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Dos oraciones para un mismo Cristo Roto

Oración a mi Cristo roto

Oración a mi Cristo roto

Dos oraciones para un mismo Cristo Roto

Por su trascendencia, porque creemos que es bueno agruparlas para así facilitar su lectura y posterior meditación, vamos a incluir las dos plegarias. Oraciones y Plegarias que hablan por si solas y oraciones y plegarias que debemos recitar, meditas y hasta ‘mascar’ para darnos verdadera cuenta de lo que quieren decir.

A MI CRISTO DE LOS BRAZOS ROTOS

Por Antonio DÍAZ TORTAJADA (Sacerdote-periodista)

Señor Jesús:
Cuando recojo entre mis manos
la imagen de un Cristo crucificado roto,
abandonado en un basurero
miro y contemplo este drama tuyo
que se repite día tras día en nuestra historia:
Escena de dolor y de deshonra
en que se ha cumplido algo más profundo.

Parece que precisamente allí donde se tocan
los brazos de tu Cruz están las grandes abscisas,
las grandes paralelas,
las grandes líneas constituyentes de los destinos humanos.
Hay una ley de justicia
que desde las profundidades de Dios se precipita sobre Ti,
Cristo víctima, Cristo roto, Cristo deshecho
hay una condena que desde los abismos del mal te obliga a morir.

Las dos leyes se cruzan
y en vez de neutralizarse entre sí
conspiran en precipitarse sobre Ti, Cristo de los brazos rotos
y en hacer de Ti un cordero inmolado por los pecados del mundo.
Y Tú, Cristo crucificado, tienes los brazos abiertos,
aunque rotos.
Siempre abiertos,
aunque rotos.

Pero rotos porque en la cruz
se encuentran no sólo la injusticia y el pecado,
sino también el amor.
Por nosotros y por nuestra salvación bajaste sobre esta tierra;
Tus brazos abiertos por amor por cada uno de nosotros
y nosotros los vejamos y los maltratamos,
nos burlamos de Ti y te crucificamos;
por eso estás así, mi Cristo roto y abandonado en un basurero.

Quiero dejarte así:
Con los brazos rotos
para que cuando te contemplen mis ojos
contemplen a tantos hermanos que están como Tú,
rotos, aplastados, oprimidos, mutilados…

Amén

ORACION ANTE MI CRISTO ROTO
Por Antonio DÍAZ TORTAJADA (Sacerdote-periodista)

Señor, es fácil hablar de tu cruz,
extraer de los textos revelados el sentido sapiencial,
luminoso y transfigurador,
por el que resplandece lo oscuro,
y el dolor se convierte en privilegio.

¡Sentido profético de tus brazos rotos,
convertidos en futuros títulos de gloria!
Pero, cuando se siente el zarpazo de la prueba,
el peso de la cruz sobre los hombros,
la impotencia en el sufrimiento,
el abismo en los pies,
el discurso estético suena a hueco,
y las palabras amigas se quedan a distancia.

Encerrarse en la soledad estigmatiza,
quedarse con el sentimiento dolorido,
de forma introvertida, destruye,
al mirar a los otros, que al parecer viven mejor,
se siente agravio.

Hacer como si no pasara nada, cuando duele el alma,
tiene el riesgo de romperse por dentro.
Aguantar tiene su límite,
y en el peor momento se corre el riesgo del descontrol,
seísmo que hunde aún más en desespero.

Hoy, ante tu cruz, con esos brazos destruídos
comprendo que yo he de de ser esos brazos que bendigan,
abracen y perdonen.
Al hacerlo, además de sentir alivio,
se respira más libre, se descubre el sentido
del dolor redentor y sagrado,
hasta el extremo de convertir en amor el sufrimiento.

Tu cruz se convierte en soporte,
convierte la condena en victoria,
la muerte en vida, el dolor en siembra fértil,
la noche en luz, lo necio en sabio,
la prueba en ocasión de amor.

¡Déjame, Señor, cargar en tu cruz mi dolor,
mi noche, mi prueba,
para que yo sea el otro cristo manantial de amor.

(Desde El Cañamelar y el Rosario, José Ángel Crespo Flor)

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