Lecturas diarias: La vida – 4 de Marzo

Lecturas diarias: La vida – 4 de Marzo

Muchos tenemos un mapa de carreteras
que indica el curso que imaginamos
que deberían tomar nuestras vidas.

Es importante avanzar en la dirección correcta,
pero si quedamos atrapados por las preocupaciones
sobre nuestro destino final, olvidamos disfrutar
del paisaje, de cada nuevo día.

Recuerda que algunas de las secretas alegrías
de la vida no se encuentran en afanarse
en ir desde el punto A hasta el punto B,
sino, en inventar algunos otros puntos
imaginarios a lo largo del camino.

El viaje que estás realizando, es magnífico.
No temas explorar territorio desconocido.
Si llegas a perderte, vas a tropezar
con algunos de los descubrimientos
más interesantes que puedas hacer.

Deambula por caminos que nunca
has recorrido, o por otros que jamás volverás
a tener la oportunidad de recorrer.

La Vida no es una guía de viaje
que debes seguir, es una aventura
que hay que emprender.

Alin Austin

Evangelio del día 4 de marzo con el Padre Guillermo Serra

Evangelio según San Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’.

Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’.

Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’».

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