Lecturas diarias: 19 de Junio – Victoria para quienes perseveran

Miércoles, 19 de junio de 2013
Semana 11ª durante el año
Feria o Memoria libre – Verde / Blanco
2 Corintios 9, 6-11 / Mateo 6, 1-6. 16-18
Salmo responsorial Sal 111, 1-4. 9
R/. “¡Feliz el que teme al Señor!”

Santoral:
San Arsenio, Santa Áurea, Santas Justa y Rufina,
Santa Isabel Blan de Qin y San Simón Qin

Victoria para quienes perseveran

Iniciar una obra es cosa relativamente
fácil, basta con avivar un poco
la lumbre del entusiasmo.

Perseverar en ella hasta el éxito,
es cosa diferente; eso ya es algo
que requiere continuidad y esfuerzo.

Comenzar está al alcance de los demás,
continuar, distingue a los hombres de carácter.

Por eso la médula de toda obra grande
-desde el punto de vista de su realización práctica-
es la perseverancia, virtud que consiste
en llevar las cosas hasta el final.

Es preciso, pues, ser perseverante,
formarse un carácter no sólo intrépido,
sino persistente, paciente, inquebrantable.

Sólo eso es un carácter.
El verdadero carácter no conoce
más que un lema: la victoria.
Y sufre con valor, con serenidad
y sin desaliento, la más grande
de las pruebas: la derrota.

La lucha tonifica el espíritu,
pero cuando falta carácter,
la derrota lo reprime y desalienta.

El triunfo es el fracaso al revés;
es el matiz plateado de esa nube incierta
que no te deja ver su cercanía…
¡Aún estando bien cerca!

Por eso, decídete a luchar sin dudar,
porque en verdad, cuando todo empeora,
el que es valiente, no se rinde,
¡persevera y lucha!

Hay que seguir adelante, aunque todo
parezca perdido; hay que insistir,
porque la perseverancia
convierte en fuerte al débil.

Hemos nacido para luchar.
Las más grandes victorias corresponden
siempre a quienes se preparan,
a quienes luchan y a quienes perseveran.

Liturgia – Lecturas del día

Miércoles, 19 de Junio de 2013

Dios ama al que da con alegría

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Corinto
9, 6-11

Hermanos:
Sepan que el que siembra mezquinamente tendrá una cosecha muy pobre; en cambio, el que siembra con generosidad cosechará abundantemente.
Que cada uno dé conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza, porque Dios ama al que da con alegría.
Por otra parte, Dios tiene poder para colmarlos de todos sus dones, a fin de que siempre tengan lo que les hace falta, y aún les sobre para hacer toda clase de buenas obras. Como dice la Escritura: “El justo ha prodigado sus bienes: dio a los pobres y su justicia permanece eternamente”.
El que da al agricultor la semilla y el pan que lo alimenta, también les dará a ustedes la semilla en abundancia, y hará crecer los frutos de su justicia. Así, serán colmados de riquezas y podrán dar con toda generosidad; y esa generosidad, por intermedio nuestro, se transformará en acciones de gracias a Dios.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 111, 1-4. 9

R. ¡Feliz el que teme al Señor!

Feliz el hombre que teme al Señor
y se complace en sus mandamientos.
Su descendencia será fuerte en la tierra:
la posteridad de los justos es bendecida. R.

En su casa habrá abundancia y riqueza,
su generosidad permanecerá para siempre.
Para los buenos brilla una luz en las tinieblas:
es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo. R.

Él da abundantemente a los pobres:
su generosidad permanecerá para siempre,
y alzará su frente con dignidad.
Feliz el hombre que teme al Señor. R.

EVANGELIO

Tu Padre. que ve en lo secreto, te recompensará

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
6, 1-6. 16-18

Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Palabra del Señor.

Reflexión

2Cor. 9, 6-11. Los dones recibidos de Dios en todos los aspectos no son para enriquecernos egoístamente. Si Dios nos ha llenado las manos es para que nosotros socorramos a los demás. Por eso el servicio de caridad debe verse, incluso, como un acto de culto a Dios; y el ejercerlo debe hacerse, tanto con generosidad, como con alegría.
Quien se preocupa en ayudar a su prójimo en sus necesidades, cada acto que realice en favor de él será como una semilla que se siembre para que produzca en abundancia el fruto de vida eterna en aquel que da con generosidad y no de mala gana.
Ya decía el Señor en la primera Alianza: El socorrer a los necesitados, realizado con amor, borra la multitud de pecados. Quien desprecia a su hermano y no lo auxilia en sus necesidades es un mentiroso cuando dice que ama a Dios, pues el amor, así como la fe, se demuestran, no sólo con las palabras, sino con la verdad y con las obras.
Que nuestro culto a Dios y nuestro amor a Él se concreticen en el amor a nuestro prójimo preocupándonos por él y tendiéndole la mano en aquello concreto en que necesite de nosotros y de nuestra ayuda hecha con alegría.

Sal. 112 (111). Dios no espera de nosotros que sólo le tributemos el culto que se merece. Quiere, además, que cumplamos amorosamente con su palabra en nuestra vida diaria.
Obrar conforme a la justicia nos hace estar abiertos a una relación auténtica con el Otro (Dios) y con el otro (prójimo) y respetar hasta el fondo las exigencias de esa relación.
No podemos jugar con Dios pronunciando un sí a su alianza, y después romperla con un no pronunciado mediante obras de maldad. Aquel que es fiel a Dios y sigue sus caminos será bendecido por Él; en cambio, el malvado no sólo camina hacia el fracaso, sino hacia una muerte sin esperanza de vida.
Decidámonos a que nuestra fe sea sin fingimiento, y que se manifieste a través de la totalidad de nuestra vida, guiados por el Espíritu de Dios para que seamos luz y no tinieblas para cuantos nos traten.

Mt. 6, 1-6. 16-18. Por medio de la limosna entramos nosotros en una relación de amor fraterno con quienes nada tienen. Así les manifestamos nuestro amor participándoles de los mismos bienes que nosotros hemos recibido de Dios; pues nosotros no somos dueños, sino sólo administradores de las cosas de Dios.
Ojalá y no sólo les ayudáramos con riquezas materiales, sino que llegásemos, incluso, a dar nuestra vida por ellos con tal de que vivan con mayor dignidad.
Por medio de la oración nosotros entramos en relación con Dios; llegamos ante Él llenos de amor; sólo lo buscamos a Él; queremos saciarnos de su Rostro, para que, transformados en Él, podamos ser un signo de su amor en medio de nuestros hermanos.
Por medio del ayuno nos quitamos incluso el pan de la boca para hacerlo llegar a quienes mueren de hambre; ayunamos de muchas otras cosas, como la injusticia, la opresión, la marginación de los débiles, para hacerles llegar el cariño, el amor, la comprensión, el respeto y tantas otras muestras de afecto que necesitan.
La finalidad de todos estos actos es, no sólo hacernos cercanos a Dios y al prójimo, sino hacernos entrar en comunión de vida con ellos.
Sólo hay un riesgo que puede echarlo todo a perder: buscar nuestra propia gloria; querer ser recompensados, incluso por Dios, con la vida eterna; o por los hombres, con el aplauso y el reconocimiento público de lo que hemos hecho. Que el Señor no permitamos que esto suceda en nuestra vida.
El amor de Cristo nos apremia en esta Eucaristía a no quedarnos en una relación intimista con Él. Su Palabra ha calado hasta lo más profundo de nuestro ser; su entrega Pascual en este Memorial, que estamos celebrando, no sólo nos recuerda la gratuidad de Dios, sino su entrega en un amor sincero donde sólo busca hacernos partícipes de su vida y de los bienes definitivos.
Así como Él vino a servir y no a ser servido, a buscar únicamente la gloria de su Padre, así quiere que nosotros seamos un signo, en nuestro tiempo, de su generosidad, de su servicio y de procurar que, por medio de nuestras buenas obras, sea glorificado el Nombre de nuestro Padre que está en los cielos.
En la vida nos encontraremos siempre con aquellos pobres, de los que Jesús diría que los tendríamos siempre con nosotros. El Señor nos ha hecho un fuerte llamado a que socorramos a los necesitados; y que lo hagamos con alegría, pero además, que no lo hagamos como un simple espectáculo, pues la recompensa humana le habría quitado todo su valor a este acto de fe y de amor tan importante en la vida del creyente.
Y no hemos de dar las migajas que caen de nuestra mesa, ni lo que nos sobra después de habernos saciado. Así como Jesús nos ha sentado a su mesa y ha partido su pan para nosotros y, en ese gesto de amor lo hemos reconocido como el Dios-Amor, así hemos de sentar a nuestra mesa a los necesitados y hemos de partir nuestro pan para ellos de tal forma que, no por nuestras palabras, sino por nuestras obras, perciban, desde nosotros, la presencia amorosa del Señor en medio de ellos.
Sin embargo, esto no podremos lograrlo por nuestros esfuerzos, sino sólo por la presencia del Señor en nosotros que hace brillar, desde nosotros, su luz en medio de las tinieblas del dolor, del sufrimiento y de la pobreza de los que caminan oprimidos por toda esta suerte de desgracias.
Aprendamos, por eso, a encontrarnos con Dios con la sinceridad de quien lo busca, no para que los demás nos consideren santos y cumplidores, sino con la humildad de quien se sabe pecador y frágil y reconoce que sólo en el Señor encontrará la fortaleza para obrar conforme a la justicia.
Roguémosle al Señor, que nos conceda por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que, como Ella, aprendamos a escuchar su Palabra, a meditarla en nuestro corazón y a ponerla en práctica. Que esa Palabra nos haga ser constantemente, con nuestra vida, un lenguaje vivo de amor, de aliento y de ayuda para nuestros hermanos. Amén.

Homiliacatolica.com

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