemente en nosotros, como una luz que brilla en medio de las tinieblas de este mundo; pero como una luz que se convierta en signo de nuestra esperanza: el retorno del Señor para que estemos con Él eternamente.

Sabiendo el mismo Dios que somos demasiado frágiles, Él ha infundido en nuestras vasijas de barro el Don de su Espíritu Santo para que alimente esa luz que Él encendió en nosotros, de tal forma que a pesar de las grandes inclemencias, tempestades y tentaciones esa luz no se apague en nosotros.

Como nos indica la Escritura en otro lugar, muchas veces nosotros hemos entristecido al Espíritu Santo y no lo hemos dejado actuar en nosotros, pues nuestro corazón se ha inclinado desordenadamente hacia lo pasajero.

Tal vez al final queramos remediarlo todo, pero puede ser demasiado tarde. Para entonces no bastará llamar Señor, Señor, a Jesucristo.

Lo único que contará será el que realmente haya sido Señor nuestro, y hayamos iluminado el camino de los demás amándolos, sirviéndolos, perdonándolos, socorriéndolos y consolándolos con el amor del Señor manifestado desde nuestra propia vida convertida en luz para el mundo, en luz de Cristo que ha de brillar desde el rostro descubierto de su Iglesia.

El Esposo de la Iglesia ya está entre nosotros. Él nos ha convocado al banquete de su amor. Ojalá y vengamos con las lámparas encendidas por el amor, que nos hagan llegar ante el Señor con las manos llenas de buenas obras.

No vengamos sólo a llamar Señor, Señor, a nuestro Dios mientras nuestro corazón permanezca lejos de Él a causa del pecado, o de esclavitudes a lo pasajero que no quisiéramos dejar.

No podemos descargar nuestra responsabilidad personal en lo que otros realizan en la Iglesia. No podemos pedir prestada la fe y las buenas obras de los demás para presentarlas ante el Señor como nuestras.

Somos nosotros, lo que hayamos hecho, nuestra respuesta personal a la fe que profesamos y al amor que decimos tener, lo que finalmente servirá como carta de presentación ante el Señor para que Él nos reconozca como suyos.

El Señor nos dice que donde está nuestro tesoro ahí está nuestro corazón.

Nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto. Si realmente somos de Cristo debemos no sólo hablar de Cristo crucificado a nuestros hermanos. Nosotros mismos hemos de convertirnos en una entrega de amor a favor de ellos.

Esto, en medio de un mundo que busca gozar de todo lo pasajero, eludiendo cualquier manifestación de dolor, podría ser una locura para quienes contemplen nuestra entrega a favor de los demás. Sin embargo la Iglesia no puede seguir otro camino que el de su Señor y Maestro, Cristo Jesús.

Ojalá y cuando nos acerquemos a quienes vivan en medio de la oscuridad del pecado, o azotados por las injusticias y marginaciones, por las pobrezas o enfermedades, seamos para ellos ocasión de alegría, y puedan recibirnos como al signo de Cristo que se acerca a ellos para remediar sus males y levantar sus esperanzas.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con toda lealtad la fe que hemos depositado en Él. Amén.

Homiliacatolica.com

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