Evangelio del día 6 de septiembre – Ciclo C [Vídeo]

Evangelio del día 6 de Septiembre con el Padre Guillermo Serra | XXIII Domingo del Tiempo ordinario – Ciclo A

Disfruta cada día de la Palabra de Dios y compártela para que llegue a los corazones de tantos cristianos que necesitan este alimento diario.

EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 18, 15-20

Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.

Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.

Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.

De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.

Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.

Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.


Evangelio del día 6 de septiembre – Ciclo C

1 Corintios 6, 1-11 / Lucas 6, 12-19

 

Salmo responsorial Sal 149, 1-6a. 9b

R/. “¡El Señor ama a su pueblo!”

 

Santoral:

Santa Eva de Dreux, San Magno,

San Beltrán, San Eleuterio,

Beato Contardo Ferrini

 

¿La vejez existe?

 

Algunos de nosotros envejecemos,

de hecho, porque no maduramos.

 

Envejecemos cuando nos cerramos

a las nuevas ideas y nos volvemos radicales.

Envejecemos cuando lo nuevo nos asusta.

 

Envejecemos también cuando pensamos

demasiado en nosotros mismos

y nos olvidamos de los demás.

Envejecemos si dejamos de luchar.

 

Todos estamos matriculados en la escuela

de la vida, donde el Maestro es el Tiempo.

 

La vida solo puede ser comprendida mirando

hacia atrás. Pero solo puede ser vivida

mirando hacia adelante.

 

En la juventud aprendemos;

con la edad comprendemos…

 

Los hombres son como los vinos:

la edad estropea los malos,

pero mejora los buenos.

 

Envejecer no es preocupante:

ser visto como un viejo si que lo es.

 

Envejecer con sabiduría no es envejecer

En los ojos del joven arde la llama,

en los del viejo brilla la luz.

 

Siendo así, no existe edad, somos nosotros

que la creamos. Si no crees en la edad,

no envejecerás hasta el día de tu muerte.

¡Personalmente, yo no tengo edad: tengo vida!

 

No dejes que la tristeza del pasado y el miedo

del futuro te estropeen la alegría del presente.

La vida no es corta; son las personas

las que permanecen muertas demasiado tiempo

Haz del pasaje del tiempo una conquista y no una pérdida.

 

 

 

Liturgia – Lecturas del día

 

 

Martes,

6 de septiembre de 2016

1 Corintios 6, 1-11 / Lucas 6, 12-19

 

Salmo responsorial Sal 149, 1-6a. 9b

R/. “¡El Señor ama a su pueblo!”

 

Santoral:

Santa Eva de Dreux, San Magno,

San Beltrán, San Eleuterio,

Beato Contardo Ferrini

 

¿La vejez existe?

 

Algunos de nosotros envejecemos,

de hecho, porque no maduramos.

 

Envejecemos cuando nos cerramos

a las nuevas ideas y nos volvemos radicales.

Envejecemos cuando lo nuevo nos asusta.

 

Envejecemos también cuando pensamos

demasiado en nosotros mismos

y nos olvidamos de los demás.

Envejecemos si dejamos de luchar.

 

Todos estamos matriculados en la escuela

de la vida, donde el Maestro es el Tiempo.

 

La vida solo puede ser comprendida mirando

hacia atrás. Pero solo puede ser vivida

mirando hacia adelante.

 

En la juventud aprendemos;

con la edad comprendemos…

 

Los hombres son como los vinos:

la edad estropea los malos,

pero mejora los buenos.

 

Envejecer no es preocupante:

ser visto como un viejo si que lo es.

 

Envejecer con sabiduría no es envejecer

En los ojos del joven arde la llama,

en los del viejo brilla la luz.

 

Siendo así, no existe edad, somos nosotros

que la creamos. Si no crees en la edad,

no envejecerás hasta el día de tu muerte.

¡Personalmente, yo no tengo edad: tengo vida!

 

No dejes que la tristeza del pasado y el miedo

del futuro te estropeen la alegría del presente.

La vida no es corta; son las personas

las que permanecen muertas demasiado tiempo

Haz del pasaje del tiempo una conquista y no una pérdida.

 

 

 

Liturgia – Lecturas del día

 

 

Martes,

6 de septiembre de 2016

1 Corintios 6, 1-11 / Lucas 6, 12-19

 

Salmo responsorial Sal 149, 1-6a. 9b

R/. “¡El Señor ama a su pueblo!”

 

Santoral:

Santa Eva de Dreux, San Magno,

San Beltrán, San Eleuterio,

Beato Contardo Ferrini

 

¿La vejez existe?

 

Algunos de nosotros envejecemos,

de hecho, porque no maduramos.

 

Envejecemos cuando nos cerramos

a las nuevas ideas y nos volvemos radicales.

Envejecemos cuando lo nuevo nos asusta.

 

Envejecemos también cuando pensamos

demasiado en nosotros mismos

y nos olvidamos de los demás.

Envejecemos si dejamos de luchar.

 

Todos estamos matriculados en la escuela

de la vida, donde el Maestro es el Tiempo.

 

La vida solo puede ser comprendida mirando

hacia atrás. Pero solo puede ser vivida

mirando hacia adelante.

 

En la juventud aprendemos;

con la edad comprendemos…

 

Los hombres son como los vinos:

la edad estropea los malos,

pero mejora los buenos.

 

Envejecer no es preocupante:

ser visto como un viejo si que lo es.

 

Envejecer con sabiduría no es envejecer

En los ojos del joven arde la llama,

en los del viejo brilla la luz.

 

Siendo así, no existe edad, somos nosotros

que la creamos. Si no crees en la edad,

no envejecerás hasta el día de tu muerte.

¡Personalmente, yo no tengo edad: tengo vida!

 

No dejes que la tristeza del pasado y el miedo

del futuro te estropeen la alegría del presente.

La vida no es corta; son las personas

las que permanecen muertas demasiado tiempo

Haz del pasaje del tiempo una conquista y no una pérdida.

 

 

 

Liturgia – Lecturas del día

 

 

Martes,

6 de septiembre de 2016

Un hermano pleitea con otro,

y esto, delante de los que no creen!

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto

6, 1-11

Hermanos:

¿Cómo es posible que cuando uno de ustedes tiene algún conflicto con otro, se atreve a reclamar justicia a los injustos, en lugar de someterse al juicio de los santos? ¿No saben ustedes que los santos juzgarán al mundo? Y si el mundo va ser juzgado por ustedes, ¿cómo no van a ser capaces de juzgar asuntos de mínima importancia? ¿Ignoran que vamos a juzgar a los mismos ángeles? Con mayor razón entonces, los asuntos de esta vida.

¡Y pensar que cuando ustedes tienen litigios, buscan como jueces a los que no son nadie para la Iglesia! Lo digo para avergonzarlos: ¡por lo visto, no hay entre ustedes ni siquiera un hombre sensato, que sea capaz de servir de árbitro entre sus hermanos! ¡Un hermano pleitea con otro, y esto, delante de los que no creen! Ya está mal que haya litigios entre ustedes: ¿Por qué no prefieren sufrir la injusticia? ¿Por qué no prefieren ser despojados? Pero no, ustedes mismos son los que cometen injusticias y defraudan a los demás, ¡y esto entre hermanos!

¿Ignoran que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se hagan ilusiones: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el Reino de Dios. Algunos de ustedes fueron así, pero ahora han sido purificados, santificados y justificados en el Nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL

149, 1-6a. 9b

R.

¡El Señor ama a su pueblo!

Canten al Señor un canto nuevo,

resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;

que Israel se alegre por su Creador

y los hijos de Sión se regocijen por su Rey. R.

Celebren su Nombre con danzas,

cántenle con el tambor y la cítara,

porque el Señor tiene predilección por su pueblo

y corona con el triunfo a los humildes. R.

Que los fieles se alegren por su gloria

y canten jubilosos en sus fiestas.

Glorifiquen a Dios con sus gargantas:

éste es un honor para todos sus fieles. R.

EVANGELIO

Pasó toda la noche en oración.

Eligió a los que dio el nombre de apóstoles

a

   Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

6, 12-19

Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse sanar de sus enfermedades. Los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban sanos; y toda la gente quería tocarlo, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.

Palabra del Señor.

Reflexión

1Cor. 6, 1-11. Hemos de aprender a vivir siempre como hermanos que se amen en Cristo Jesús. No podemos ser causa de división para los demás. No podemos dedicarnos a hacer el mal a nuestro prójimo. Cuando la fe se ha diluido en nosotros; cuando sólo hemos reducido nuestra fe a algunas prácticas cultuales es difícil evitar contiendas, despojos injustos, pues no nos interesa vivir nuestra fe y hacer el bien a los demás, sino sólo realizar algunos actos piadosos para “tranquilizar” nuestra conciencia y continuar siendo unos malvados. Si en algún momento nos hemos levantado en contra de alguien, o hemos sido víctimas de las injusticias de los demás, hemos de tratar, por todos los medios, de resolver esos problemas entre nosotros mismos desde el amor fraterno que nos ponga en diálogo amoroso, comprensivo y misericordioso. ¿Quién de nosotros podría presumir de ser una persona recta desde el principio? Sabemos que ha habido mucha carga de maldad en nosotros. Sin embargo Dios, por medio de su Hijo, ha sido misericordioso para con nosotros manifestándonos, así, su amor. Si así nos ha amado Dios, así nos hemos de amar entre nosotros, de tal forma que a nadie condenemos a causa de su maldad, sino que trabajemos para que todos, a pesar de sus grandes miserias, lleguen a la posesión de los bienes eternos, de los que Dios quiere hacernos partícipes a todos.

Sal. 149. Dios nos ama. Siempre nos ha amado. Él nos llamó con santa llamada para que, unidos a su Hijo, participemos de su Victoria sobre el pecado y la muerte. Por eso alegrémonos porque el Señor no sólo es nuestro Creador y Rey, sino porque nos ha hecho hijos suyos. Nuestra alabanza la elevamos en la Reunión litúrgica, como Pueblo Santo suyo. Pero no limitamos a ese momento nuestra unión a Él, pues nos sabemos hijos suyos siempre. Por eso toda nuestra vida se convierte en una continua alabanza a su Santo Nombre, haciendo que la alegría con que nos regocijamos con el Señor llegue también a nuestros hogares y a los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida. Vivamos cada momento de nuestra historia personal con la conciencia de que somos hijos de Dios, de tal forma que, por nuestras buenas obras, todos puedan glorificar el Santo Nombre de Dios.

Lc. 6, 12-19. Toda la vida de Jesús es una relación continua con su Padre Dios. Es una relación llena de amor que le lleva, incluso, a desvelarse toda la noche para estar con Él. El momento supremo de su estar con su Padre Dios será cuando vuelva a Él lleno de gloria, después de haber cumplido con amor fiel la Misión que el mismo Padre Dios le confió. Aquellos que Él había escogido serán entonces sus enviados como Apóstoles. No irán a cumplir con un simple oficio, sino con la Misión de continuar la obra de salvación del Hijo de Dios en el mundo. Entonces la Iglesia, a cuya cabeza estarán los Apóstoles y sus sucesores, continuará salvando, sanando de los diversos males y haciendo que el reino del mal vaya desapareciendo del corazón de los hombres. Ésta es la Misión que el Señor nos ha confiado. Puestos en manos de Dios y conducidos por su Espíritu no nos dediquemos simplemente a proclamar el Evangelio como una obligación o como una forma de ganarnos la vida, sino como el Momento de Gracia que el Señor concede a la gente de nuestro tiempo por medio de su Iglesia para que todos alcancen su salvación en Cristo Jesús.

Nos acercamos al Señor, Fuente de agua viva y Pan de Vida eterna para nosotros. En Él bebemos de su amor, de su bondad, de su misericordia, de su alegría y de su paz. Haciendo nuestra su vida y alimentándonos de Él en la Eucaristía nos vamos, día a día, transformando en Él, de tal forma que la Iglesia pueda transparentar el amor salvador que Dios ofreció al mundo por medio de su Hijo encarnado. Dios nos llamó a nosotros no sólo para que lo contemplemos, sino porque quiere enviarnos al mundo, a los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida, especialmente al ambiente familiar, para que procuremos que todo retorne a Él y Él nos conduzca al Padre. Unido a Cristo en esta Eucaristía hagamos nuestra la Misión salvadora que el Padre Dios le confió.

Jesús es el Enviado del Padre. Él ha venido como Salvador nuestro, para el perdón de nuestros pecados y para que seamos hechos, unidos a Él, hijos de Dios. Una vez cumplida su Misión, ha confiado esta misma a sus Apóstoles, y, en ellos, a sus sucesores. Ellos son los enviados del Padre entre nosotros a través de la historia. La Iglesia, unida a ellos, se convierte en la Iglesia Apostólica, por cimentar su fe en Cristo y en la fe de los apóstoles, enviados, después de la resurrección de Cristo, a llevar la Buena Noticia del Amor de Dios a la humanidad de todos los tiempos y lugares. Más aún: ellos, los apóstoles, por su unión a Cristo y por la Misión a ellos confiada, serán el Evangelio viviente del amor salvador del Padre en el mundo y su historia. Nosotros, unidos a ellos, nos convertimos en Misioneros del Evangelio, pues somos los miembros que, diseminados por el mundo y trabajando en una diversidad de ambientes, damos testimonio del Señor en medio de nuestros hermanos, y colaboramos, conforme a la gracia recibida, en la construcción del Reino de Dios entre nosotros. Vivamos con gran amor y fidelidad aquello que el Padre Dios nos ha encomendado: dar testimonio de la Verdad en plena comunión de vida y de fe con los sucesores de los apóstoles.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la gracia de saber cumplir con la Misión que tenemos en la Iglesia, colaborando así en la salvación de la humanidad entera. Amén.

Homiliacatolica.com

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