Carta los que invocan a María, la humilde Nazarena como emperatriz de los cielos y la tierra

CARTA ABIERTA A LOS QUE INVOCAN A MARÍA, LA HUMILDE NAZARENA, ESCLAVA DEL SEÑOR, COMO EMPERATRIZ DE LOS CIELOS Y LA TIERRA EN VEZ DE DIRIGIRSE A ELLA COMO LA MADRE DE DIOS Y MADRE NUESTRA

La palabra “advocación” provine del verbo latino advocare que significa llamar o invocar. De acuerdo con la doctrina de la Iglesia católica, las advocaciones que se dirigen a la Virgen María son única y exclusivamente modos de llamarla bajo un título. Son diferentes en cada país, región o pueblo. Hay advocaciones que hacen referencia a acciones misteriosas que hizo Dios en ella: la Encarnación, la Purísima Concepción o al cumplimiento de los preceptos que como buena judía realizó, por ejemplo, la Purificación de Ntra. Sra. Hay advocaciones que se refieren a María por sus padecimientos: Virgen de las Angustias, de la Amargura, de la Soledad o por los favores que podemos obtener de Dios por su mediación: Virgen de la Misericordia, de la Caridad, de la Piedad, de los Remedios, de la Merced, de Gracia o de la Esperanza.

Hay advocaciones que se dedican a María porque sabemos que intercede ante Dios en nuestras necesidades y por eso la invocamos como María Auxiliadora, del Perpetuo Socorro, de los Desamparados, de la Consolación, de la Salud. Hay cientos de advocaciones de la Virgen por el lugar donde se venera, se le rinde culto o, según alguna tradición, se apareció: Virgen de Covadonga, de la Peña, de Guadalupe, del Rocío, del Camino, de Tíscar, Monserrat, del Pilar, del Pino, de la Encina y un largo etcétera.

Por las veces que aparece María en los Evangelios podemos saber cómo era y sobre todo conocemos el papel que le asignó Dios en el misterio de la salvación del género humano. María, la humilde nazarena, se presenta como la esclava del Señor, dispuesta a hacer siempre su voluntad: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). El evangelista Lucas, apoyándose en tradiciones de Palestina, presenta a María como una piadosa mujer judía fielmente sumisa a la Ley: “Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor” (Lc 2, 22).

En el momento en que Jesús da su vida por nuestra salvación, muriendo en la cruz, quiere dejarnos a María como madre de todos los creyentes: “viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba dice a su madre: mujer ahí tienes a tu hijo. Luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre”(Jn 19, 26-27). Es a esta mujer de Nazaret, modelo de fe para nosotros sus hijos e intercesora entre su hijo Jesucristo y los hombres, a la que los fieles cristianos elevamos nuestras peticiones y le hacemos pequeñas ofrendas en los momentos de penurias y calamidades poniendo de manifiesto de esta manera el amor que le tenemos.   

El Concilio Vaticano II, con la intención de esclarecer el lugar o función que María desempeña en la Iglesia, en el capítulo VIII de la Constitución Lumen Gentium pone de relieve su papel incomparable en la historia de la salvación, siempre en relación a Cristo y a la Iglesia. Es presentada como la esclava del Señor y como una “señal de firme esperanza y consuelo para el pueblo de Dios que peregrina por la tierra en marcha hacia Dios”.

También nos descubre a María como la “la mujer de Nazaret” sencilla y humilde que aceptó la voluntad de Dios y que fue la primera discípula de su hijo Cristo Jesús al mostrarnos que es posible vivir el Evangelio en plenitud.

María, la Madre de Dios, en todo tiempo y lugar ha sido honrada con especial culto por la Iglesia y a su amparo los creyentes, como amantes hijos, han acudido con sus súplicas en momentos de peligros y necesidades. Este culto, tal como ha existido siempre en la Iglesia,  difiere esencialmente del culto de adoración que sólo se debe a Dios por ser el Señor de todo lo creado.

El culto que se le ha dado y se le debe dar a la Virgen María y que la  Iglesia ha aprobado dentro de los límites de la doctrina sana y ortodoxa es de veneración, cuyo fin no es Ella misma sino que María es el camino que nos lleva a Dios. Santo Tomás de Aquino en su “Summa Theologiae” señala que “el culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. El movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que es imagen”.

La verdadera devoción y veneración que debemos a Nuestra Madre no debe quedarse sólo en revestir su imagen con mantos preciosísimos de ricos brocados confeccionados con hilos de oro, coronarlas de oro o hacerle regalos, no, más bien tiene que proceder de una fe verdadera, que nos lleve a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos excite a un amor filial hacia Ella y a la imitación de sus virtudes.

El título dado a la Virgen María de “Reina de los Cielos y Tierra” fue una consecuencia, aunque en disputa, del Concilio de Éfeso del siglo V, donde fue proclamada “Theotokos”, es decir, “Madre de Dios”. A partir de entonces fue muy común su representación pictórica como Reina. Ciudades en Italia y en otros lugares la proclamaron “Reina de los cielos”.​

El papa Benedicto XVI señaló que su aceptación humilde e incondicional de la voluntad de Dios es la razón última por la cual es Reina de los Cielos: “Dios la exaltó por sobre todas las criaturas, y, Cristo la coronó Reina del cielo y la tierra”, no entendiendo su reinado como de dominio sobre nadie, sino como lo entendía Jesús de servicio a sus hijos los fieles creyentes.

Hasta aquí todo está dentro de la tradición de la Iglesia o de lo que ha surgido de la devoción popular hacia María, pero ¿de dónde viene o qué intención se tiene cuando se le adjudica a la imagen de Ntra. Sra del Rosario la advocación de “Emperatriz de los cielos y la tierra? ¿No es suficiente con Reina de cielos y tierra? La emperatriz es la mujer de un emperador y un emperador es el soberano de un imperio.

¿Es María la soberana de los cielos y de la Tierra o más bien el soberano único será Dios?

¿No será más bien que el querer llamar a la Virgen como emperatriz de los cielos y Tierra sea por ponerle un título que supere al que tienen otras imágenes de otras hermandades?

¿No será cuestión de querer que la imagen de mi Hermandad sea de más categoría y con título de más renombre que las demás?

Creo que los que amamos a María y la veneramos en su justa medida preferimos dirigirnos a Ella e invocarla como nuestra Madre y no como “emperatriz de los cielos y Tierra”.

José Rivera Tubilla

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