3 de Mayo – Una visión positiva… – Pascua

Una visión positiva sobre el fracaso

¿Quién no ha fracasado alguna vez en su vida?
La vida se encuentra repleta de éxitos y de fracasos,
y son estos últimos, los que nos hacen analizar
los hechos desde otra perspectiva, permitiéndonos
un mayor aprendizaje y cambio.

El fracaso es una emoción intensa e inevitable,
pero que también en ocasiones, resulta
ser beneficiosa para nuestro desarrollo personal.

El fracaso consiste en no lograr una serie de objetivos,
ya sean a corto o a largo plazo, acompañados
de sensaciones de malestar y frustración,
que todos hemos tenido que afrontar al menos
una vez en nuestras vidas.

Grandes genios de la historia fracasaron durante
sus vidas, reconociéndose su trabajo cuando murieron.

Asumir el fracaso, puede fortalecernos.
Cuando fracasamos, nuestra autoestima disminuye
y pueden comenzar a aparecer sentimientos de duda
y desconfianza sobre nuestros proyectos.

Es como si nos precipitáramos sobre un acantilado,
quedando solo un vacío, ya que nos identificábamos
con ese proyecto, y sin él, no somos nada.

Por ello es importante permitirnos fracasar
en el camino y no dejarnos vencer por el desaliento,
saber diferenciar lo que somos de aquello
que queremos, y conseguir superarlo.

Un dicho popular así lo expresa “Cada fracaso
le enseña al hombre algo que necesitaba aprender”

Fracasar nos lleva en muchas ocasiones a analizar
los hechos desde otra perspectiva, para saber
el motivo de nuestro fracaso, el porqué
de la aparición de resultados no deseados.

El hecho de fracasar no constituye el fin del mundo,
ni el final de aquello en lo que se ha fracasado,
sino que podemos considerarlo como el inicio
de un proceso de superación.

Fracasar sin después intentarlo, sí constituye
el auténtico fracaso. Un error o un fallo pueden ser
un contratiempo, pero siempre hay opción para
una segunda o tercera oportunidad de intento.
Lo importante es analizar el fracaso, averiguar
el porqué de éste y comenzar de nuevo.

Cada persona debe conocer sus errores,
corregirlos y superarlos, planteando nuevas
estrategias. Muchas cosas en la vida,
se aprenden tras haber fracasado.

El éxito continuo es algo imposible.
Erramos para aprender nuevas lecciones
que incorporar a nuestro desarrollo personal,
para descubrir cómo se desenvuelve la realidad.

El fracaso puede resultar algo pasajero
si no nos damos por vencido, de lo contrario
podría convertirse en algo permanente.

Cápsulas Litúrgicas

En la Plegaria Eucarística, luego de la consagración, la aclamación: «Este es el Misterio de la fe» sólo debe ser pronunciada o cantada por el sacerdote, ya que es parte integrante de dicha Plegaria, por lo que no corresponde que el diácono o un laico pronuncie o cante dicha aclamación.

«La proclamación de la Plegaria Eucarística, que por su misma naturaleza es como la cumbre de toda la celebración, es propia del sacerdote, en virtud de su misma ordenación. Por tanto, es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística, por lo tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote.» (Instrucción “Redemptionis Sacramentum”, N.52)

«Después de la consagración, habiendo dicho el sacerdote: Este es el Sacramento de nuestra fe, el pueblo dice la aclamación, empleando una de las fórmulas determinadas.» (Instrucción General del Misal Romano, N. 152)

«Por eso se prescribe en el Misal Romano que es únicamente el sacerdote quien pronuncia la plegaria eucarística, mientras el pueblo de Dios se asocia a ella con fe y en silencio.» (Ecclesia de Eucharistia, N.28)

«La proclamación de la Plegaria Eucaristíca que, por su naturaleza, es como el culmen de toda la celebración, está reservada al sacerdote, en virtud de su ordenación. Por tanto, es un abuso hacer decir algunas partes de la Plegaria Eucarística al diácono, a un ministro inferior o a los fieles.» (Instrucción “Inaestimabile Donum”, n. 4 – Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, aprobada el 17 de abril de 1980 por el Santo Padre Juan Pablo II)


Evangelio según San Juan 3, 13-17


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