Lecturas diarias: 27 de Agosto

Lecturas diarias del 27 de Agosto con el Padre Guillermo Serra| Jueves de la vigésimo primera semana del tiempo ordinario.

Disfruta cada día de la Palabra de Dios y compártela para que llegue a los corazones de tantos cristianos que necesitan este alimento diario.

EVANGELIO del 27 de AGOSTO según San MATEO 24, 42-51 | PADRE GUILLERMO SERRA

Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa.

Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.

¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?

Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá.

Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a beber con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes.


Evangelio del día 26 de agosto | † |  Evangelio del día 28 de agosto

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ORACIÓN del Ángelus por el Papa Francisco


Reflexión de las lecturas

1Tes. 2, 1-8.

Piensa, como padre o madre de familia, como catequista, como persona de la vida consagrada, como consagrado por medio del Sacramento del Orden, ¿cuánto amas a aquellos a quienes les anuncias el nombre de Dios? ¿En qué forma tratas de conducirlos hacia Cristo?

¿Sólo les anuncias el Evangelio de Cristo, o estás dispuesto, incluso, a dar tu vida en amor por ellos?

Tal vez encontremos mucha oposición, crítica y persecución por parte de quienes no quieren recibir la fe; tal vez haya muchas otras cosas que quisieran desanimarnos en el anuncio del Nombre de Dios; pero si realmente amamos a quienes evangelizamos y queremos hacerles el bien, a pesar de los sufrimientos e injurias, permaneceremos firmes en la predicación del Evangelio.

Con una actitud así estaremos dando testimonio de que no anunciamos errores, sino la Verdad en Cristo, que nos ha convencido primero a nosotros y le ha dado un nuevo sentido a nuestra existencia.

Quien proclame el nombre del Señor como asalariado, será movido por intereses mezquinos y con disimulada codicia; siempre se preguntará qué puede sacar en provecho propio de aquellos a quienes se dirige; y si ve, que, en ese aspecto no valen la pena, se alejará de ellos y tratará de no aceptar compromisos con quienes no puedan dejarle jugosos dividendos.

El Señor nos pide amar y proclamar su nombre sin ir a quienes nos dirigimos más que con una sola túnica, sandalias y bastón, sin dinero en la cartera y sin intención de apropiarnos de su riqueza, pues sería tal vez escandaloso el que, con intención de largos rezos, les arrebatáramos a los demás, incluso de un modo sutil, sus bienes. Lo que hemos recibido gratis, entreguémoslo gratuitamente a los demás.

Sal. 139 (138).

Dios nos conoce profundamente.

Él está junto a nosotros no como un policía que espera vernos fallar para castigarnos, sino como un Padre que vela amorosamente por sus hijos. Como un amigo Él pone su mano sobre nosotros para darnos confianza, para que sepamos que está siempre con nosotros y que, aún en los momentos más difíciles, jamás nos abandonará.

Por eso vivámosle fieles, llenos de confianza en Él. Sabiendo que Él conoce hasta nuestros pensamientos más íntimos, tratemos de vivirle fieles, sin miedos infundados, sino con el amor de un hijo que siente la cercanía de su Dios y Padre.

Mt. 23, 23-26.

Ojalá y nuestra justificación pudiese venir sólo por ser fieles cumplidores de la Ley, hasta en sus más mínimos detalles.

Ojalá y en realidad fuéramos santos por arrodillarnos largas horas en la presencia de Dios. Podemos dar la impresión de ser rectos; pero tenemos que reportarnos a nuestro propio interior, a lo que ve Dios y sabemos nosotros como nuestra verdadera realidad personal.

Vivir sin hipocresías nos ha de llevar a corregir aquello que llevamos en el corazón, para no ser sólo hombres de fe de pura fachada; para no ser mausoleos valiosos externamente, pero con el corazón lleno de carroña y podredumbre, de rapacidad y codicia.

Ante el Señor, que conoce hasta lo más secreto de nuestro corazón, no cuenta lo exterior, sino el corazón; al Señor no podemos comprarlo, ni deslumbrarlo, ni seducirlo con exterioridades, pues la mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón.

Por eso, pidámosle que nos llene de su justicia, de su misericordia y de su fidelidad; que nos revista, incluso, de su propio Hijo, para que todo lo que hagamos y digamos sea para glorificar su Nombre y para pasar haciendo el bien, no con actos que sean meramente externos, sino el fruto de la presencia del Señor en nosotros, sabiendo que, efectivamente, de la abundancia del corazón habla la boca.

En esta Eucaristía nos reunimos en torno al Señor para elevarle nuestros cantos de alabanza, glorificando su santo Nombre. Llenos de gratitud por habernos redimido, nos alegramos en su presencia porque se manifiesta como el Dios-con-nosotros.

Tal vez, como lo hacemos diariamente, hoy venimos a su presencia para cumplir con algo que hemos convertido casi en un precepto sagrado. Junto con la asistencia a la Eucaristía, elevaremos, cumplidamente, algunas otras oraciones durante el día, como actos de piedad que nos hemos impuesto como una seria obligación.

Damos la impresión de ser personas realmente unidas con el Señor. Ojalá y en verdad, al celebrar la Eucaristía vivamos una íntima comunión con Él, de tal forma que cambien nuestros criterios, pensamientos, palabras y obras, y no se queden en exterioridades inútiles, sino que sean el fruto del amor que Dios ha infundido en nosotros.

Por eso los que vivimos unidos a Cristo estamos llamados a luchar contra la corrupción, y a ser testigos de una auténtica caridad que se traduzca en una vida realmente justa, en misericordia hacia los desprotegidos, en fidelidad a nuestra alianza con el Señor, y al servicio al prójimo llevado a cabo dentro de un verdadero amor fraterno.

Quienes creemos en Cristo no podemos orar pidiendo a Dios la paz, o rogando al Señor para que proteja a quienes están en peligro, o a quienes nosotros mismos hemos puesto en peligro a causa de que nuestro corazón, en lugar de tener a Dios se ha llenado de maldad, de odio; no podemos esperar que sea el Señor quien remedie los desequilibrios causado por nuestro afán de poder o de dinero viviendo ciegos ante el dolor de quienes nos rodean.

Tratemos de no ser cristianos de fachada, aparentemente limpios por fuera pero por dentro llenos de rapacidad y de codicia. Seamos los primeros en pasar haciendo el bien a todos, siguiendo las huellas de Cristo, de tal forma que la justicia, la misericordia y la fidelidad sea lo que impulse nuestra vida para que, por ningún motivo, actuemos con hipocresías, sino con la sinceridad que nos viene de permanecer en Cristo Jesús.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con un corazón fiel al Señor, que nos haga ser un signo creíble de Él ante nuestros hermanos. Amén.

Homiliacatolica.com

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