Evangelio del día 4 de julio

Evangelio del día 4 de julio

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22 / Mateo 9, 18-26
Salmo Responsorial Sal 144, 2-9
R/. “¡El Señor es bondadoso y compasivo!”

Santoral:
Nuestra Señora del Refugio, Santa Isabel de Portugal,
Santa Berta, San Valentín de Berrio-Ochoa,
Beato Pedro-Jorge (Pier Giorgio) Frassati,
Beata Catalina Jarrige y Beato
Cesidio Giacomantonio

Yo te desposaré para siempre

Lectura de la profecía de Oseas
2, 16. 17b-18. 21-22

Así habla el Señor:
Yo la seduciré,
la llevaré al desierto
y le hablaré a su corazón.
Allí, ella responderá
como en los días de su juventud,
como el día en que subía del país de Egipto.

Aquel día -oráculo del Señor-
tú me llamarás: “Mi Esposo”
y ya no me llamarás: “Mi Baal”.

Yo te desposaré para siempre,
te desposaré en la justicia y el derecho,
en el amor y la misericordia;
te desposaré en la fidelidad,
y tú conocerás al Señor.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 144, 2-9

R. ¡El Señor es bondadoso y compasivo!

Señor, día tras día te bendeciré,
y alabaré tu Nombre sin cesar.
¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza:
su grandeza es insondable! R.

Cada generación celebra tus acciones
y le anuncia a las otras tus portentos:
ellas hablan del esplendor de tu gloria,
y yo también cantaré tus maravillas. R.

Ellas publican tus tremendos prodigios
y narran tus grandes proezas;
divulgan el recuerdo de tu inmensa bondad
y cantan alegres por tu victoria. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos
y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

EVANGELIO

Mi hija acaba de morirr; pero ven y vivirá

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
9, 18-26

Se presentó a Jesús un alto jefe y, postrándose ante Él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá». Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré sana». Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado». Y desde ese instante la mujer quedó sana.
Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme». Y se reían de Él. Cuando hicieron salir a la gente, Él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Palabra del Señor.

Reflexión

Os. 2, 16. 17-18. 21-22. Volver a empezar. El Esposo no se cansa de perdonar a la esposa infiel, pues a pesar de todas las infidelidades de ésta, Él la sigue amando y buscando para hablarle al corazón y hacerla volver al amor indiviso con su único marido. El destierro es contemplado por el profeta Oseas como un ir al desierto, para que ahí hable el Señor con su Pueblo y éste le vuelva a responder con gran amor, como en los días de su juventud, cuando, libre de la esclavitud en Egipto, caminaba, confiado totalmente en la providencia y en el amor de su Dios, hacia la tierra prometida. ¡Cuántas veces necesitamos esa intimidad con Dios! Es necesario rectificar continuamente nuestros caminos; es necesaria una continua conversión a Dios. No podemos planear el camino de nuestra perfección al margen del Señor de la Iglesia. Sepamos buscar esos momentos de unión con Dios en el silencio sonoro de la oración. Ahí no sólo entraremos en una relación de hijos con nuestro Dios y Padre, sino que comprenderemos la voluntad de Dios sobre nosotros y recibiremos fuerza para poder cumplirla y caminar, por la vida, como sus hijos fieles, que se encaminan con gran amor al encuentro definitivo de su Dios y Padre en las moradas eternas.

Sal. 145 (144). Sólo quien vive en intimidad con Dios; sólo quien le ama sinceramente y se deja amar por Él, convirtiéndose ambos en amigos inseparables, podrá no sólo alabar al Señor, sino convertir toda su vida en una continua alabanza a su Santo Nombre. Por Él lo hará todo; por Él lo dará todo; por Él trabajará para que todos lleguen a conocerlo y a amarlo. No tengamos miedo al Señor; hagamos la prueba y experimentaremos qué bueno es el Señor. Ciertamente a Él no se le oculta ni lo más profundo e íntimo de nuestra vida. Y sin embargo nos sigue amando. Puesto que nos quiere con Él eternamente, ha entregado a su propio Hijo para el perdón de nuestros pecados, para que, creyendo en Él, en Él lleguemos a ser santos como Él es Santo. ¿Habrá un amor más grande hacia nosotros? No perdamos jamás de vista aquello con lo que Dios se define a sí mismo en este Salmo: El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar. Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus creaturas. A Él sea dado todo honor y toda gloria, y toda alabanza en el cielo y en la tierra eternamente.

Mt. 9, 18-26. Dejar de ser un impuro; dejar el lecho de la muerte. Estos son los dones que la humanidad ha recibido en Cristo Jesús, enviado y testigo fiel del Padre Dios. De nada nos serviría la curación de nuestras diversas enfermedades, ni la prolongación de la vida si no se operara en nuestro interior el milagro de saber amar en la misma medida con que nosotros hemos sido amados por Dios. El tiempo que Dios nos concede sobre la tierra no es para que nos destruyamos, ni destruyamos la vida, la esperanza, el amor y las ilusiones de los demás. El Señor nos quiere portadores de su Vida y de su Gracia para todas las gentes de todos los tiempos y lugares. Mientras sólo les solucionemos su problemática material y temporal, tal vez los tengamos felices porque han encontrado a quien se preocupe de ellos para que lleven una vida temporal digna. Sin embargo la acción pastoral de la Iglesia a favor del Evangelio no puede quedarse sólo en lo pasajero. Debemos llegar al corazón de la persona humana para invitarla a la conversión e iniciar un nuevo camino tanto en el amor a Dios, siendo fieles a sus mandatos y enseñanzas, como en el amor fraterno, siendo fieles en el servicio de caridad, de justicia y de la gracia que nos haga ser hijos de Dios, guiados no por nuestros caprichos e inclinaciones egoístas, sino por el Espíritu de Dios que, revistiéndonos de Cristo, hace realidad en nosotros lo que el Padre Dios quiere: que seamos su hijos amados, en quienes Él se complazca.
El Señor nos ha convocado para darnos vida nueva. No podemos negar que muchas veces se ha adueñado de nosotros la enfermedad del pecado; más aún, a veces el mal ha causado grandes destrozos en nuestro interior y en nuestras relaciones fraternas. Pero gracias a la Victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte, quienes vivimos en comunión de vida con Él recibimos su perdón y su paz. Pero no sólo nosotros nos reconciliamos con Dios en la Eucaristía; en ella también nos reconciliamos con nuestro prójimo, pues no podemos comer de un mismo Pan para después vivir separados por el odio, por la violencia, por la persecución, por la muerte generada por quienes aparentan creer en Cristo, pero que en realidad les mueven intereses de injusticia, de egoísmo y de maldad. No celebramos la Eucaristía a título personal; Cristo y toda la Iglesia se reúne para ofrecer al Padre el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Quienes participamos de una misma fe y de un mismo Espíritu hemos de vivir unidos en torno a Aquel que es la Cabeza de su Cuerpo, que es la Iglesia.
La Iglesia de Cristo está llamada a ser un signo de reconciliación y de paz para toda la humanidad. Si Dios nos ha reconciliado y nos ha dado la paz por medio de la Sangre de su Hijo, el camino de la Iglesia no puede tomar por un rumbo diferente. El llamado a la salvación se inicia con un llamado a la conversión. Quien acepte el mensaje de salvación debe manifestar que han quedado atrás sus caminos equivocados. No podemos ir a nuestro prójimo con el afán de proclamarle el Nombre de Dios y después dedicarnos a mordernos y a destruirnos entre nosotros mismos. Si el Señor no vino a condenarnos sino a salvarnos debemos hacer nuestra su Misión, su entrega, su amor y su misericordia para hacer llegar estos dones a toda la humanidad. Trabajemos para que el milagro de amarnos como hermanos, de preocuparnos del bien unos de otros, de dejar a un lado las persecuciones y la guerra, de iniciar un camino hacia la paz y la reconciliación de la humanidad entera, se realice entre nosotros, de tal forma que no sólo esperemos ansiosos el Reino de Dios, sino que ya dé inicio, desde hoy, entre nosotros.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de renovar, en el amor y la fidelidad, nuestra Alianza con Dios. Que vueltos a casa y alimentados con sus dones, manifestemos con nuestras buenas obras que realmente tenemos Vida nueva, y que nos esforzamos para que esa Vida llegue a la humanidad entera.

Homiliacatolica.com

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar