Homilía del Jueves Santo de la cena del Señor por Monseñor Ginés García Beltrán

Homilía del Jueves Santo de la cena del Señor por Monseñor Ginés García Beltrán

Al misterio pascual se entra por la Cena del Señor. Esta celebración en la que hacemos memoria de la última cena que Jesús celebró con sus discípulos antes de sufrir su pasión es el pórtico del Triduo pascual. A partir de ahora nos adentraremos en la vivencia de los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor, fuente y causa de nuestra salvación.

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremos”

Ginés García Beltrán

Así introduce san Juan el relato de lo que conocemos como el libro de la Gloria, en el que narra la Pascua del Señor. Con estas palabras parece querer iluminar el sentido más hondo de los acontecimientos que nos disponemos a celebrar. Si cabe preguntarse por el porqué de la muerte de Jesús, del sufrimiento por el que ha pasado el Hijo de Dios. La respuesta la encontramos aquí: porque nos amó hasta el extremo.

La Eucaristía es el misterio de ese amor hecho sacramento, es decir, signo de la presencia de Cristo mismo en medio de nosotros. Es el gran regalo que ha querido hacer Jesucristo, el Esposo a su Esposa que es la Iglesia: el don de su presencia permanente; el don del que se alimenta y vive, por el que adquiere sentido lo que es y lo que hace.

Celebrar la Eucaristía es actualizar la entrega de Cristo en la cruz, por nosotros. Esa entrega se sigue renovando y actualizando cada día cuando un sacerdote, en cualquier rincón de la tierra, repite las palabras del Jesús: “Esto es mi Cuero”, “Esta es mi sangre”.

Al cumplir el mandato del Señor, que les dijo a sus apóstoles: “Haced esto en memoria mía”, estamos renovando el sacrificio del Calvario. Realmente es impresionante, y no puede por menos que llenarnos de estupor, experimentar que el mismo Jesús que vivió una existencia como la nuestra, el que se entregó hasta la muerte, y una muerte de cruz, el que resucitó, hoy lo sigue haciendo sacramentalmente en la Eucaristía. No es un mero recuerdo, es una realidad, aquí y ahora.

“Nos amó hasta el extremo”. Y el amor de Dios es infinito, no tiene medida. Dios se nos da sin medida. Esto es la Eucaristía, el amor sin medida de Dios puesto a la altura del hombre para que lo podamos gustar.

Las lecturas de la Palabra de Dios que hemos proclamado, nos muestran el misterio de amor que es la Eucaristía. La Eucaristía es la verdadera escuela del amor, en ella aprendemos a ama con Dios nos ama. Hablamos tanto del amor que, con frecuencia, no sabemos que es amar. ¿Qué es el amor? ¿Cómo tenemos que amar?:

El amor es un don. San Pablo, en la primera carta a los Corintios, al hablar de la Eucaristía -es el texto de la Eucaristía más antiguo que tenemos en el Nuevo Testamento-, dice: “Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido”. El apóstol no da nada suyo, no ha inventado nada. La Eucaristía es un don que viene del mismo Señor.

La palabra Tradición tiene su origen en el verbo latino tradere, que significa entrega. La Eucaristía no la ha inventado la Iglesia para recordar al Señor, no es algo que nosotros hacemos, es el Señor quien la hace y nos la entrega. En la Eucaristía reconocemos la fidelidad del Señor que no se cansa, que quiere estar siempre con nosotros.

El amor se realiza en gestos concretos. Jesús lavando los pies a sus discípulos les está mostrando cómo se ama, cómo nos ama. No hace falta hacer obras grandes para mostrar el amor, no es necesario marcar días en el calendario para amar. Lo más importante son los gesto pequeños, los que quizás hacemos cada día; es lo que menos brilla, pero lo que hacemos por amor.

Ya lo dice san Pablo: “si no tengo amor de nada me sirve” (1Cor 13,3). Un poco de pan y vino han sido suficientes para que Dios nos muestre su amor hasta el extremo. La Eucaristía es un gesto sencillo, forma parte de nuestra cotidianidad, es una comida que anuncia el banquete del Reino y nos pide que extendamos el mantel para que todos puedan comer.

El amor es servicio. El lavatorio de los pies es la lección preciosa y clara que Jesús nos dejó antes de padecer. “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Su amor no es un amor de teorías, es un amor que se entrega, y lo hace cada día, en el servicio concreto a los demás. El amor es la salida de sí mismo para encontrar al otro y enriquecerlo. El amor nunca busca el propio bien sino el del otro.

No se queda en palabras, sino que actúa con desprendimiento, negándose a sí mismo: “Pues si yo el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros unos a otros”. Este gesto realizado después de instituir la Eucaristía, es la mejor explicación de la misma. La Eucaristía sólo se entiende desde el amor que se hace servicio, entrega a los demás; por tanto, la participación en la Eucaristía tiene que hacer de nosotros servidores de la humanidad, de cada hermano que nos necesita.

El amor es para siempre. Ese amor hasta el extremo del que nos habla el evangelio encuentra su explicación en las palabras del mismo Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Dios, en su Hijo, no nos ha amado de broma, nos ha amado de verdad. Y el amor verdadero es para siempre, tiene vocación de eternidad.

Dios no se arrepiente de habernos salvado, por eso la Eucaristía es testigo permanente de un amor que llega hasta el extremo, hasta el cielo. Muchos santos han visto en la Eucaristía la anticipación del cielo en la tierra. El Señor está siempre ahí, aunque nosotros con tanta frecuencia pasamos de largo. Ha querido quedarse con nosotros y se ha quedado. No nos perdamos ese amor que nos rehabilita de la fragilidad y nos sostiene en el camino de la vida, que nos hace gustar ya en la tierra lo que un día esperamos gozar en el cielo.

Ahora después vamos a realizar el mismo gesto que hiciera Jesús lavando los pies a sus discípulos. Lo hace el Obispo, lo hacen los sacerdotes en sus comunidades; hagámoslo todos en nuestro interior, para que no se convierta en algo puramente ritual.

Pensemos por un momento a quién tendría que lavarle los pies hoy; a esa persona que me ha hecho daño y tanto trabajo me cuesta perdonar, al que no me cae bien, al que vive más cerca de mí. Pongámonos de rodillas en nuestro corazón delante del hermano como me pongo delante del mismo Dios. Démosle el beso como signo de comunión en Cristo que se ofrece por nosotros; sintamos que el otro no es mi enemigo, sino mi hermano, que también por él se entregó Cristo. Hoy, Día del amor fraterno, hagamos algún gesto de caridad para con el hermano.

Este gesto nos recordará que Dios no nos da cosas, Dios se da. Su entrega es existencial, se entregó a sí mismo. Por eso, también nuestra participación en la Eucaristía tiene que ser la entrega de nosotros mismos. No podemos ser espectadores que miran pasivamente lo que está ocurriendo, somos parte de lo que se celebra. Si Cristo se entregó, la Eucaristía nos fortalece para entregarnos también nosotros a los demás. San Agustín lo expresa con gran belleza. “Sentado a la mesa de un señor –se lee en el libro de los Proverbios-, mira bien qué te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante.

Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar bien lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don.

Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante” (San Agustín en el tratado sobre el evangelio de san Juan).

Os exhorto, mis queridos hermanos, a que pidáis hoy, de un modo especial, por los sacerdotes, “para que no se apague en ellos el entusiasmo ni el fuego del amor divino y se entreguen del todo a Cristo y a su Iglesia, de modo que sean para los demás brújula, bálsamo, acicate y consuelo” (Mensaje de Papa Francisco al Obispo de Ávila, en el 500 aniversario del nacimiento de santa Teresa).

Hoy, Jueves Santo, es un momento muy oportuno para renovar nuestra fidelidad al Señor, hagámoslo agradeciendo el don de su presencia en la Eucaristía y en el hermano, la promesa de su presencia hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20).

Acudimos a María, la mujer “eucarística”, para que ella nos guíe “hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él” (san Juan Pablo II en Ecclesia de Eucharistia).

+ Ginés, Obispo de Guadix

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