Lecturas diarias: 26 de Agosto

Evangelio del día 26 de Agosto | Miércoles de la vigésimo primera semana del tiempo ordinario.

Disfruta cada día de la Palabra de Dios y compártela para que llegue a los corazones de tantos cristianos que necesitan este alimento diario.

EVANGELIO del 26 de AGOSTO según San MATEO 23, 27-32 | PADRE GUILLERMO SERRA

Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.

¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas.

Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres!


Evangelio del día 25 de agosto | † |  Evangelio del día 27 de agosto

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ORACIÓN del Ángelus por el Papa Francisco


Reflexión

1Tes. 1, 1-10.

El apóstol, guiado por el Espíritu Santo, no sólo anunciará la Palabra de Dios, sino que colaborará para que el Espíritu Santo engendre a los que el Señor ha llamado para que sean sus hijos.

Aquel que anuncia el Nombre de Dios debe ser el primer convencido de la salvación que proclama, de tal forma que no sean sólo sus palabras, sino su testimonio mismo el que dé fe de la eficacia de la Palabra de Dios.

Pablo, convencido de que Jesús es el Mesías prometido, lo proclama con la valentía que le viene de la fuerza del Espíritu Santo que le hace pronunciar palabras nada cobardes, sino valientes, aceptando las consecuencias que pueda traerle el anuncio del Evangelio hecho en esa forma.

En el fondo lo anima la fe, el amor y la esperanza. Los Tesalonicenses, ante ese testimonio, habiendo abandonado los ídolos, y convertidos al Dios vivo y verdadero para servirlo, se han convertido en modelo de Iglesia apostólica.

La vida de ellos no es vana palabrería, sino que han manifestado su fe con obras; su amor, emprendiendo trabajos fatigosos, y su esperanza en Jesucristo siendo perseverantes en el camino que han iniciado.

Todo esto se convierte para nosotros, cristianos de nuestro tiempo, en modelo de cómo no hemos de proclamar el Nombre de Dios sólo con los labios, sino desde una vida que se convierta en ejemplo para que todos se encaminen hacia ese Dios en quien creemos, a quien obedecemos, a quien amamos y a quien anunciamos con toda valentía, no sólo con nuestras palabras, sino especialmente con nuestras obras y nuestra vida misma.

Finalmente, recordemos que esto no es obra de nosotros, sino de Dios, por medio nuestro; por eso a Él hemos de elevar continuamente nuestra acción de gracias.

Sal. 149.

Los Asideos, movimiento observante y fiel de la Ley santa de Dios, estaban convencidos de que al combatir a los infieles, y al encadenar a reyes y príncipes que perseguían a los fieles del Señor, estaban cumpliendo la voluntad de Dios, enrolándose, así, en una guerra santa.

Aún en sus lechos, antes del combate, alababan al Señor convencidos de que siempre saldrían victoriosos, pues Dios estaba con ellos.

Este Salmo refleja ese espíritu victorioso y festivo en honor del Señor, amigo de su pueblo y que otorga la victoria a los humildes.

Quienes creemos en Cristo y confiamos en Él, sabemos que nuestra lucha no es contra los príncipes de este mundo, sino contra los poderes, contra las potestades, contra los que dominan este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal.

Sin embargo, confiados en Cristo y en su victoria que es nuestra victoria, vivamos alegres y en una continua alabanza litúrgica del Nombre del Señor, pues, si le vivimos fieles, el mal no volverá a dominarnos ya que el Señor, que se ha levantado victorioso sobre el mal, el pecado y la muerte, estará siempre a nuestro lado para hacer que sea nuestra la salvación que ha conquistado para nosotros.

Mt. 23, 13-22.

Cosas graves las que denuncia el Señor. Cuando uno se cierra a su Palabra, uno mismo está cerrando su ingreso al Reino de los cielos. Ya lo diría el Señor: Para aquel que me rechaza y no acepta mis palabras hay un juez: las palabras que yo he pronunciado serán las que lo condenen en el último día.

Esto es realmente grave: no querer entrar a formar parte del Reino de Dios por medio de la fe en Cristo. Pero es más grave todavía el impedir que otros lo hagan.

A quienes tal hacen más valdría atarles una piedra de esos molinos antiguos, y arrojarlos al fondo del mar. Aceptar al Señor en nuestra vida por medio de la fe nos debe llevar a vivir totalmente comprometidos en la vida nueva y eterna que Él nos comunica, y que hemos de manifestar mediante nuestras buenas obras a impulsos del Espíritu de Dios en nosotros.

Quien no posee realmente a Dios en su vida podrá, tal vez, desvelarse en el anuncio del Nombre del Señor, pero si sus obras no correspondan a lo que anuncia, hará más daño que bien, pues estará enseñando una respuesta hipócrita a la fe, lo cual hará que quienes le escuchen, aparenten volver al Señor pero imiten el mal comportamiento y la falta de compromiso contemplado en quien, usurpando el Nombre de Dios, se dirigió a ellos.

Por eso debemos ser totalmente sinceros ante Dios, ante nosotros mismos y ante los demás. Ante una vida congruente con nuestra fe no tendremos necesidad de hacer juramentos para ser dignos de crédito.

Es triste escuchar aquello que condena el Señor: que los fariseos, amantes del dinero, pensaran que jurar por el templo no obligaba, pero sí el jurar por el oro del templo. No elevemos a sagrado lo que no lo es, aun cuando nos deslumbre por su utilidad.

Sólo Dios ha de ser amado; sólo Él ha de estar en el centro de nuestra vida. Si por algún motivo llegásemos a jurar en su Nombre, que no sea para darle credibilidad a nuestra palabras, sino para comprometernos a caminar con mayor rectitud en su presencia, quedando consagrados a Él; o para pasar haciendo el bien, convertidos en un signo suyo para nuestros hermanos.

En esta Eucaristía celebramos el gran amor que Dios nos ha manifestado por medio de su Hijo que, hecho uno de nosotros, entregó su vida para que nosotros tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

Los que entramos en comunión de vida con el Señor aceptamos hacer nuestro el camino de la cruz de Cristo, no sólo para poder llegar al Padre Dios, sino también para que, por medio nuestro, Dios continúe realizando su obra de salvación a favor de todos los pueblos.

Junto con Cristo nos ofrecemos como una ofrenda agradable al Padre; y junto con Cristo entregamos nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra sangre para que el mundo tenga vida.
Por eso, no podemos estar en la presencia del Señor de un modo hipócrita; venimos ante Él para comprometernos a vivir como Él, y a pedirle que nos ayude a ser un signo de su amor para nuestros hermanos. Venimos para ser los primeros en ir, con nuestra cruz, dando ejemplo de fe, de amor y de entrega en favor de todos.

No podemos, por tanto, conformarnos con escuchar la Palabra de Dios, y tal vez anunciarla con valentía, pero continuar ligados a la maldad. Cristo nos quiere libres de pecados, nos quiere signos claros de su amor, rectos en nuestras obras y palabras. Por eso, junto con Cristo, consagremos nuestra vida al Padre para que, concediéndonos su Espíritu, al igual que Cristo pasemos haciendo el bien a todos.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir sin hipocresías nuestra fe, para que podamos, en Nombre de Dios, seguir construyendo su Reino entre nosotros. Amén.

Homiliacatolica.com

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