Lecturas diarias – 12 de Noviembre – Dar y recibir…

Lecturas diarias, 12 de noviembre ciclo C año par

Epístola III de San Juan 1,5-8.
Querido hermano, tú obras fielmente, al ponerte al servicio de tus hermanos, incluso de los que están de paso,
y ellos dieron testimonio de tu amor delante de la Iglesia. Harás bien en ayudarlos para que puedan proseguir su viaje de una manera digna de Dios.
porque ellos se pusieron en camino para servir a Cristo, sin aceptar nada de los paganos,
Por eso debemos acogerlos, a fin de colaborar con ellos en favor de la verdad.

Salmo 112(111),1-2.3-4.5-6.
Feliz el hombre que teme al Señor
y se complace en sus mandamientos.
Su descendencia será fuerte en la tierra:
la posteridad de los justos es bendecida.

En su casa habrá abundancia y riqueza,
generosidad permanecerá para siempre.
Para los buenos brilla una luz en las tinieblas:
es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo.

Dichoso el que se compadece y da prestado,
y administra sus negocios con rectitud.
El justo no vacilará jamás,
su recuerdo permanecerá para siempre.

Evangelio según San Lucas 18,1-8.
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:
“En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres;
y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: ‘Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario’.
Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: ‘Yo no temo a Dios ni me importan los hombres,
pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme'”.
Y el Señor dijo: “Oigan lo que dijo este juez injusto.
Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?
Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?”.

 

 

Lecturas del día 12 de noviembre ciclo C año impar
Semana 32ª durante el año
Memoria obligatoria – Rojo
Sabiduría 2, 23—3, 9 / Lucas 17, 7-10
Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 16-19
R/. “¡Bendeciré al Señor en todo tiempo!”

Santoral:

San Josafat, San Emiliano, San Margarito Flores
y Santa Agustina Livia Petrantoni

Dar y recibir…

Todo lo que regalamos vuelve a nosotros

multiplicado; cuando mostramos amor

o entendimiento, cuando somos suaves

o expresamos preocupación genuina,

generalmente lo mismo volverá derecho

a nosotros. Quizás no en especie,

tal vez no de maneras que esperábamos,

sin embargo, nuestros regalos tienen frutos.

Muchos de nosotros hemos anhelando amor

y seguridad proveniente de otros

con una promesa de eternidad; inevitablemente,

ansiosamente tememos que, con el tiempo,

ese amor o seguridad desaparezcan.

Cuando vemos la vida con una perspectiva

pobre, ninguna clase de amor puede reforzar

nuestro sentido de valor.

Cuán diferentes el mundo parece cuando

damos amor desinteresadamente en lugar

de aguardar el amor, la atención

o la comprensión de otros.

Garantizamos recibir las buenas sensaciones

que anhelamos cada vez que compartimos

esos sentimientos con un compañero de viaje.

Estoy a cargo de lo que recibo de otros hoy.

Obtendré lo que doy voluntariamente.

Liturgia – Lecturas del día

Martes, 12 de Noviembre de 2013

A los ojos de los insensatos parecían muertos:
pero ellos están en paz
Lectura del libro de la Sabiduría
2, 23—3, 9

Dios creó al hombre para que fuera incorruptible
y lo hizo a imagen de su propia naturaleza,
pero por la envidia del demonio
entró la muerte en el mundo,
y los que pertenecen a él tienen que padecerla.

Las almas de los justos están en las manos de Dios,
y no los afectará ningún tormento.
A los ojos de los insensatos parecían muertos;
su partida de este mundo fue considerada una desgracia
y su alejamiento de nosotros, una completa destrucción;
pero ellos están en paz.
A los ojos de los hombres, ellos fueron castigados,
pero su esperanza estaba colmada de inmortalidad.
Por una leve corrección, recibirán grandes beneficios,
porque Dios los puso a prueba
y los encontró dignos de Él.
Los probó como oro en el crisol
y los aceptó como un holocausto.
Por eso brillarán cuando Dios los visite,
y se extenderán como chispas por los rastrojos.
Juzgarán a las naciones y dominarán a los pueblos,
y el Señor será su rey para siempre.
Los que confían en Él comprenderán la verdad
y los que le son fieles permanecerán junto a Él en el amor.
Porque la gracia y la misericordia son para sus elegidos.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 33, 2-3. 16-19

R. ¡Bendeciré al Señor en todo tiempo!

Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que lo oigan los humildes y se alegren. R.

Los ojos del Señor miran al justo
y sus oídos escuchan su clamor;
pero el Señor rechaza a los que hacen el mal
para borrar su recuerdo de .la tierra. R.

Cuando ellos claman, el Señor los escucha,
y los libra de todas sus angustias.
El Señor está cerca del que sufre
y salva a los que están abatidos. R.

EVANGELIO

Somos simples servidores,
no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
17, 7-10

Jesús dijo a sus discípulos:
Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando éste regresa del campo, ¿acaso le dirá: «Ven pronto y siéntate a la mesa»? ¿No le dirá más bien: «Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después»? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: «Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber».

Palabra del Señor.

Reflexión

Sab. 2, 23—3, 9. Dios nos creó para que fuéramos inmortales. Tenemos la esperanza cierta de llegar a donde ha llegado Cristo, nuestra Cabeza y principio. Él nos invita a tomar nuestra cruz de cada día y a seguirlo, para que donde Él está estemos también nosotros. Vamos de camino hacia la eternidad. Ojalá y no perdamos de vista esta vocación a la que hemos sido llamados. Imitemos a San Pablo en su lanzarse en la carrera para alcanzar la corona de la victoria, de la que, junto con Cristo, somos coherederos. Cierto que seremos blanco de muchas tentaciones, persecuciones y tribulaciones, que hemos de padecer por haber depositado nuestra fe en Cristo. Sin embargo no hemos de temer la muerte, pues nuestra vida está oculta con Cristo en Dios; y si permanecemos unidos a Él, aun cuando tengamos que pasar por la muerte, no pereceremos como los animales, sino que será nuestra la vida eterna, que Dios ha reservado para quienes le vivan fieles.

Sal. 34 (33). Dios, cuando nos vio caídos y dominados por la maldad, no nos abandonó a la muerte, sino que, lleno de amor y de compasión por nosotros, nos envió a su propio Hijo para que, hecho uno de nosotros, nos rescatara del pecado y de la muerte, y nos hiciera hijos de Dios para llevarnos, junto con Él, a la participación de la Gloria del Padre. Dios sabe que somos pecadores y que nadie puede permanecer de pie en su presencia; pues si hasta en los ángeles encontró maldad, qué será de nosotros, humanos, entre quienes hasta el justo peca siete veces al día. Pero Dios, que nos creó por amor, no se ha arrepentido de habernos llamado a la vida, y está a nuestro lado para librarnos de la mano de nuestros enemigos, y para cuidar de nosotros y conducirnos al gozo eterno de su Reino celestial. ¿Cómo no dar testimonio del amor que Dios nos ha tenido? Por eso hemos de hacer nuestra la orden de Cristo: Vuelve a tu casa, junto a los tuyos, y cuéntales todo lo que el Señor te ha hecho, y cómo tuvo misericordia de ti.

Lc. 17, 7-10. ¿Estamos dispuestos en todo a hacer la voluntad de Dios? Por muchas riquezas, poder y justificación que tengamos, jamás podremos decir que nos hemos igualado a Dios en su perfección. Siempre estaremos a la altura del siervo, dispuesto en todo a hacer la voluntad de su Señor. Y lo que Él espera de nosotros es que estemos siempre dispuestos, como el Buen Pastor, a cuidar de los suyos. No podemos sentarnos a la mesa mientras no lo sirvamos en los hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos y encarcelados. Cuando lo hagamos debemos ser conscientes no sólo de que somos fortalecidos por su Espíritu en nosotros, para dar a nuestros hermanos esas muestras de afecto del amor de Dios, sino que también hemos de ser conscientes de que el mismo amor con que actuamos viene de Dios. Ojalá y jamás nos enorgullezcamos como para llegar a decir que lo que realizamos lo hacemos porque tenemos el mismo poder de Dios, y que sin Él, al margen de Él, podemos hacer lo mismo que Él hace; sin embargo esto no es posible. Por el contrario, unidos a Él realizaremos las obras de Dios y trabajaremos conforme a la Gracia recibida. Por eso siempre sólo podremos decir: “No somos más que siervos; sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer.”
Celebramos el Misterio Pascual de Cristo, mediante el cual el Sacrificio del Señor fue aceptado por el Padre Dios como un holocausto agradable. A pesar de que Jesús padeció la muerte, esos momentos fueron breves a comparación de la abundante recompensa recibida. Así se cumplen las palabras de Jesús: Era necesario que el Hijo del Hombre padeciera todo esto para entrar, así, en su Gloria. El Señor, como si fuera el siervo de la casa, nos sienta a su Mesa y parte su pan para nosotros. Al final podrá, satisfecho, decirle a su Padre: Todo está cumplido; en tus manos encomiendo mi Espíritu. Así experimentamos el amor de Dios que, a pesar de nuestras fragilidades, miserias y ofensas, nos sigue amando y contemplando cariñosamente para protegernos como lo hace un padre amoroso con sus hijos.
Los que entramos en comunión de vida con Cristo estamos llamados a comportarnos a la altura del bien que hemos recibido de Dios. Identificados con Cristo por la fe y el bautismo, debemos continuar trabajando para que la salvación llegue a todos. En este aspecto no podemos escatimar esfuerzos. Dios espera de nosotros que seamos esforzados trabajadores de su Reino, proclamando la Buena Nueva de salvación a todos. Nuestro amor, convertido en un signo del amor de Dios para nuestros hermanos, debe propagarse como chispas en un cañaveral o en rastrojo. Y esa propagación no sólo se hará mediante palabras con las que, con erudición expliquemos el Evangelio, sino también, y de modo especial, con toda nuestra vida puesta al servicio de todos, preferencialmente a favor de los pobres para socorrerlos, y de los pecadores para ayudarles a encontrar el Camino de salvación, que es Cristo. Con tal de lograr cumplir en nosotros la voluntad de Dios, que nos ha confiado tan noble misión, estemos dispuestos, incluso, a derramar nuestra sangre. Al socorrer a los pobres, al anunciar el Evangelio a los pecadores para que vuelvan a Dios, al asumir con amor todas las consecuencias que por ello nos venga, estaremos derramando nuestra sangre por los demás; sangre que se convierte en un holocausto agradable a Dios, asumido por Cristo en el momento de su entrega por nosotros.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la Gracia de hacer en todo su voluntad, sabiendo que eso es el único camino que nos mantiene unidos a Cristo para ser, junto con Él, coherederos de la Gloria del Padre. Amén.

Homiliacatolica.com

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