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REP. CENTROAFRICANA – Fábula del mandril y el chimpanché – Cuaresma, 40 últimos

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Fábula del mandril y el chimpanché

En las profundidades de la selva centroafricana, coincidieron un día un mandril y un chimpancé comiendo frutos de la misma rama. Y como suele pasar entre los animales salvajes, no tardaron en hablar de los hombres.
–Los humanos son egoístas por naturaleza -afirmó el mandril–; no hay más que ver cómo se comportan.
–Pues yo tengo la impresión de que son esencialmente comunitarios -replicó el chimpancé–; no hay más que verlo.
Como no se ponían de acuerdo, decidieron ir cada uno a conocer mejor a sus parientes humanos. Pasaron largos ratos observándoles en sus casas y en los campos, en sus actos sociales y en sus momentos de intimidad. Después del tiempo convenido, se juntaron de nuevo.
–Me he convencido de lo que pensaba –comenzó el mandril–. Los humanos buscan cada cual su propio interés y, en todo caso, el de su familia y amigos. Prefieren descansar a trabajar y solo trabajan si ganan dinero con ello o por miedo a quedarse sin empleo. Se preocupan poco por aquello que no se refiere a sus intereses materiales inmediatos. Tienen tendencia a la comodidad; prefieren complicarse poco la vida y que sus líderes tomen las decisiones por ellos. Me da la impresión de que solo sueñan con sus aficiones, sus vacaciones y su jubilación.
–Es curioso –respondió el chimpancé– yo lo que he observado es que los humanos son capaces de colaborar unos con otros y de dar sin esperar nada a cambio. Para ellos es importante desarrollar sus cualidades en el trabajo y aportar al bien común. Son inquietos, creativos y les gusta explorar formas nuevas de hacer las cosas. Se interesan por participar en los asuntos comunes y necesitan dar sentido a su vida más allá de las necesidades materiales. Creo que con lo que sueñan es con cambiar el mundo.
El mandril y el chimpancé estuvieron discutiendo un buen rato. Al final, como se hacía tarde, se marcharon cada uno por su lado.

José Eizaguirre
Ilustración de Sonia Arnaiz


Visión global: nuestra forma de pensar

De la concepción que tengamos del ser humano depende la manera como nos vemos a nosotros mismos y a los demás. En función de las tendencias humanas –egoístas o altruístas– a las que demos más importancia, entenderemos la forma como organizamos nuestra sociedad y como nos relacionamos con otras sociedades.
Un ejemplo bien cercano. El sistema económico capitalista está basado en las tendencias egoístas del ser humano (sobre todo la avaricia, la ambición y la envidia): puesto que cada persona tiende a buscar su propio interés, se organiza un sistema que, basándose en esta tendencia, consiga que una “mano invisible” procure el bien común. El objetivo es loable, pero hay razones para pensar que el punto de partida es incompleto, pues el ser humano no solo es capaz de egoísmo sino también de altruísmo.
Nuestras ideas, forma de pensar, mentalidad, pre-juicios y cultura sin duda configuran nuestra vida y la forma como percibimos a los demás y nos relacionamos con ellos. Llevado al plano social e internacional, las relaciones al interior de los pueblos y entre ellos también están impregnadas de estas ideas.
¿Son definitivas nuestras ideas? ¿En qué principios se basan? Y más importante aún: ¿ponemos nuestra forma de pensar por encima de todo o reconocemos que hay principios superiores en los que se basan? Para los cristianos, esos “principios superiores” están claros: la vida de Jesús, el Evangelio (y toda la Palabra de Dios), iluminados por la experiencia de la Iglesia.

 

Para ayudarnos a pensar (y a pensar de otra manera)
He aquí, deliberadamente simplificadas, algunas ideas en circulación que pueden ayudarnos a pensar y debatir:
• “La democracia consiste en elegir a los representantes del pueblo para que gobiernen en nombre de éste”.
• “Cuanto más consumo, mejor para la economía”.
• “A los países del Sur les viene bien que los del Norte compremos sus productos”.
• “Cuanto más trabajo precario, más competitividad”.
• “Las empresas privadas gestionan mejor sus recursos que los servicios públicos”.


«Dios de los Padres, Señor de la misericordia, que hiciste el universo con tu palabra, y con tu Sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados,administrase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud de espíritu,dame la Sabiduría, que se sienta junto a tu trono, y no me excluyas del número de tus hijos. Que soy un siervo tuyo, hijo de tu sierva, un hombre débil y de vida efímera, poco apto para entender la justicia y las leyes.Pues, aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, si le falta la Sabiduría que de ti procede, en nada será tenido» (Sb 9, 1-6).


Para profundizar:

Teoría X y Teoría Y de McGregor (Wikipedia)
Los números 34 y siguientes de la encíclica Caritas in Veritate hablan del principio de gratuidad en las relaciones económicas


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