Lecturas del día 5 de Diciembre – Pregón del Adviento… – Tiempo de Adviento

Lecturas del día 5 de diciembre ciclo A año impar

Libro de Isaías 35,1-10.
¡Regocíjese el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!
¡Sí, florezca como el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.
Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes;
digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos!”.
Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos;
entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa;
el páramo se convertirá en un estanque y la tierra sedienta en manantiales; la morada donde se recostaban los chacales será un paraje de caña y papiros.
Allí habrá una senda y un camino que se llamará “Camino santo”. No lo recorrerá ningún impuro ni los necios vagarán por él;
no habrá allí ningún león ni penetrarán en él las fieras salvajes. Por allí caminarán los redimidos,
volverán los rescatados por el Señor; y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua: los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán.

Salmo 85(84),9ab-10.11-12.13-14.
Voy a proclamar lo que dice el Señor:
el Señor promete la paz,
Su salvación está muy cerca de sus fieles,
y la Gloria habitará en nuestra tierra.

El Amor y la Verdad se encontrarán,
la Justicia y la Paz se abrazarán;
la Verdad brotará de la tierra
y la Justicia mirará desde el cielo.

El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
La Justicia irá delante de él,
y la Paz, sobre la huella de sus pasos.

Evangelio según San Lucas 5,17-26.
Un día, mientras Jesús enseñaba, había entre los presentes algunos fariseos y doctores de la Ley, llegados de todas las regiones de Galilea, de Judea y de Jerusalén. La fuerza del Señor le daba poder para curar.
Llegaron entonces unas personas transportando a un paralítico sobre una camilla y buscaban el modo de entrar, para llevarlo ante Jesús.
Como no sabían por dónde introducirlo a causa de la multitud, subieron a la terraza y, desde el techo, lo bajaron con su camilla en medio de la concurrencia y lo pusieron delante de Jesús.
Al ver su fe, Jesús le dijo: “Hombre, tus pecados te son perdonados”.
Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: “¿Quién es este que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”.
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: “¿Qué es lo que están pensando?
¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados están perdonados’, o ‘Levántate y camina’?.
Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vuelve a tu casa”.
Inmediatamente se levantó a la vista de todos, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios.
Todos quedaron llenos de asombro y glorificaban a Dios, diciendo con gran temor: “Hoy hemos visto cosas maravillosas”.

 

 

Evangelio del día 5 de diciembre ciclo C año impar
Semana I° de Adviento
Isaías 25, 6-10a / Mateo 15, 29-37
Salmo responsorial Sal 22, 1-6
R/. “Habitaré por siempre en la Casa del Señor”

Santoral:
San Sabás, Santa Atalía y San Geraldo

Pregón del Adviento en el Año Santo de la Fe

¡Viene el Señor! ¡Vendrá el Señor!
Si permanecemos atentos y vigilantes.
Si, nuestros ojos, miran hacia el cielo,
y no solamente se pierden en la tierra.

Viene el Señor, vendrá el Señor,
si la alegría anida en nuestro corazón
y, allá donde brota la tristeza,
la combatimos con la fuerza de nuestra esperanza.

¡Viene el Señor! ¡Vendrá el Señor!
Si le hacemos un lugar en la posada de nuestras almas.
Si, además de creer en Él,
intentamos conocerle y amarle con todas nuestras fuerzas.

¡Viene el Señor! ¡Vendrá el Señor!
Si la fe nos sirve para sacudir de nosotros
la angustia y el pesimismo, la desesperanza y la tibieza.

¡Necesitamos tanto, que venga el Señor!

Porque creemos en Dios,
preparémonos al inmenso amor
que nos regala en Belén.

Porque creemos en Cristo,
abramos las puertas de nuestra existencia
y, por ellas, entre la humildad del que se hace Niño.

Porque creemos en el Espíritu
que, el soplo de su presencia,
nos empuje a mantenernos atentos, en pie,
y siempre dispuestos a dar razón de nuestra vida cristiana.

¡Viene el Señor! ¡Vendrá el Señor!
Para rescatarnos de oscuridades y falsedades,
para recuperarnos de nuestras constantes caídas,
para dar solidez a nuestra fe,
para compartir nuestra débil humanidad,
para redimirnos y llamarnos a una vida nueva.
¿No lo sientes? ¿No tienes ganas de recibir a Dios?

Viene en persona…a vernos.
Se presenta pequeño… para hacernos grandes.
Se escucha en silencio… para acallar nuestros ruidos.
Nace en la noche… para ver cómo son nuestros días.
Llega con amor… para disipar nuestros odios.
Trae palabras… para confortarnos y darnos esperanza.
¿No lo sientes? ¿No tienes ganas de recibir a Dios?
¡Sólo te pide…FE!

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Miércoles, 5 de Diciembre de 2012

El Señor invita a su banquete
y enjuga las lágrimas de todos los rostros

Lectura del libro de Isaías
25, 6-10a

El Señor de los ejércitos
ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña
un banquete de manjares suculentos,
un banquete de vinos añejados,
de manjares suculentos, medulosos,
de vinos añejados, decantados.
Él arrancará sobre esta montaña
el velo que cubre a todos los pueblos,
el paño tendido sobre todas las naciones.
Destruirá la muerte para siempre;
el Señor enjugará las lágrimas
de todos los rostros,
y borrará sobre toda la tierra
el oprobio de su pueblo,
porque lo ha dicho Él, el Señor.
y se dirá en aquel día:
«Ahí está nuestro Dios,
de quien esperábamos la salvación:
es el Señor, en quien nosotros esperábamos;
¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!»

Porque la mano del Señor se posará sobre esta montaña.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 22, 1-6

R. Habitaré por siempre en la Casa del Señor

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal,
porque Tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.

EVANGELIO

Jesús sana a muchos y multiplica los panes

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
15, 29-37

Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó. Una gran multitud acudió a Él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y Él los sanó. La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban sanos, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel.
Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino».
Los discípulos le dijeron: «¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?»
Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tienen?»
Ellos respondieron: «Siete y unos pocos pescados».
Él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo; después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los daba a los discípulos, y ellos los distribuían entre la multitud.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron llenaron siete canastas.

Palabra del Señor.

Reflexión

Is. 25, 6-10. En Sión, finalmente, Dios preparará un banquete que dará vida eterna a todos los pueblos.
Mediante la muerte de Cristo, quienes lo acepten como Señor, Salvador y Mesías en su vida, participarán de la salvación que Dios ofrece a toda la humanidad; salvación hecha realidad a costa de la muerte redentora del Salvador. Él se convierte para nosotros en pan de vida; Él nos sienta a su mesa para que participemos del banquete-sacrifico que Él mismo ha preparado. Hechos uno con Cristo; unidos por un sólo Espíritu, formamos el Cuerpo del Señor del que Él es Cabeza.
Si nosotros vivimos a plenitud este compromiso que brota de nuestra fe en Él, viviremos como hermanos, libres del llanto, del sufrimiento, de la persecución y de los asesinatos. Más todavía, gracias a Jesús, resucitado de entre los muertos, quienes participamos de su Vida y de su Espíritu, sabemos que la muerte no tendrá en nosotros ningún dominio, pues, aun cuando tengamos que pasar por ella, no nos detendremos en ella, sino que, destruida la muerte, viviremos para Dios eternamente.
No desaprovechemos esta gracia que Dios nos ha ofrecido en Cristo Jesús, su Hijo hecho uno de nosotros.

Sal. 23 (22) El Señor ha salido como el Buen Pastor en busca nuestra, que vivíamos como ovejas descarriadas, lejos de su presencia. Y Él nos ha conducido a las aguas bautismales para llenarnos de la fuerza de su Espíritu, para que podamos caminar, ya no tras las obras de la maldad, sino tras las obras del bien que proceden de Dios. Él nos ha sentado a su mesa para hacernos partícipes del banquete de salvación que ha preparado con su Cuerpo y con su Sangre, para que quienes nos alimentemos de Él entremos en comunión de Vida con el Señor y, transformados en Él, seamos testigos de su amor para todos los pueblos.
Él ha derramado en nosotros su Espíritu Santo para que, ungidos por Él, seamos constructores de su Reino, iniciándolo ya entre nosotros desde esta vida. Así, nosotros, hechos hijos de Dios y teniendo al mismo Dios como Pastor de nuestra vida, seremos conducidos por Él para que vivamos en la Casa del Señor por años sin término. A esa meta final es a la que aspiramos quienes somos personas de fe en Cristo.
Que Dios nos conceda no perder el rumbo que nos hará llegar sanos y salvos a su Reino celestial.

Mt. 15, 29-37. El Evangelio de hoy nos habla de cómo los paganos glorificaron al Dios de Israel, pues hasta ellos llegó Dios como el que se levanta victorioso sobre el pecado y la muerte y las diversas manifestaciones de muerte, como son las diversas enfermedades. Todo esto manifiesta un gesto del amor misericordioso de Dios para quienes vivían en tierra de sombras y de muerte.
Es Cristo mismo quien expresa: me da lástima esta gente; no quiero despedirlos; no quiero que desmayen por el camino.
Dios se hace fuente de salvación y fortaleza para todas las gentes de buena voluntad. Él, sentado en la cumbre del monte, prepara un festín suculento para todos los pueblos haciendo que siete panes y unos cuantos pescados alcancen para dar de comer a más de cuatro mil gentes, y que todavía se recojan siete canastos de sobras. Así anuncia que con su muerte bastará y sobrará para que, quien lo acepte a Él, participe del pan de vida, y que quien lo coma viva para siempre, pues Él lo resucitará en el último día.
Cristo ha venido a nosotros como salvador y a saciar nuestra hambre y sed de justicia; ojalá y no lo rechacemos, sino que dejemos que habite en nosotros como en un templo y que su Espíritu guíe nuestros pasos por el camino del bien.
Reunidos para celebrar la Eucaristía, venimos al Monte Santo, que es Cristo, para disfrutar de la salvación y de los bienes eternos, que Él ha preparado para nosotros.
El Señor nos hace participar del amor de Dios, pues entrando en comunión de vida con Él, hacemos nuestra la misma Vida que Él recibe de su Padre Dios. Y el Señor no se muestra tacaño con nosotros. Él mismo se nos da en plenitud. De nosotros depende quedarnos sólo como espectadores en su presencia, o sentarnos a su Mesa y alimentarnos, tanto de su Palabra, como de su Pan de Vida, que Él parte para nosotros.
Dios, presente así en nuestra vida, se quiere convertir para nosotros en el Buen Pastor que nos alimenta, pero que al mismo tiempo, conduciéndonos por delante con su cruz, nos hace caminar como testigos de su amor y de su misericordia especialmente hacia los más desprotegidos y pecadores.
Este es el compromiso que tenemos como Iglesia; ojalá y no lo echemos en un saco roto, sino que lo vivamos en plenitud.
Ojalá y no vayamos por la vida olvidándonos del Señor y alimentándonos sólo de las cosas temporales, que muchas veces oprimen nuestra mente y nuestro corazón.
Dios quiere que arranquemos del mundo todo signo de dolor, de lágrimas y de afrentas. Dios no quiere que vengamos a la Celebración Eucarística, y que tal vez nos acerquemos a su Mesa, para después volver a los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra vida a quitarles el alimento a los demás, a quitarles la paz, la alegría y la vida.
Ojalá y que la Iglesia de Cristo sea un lugar en el que todos encuentren colmadas sus esperanzas de construir un mundo más imbuido en el amor fraterno y solidario, más justo y más en paz. Ojalá y pongamos toda nuestra vida al servicio del bien y de la salvación de quienes nos rodean, pues Dios no quiere que actuemos con tacañerías en la proclamación de su Evangelio.
Por eso no podemos decir que le dedicamos al Señor unos momentos de oración, y tal vez algunos momentos de apostolado a la semana, sino que toda nuestra vida se ha de convertir en un testimonio de bondad, de misericordia, de comunión y de solidaridad, dado continuamente ahí donde desarrollemos nuestras diversas actividades.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser motivo de esperanza en un mundo que necesita renovarse, día a día, en el amor de Cristo, hasta lograr que, compartiendo lo que somos y tenemos, vivamos en un mundo más justo y más fraterno, signo de la presencia del Reino de Dios entre nosotros. Amén.

Homiliacatolica.com

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