VI Domingo de Pascua

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VI DOMINGO DE PASCUA/CICLO C

26 DE MAYO DE 2019

CREER EN LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

    En este tiempo de Pascua, estamos celebrando la Resurrección de Jesús, el acontecimiento más importante de la historia para un creyente, la victoria de Cristo sobre la muerte,  la victoria de la vida y del amor de Dios, más fuerte que el pecado y las limitaciones del hombre. Y como cristianos, que hemos sido hechos hijos de Dios en Cristo por el Bautismo, celebramos que los que creemos en Jesús resucitado también resucitaremos a la vida eterna.

     Creer en la Resurrección no es una cuestión de más o menos inteligencia, tampoco es cuestión de comprender cómo podrá darse o cómo es posible.  Creer en la Resurrección es sobre todo una cuestión de confianza.  Confianza en Cristo, en sus palabras y en su promesa de que tendrían la vida eterna todos los que a lo largo de los siglos quisieran acogerle, confianza en aquellos  testigos de la resurrección que nos dicen que lo vieron vivo y que esa experiencia fue capaz de cambiar por completo sus vidas, confianza en los miles de testigos que a lo largo de la historia han creído y han dado su vida por esa fe y confianza también en el amor, en ese amor que sentimos y que, aunque muchas veces se nos muestra débil, también se nos muestra con necesidad de eternidad.  Confianza que en definitiva nos da valor y fuerza para seguir caminando por la vida, para seguir luchando por un mundo más justo y solidario, para amar siempre, cueste lo que cueste, porque la resurrección del Señor  Jesús nos dice que merece la pena el esfuerzo, que todos los gestos de amor y solidaridad son fecundos y transformados por Dios en vida verdadera.                              

LECTURAS DE LA EUCARISTÍA

1ª LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2. 22-29

         En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barsabá y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.»  Palabra de Dios.

COMENTARIO A LA 1ª LECTURA

        El texto de los Hechos de los Apóstoles nos habla de un problema que se presentó en las primeras comunidades cristianas que se iban formando y era que si los nuevos incorporados que venían del paganismo tenían que circuncidarse como los judíos.                           

SALMO 

Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8 
R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. 

2ª LECTURA

Lectura del libro del Apocalipsis 21,10-14. 22-23 
El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. 
A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas. La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero. Palabra de Dios.

COMENTARIO A LA 2ª LECTURA

     Un nuevo texto del Apocalipsis del apóstol Juan nos presenta la Jerusalén celestial que trae la gloria de Dios. Es la realidad del nuevo Reino que con sus luces y sus sombras, pero sin perder la paz y el sosiego tenemos que construir.                                         

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 14,23-29 
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 
– El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. 
La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo. Palabra de Dios  Final del formularioPrincipio del formulario

COMETARIO AL EVANGELIO

      En el Evangelio de hoy, Jesús propone a los que quieran seguirle un mandamiento nuevo: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Es el único fundamento de su Evangelio salvador, es el único signo por el que se conocerá a sus discípulos y no hay otro. Su “bandera”, enarbolada en la cruz, es amar a todos como él nos amó.    

PARA NUESTRA REFLEXIÓN PERSONAL

LA PAZ DE CRISTO ESTÉ CON NOSOTROS        

         Los primeros cristianos se saludaban deseándose mutuamente la «paz». Para ellos tenía un significado profundo. En una carta que el apóstol Pablo escribe a una comunidad cristiana de Asia Menor, les manifiesta su gran deseo: «Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones». Esta paz no es una ausencia de conflictos y tensiones. Tampoco una sensación de bienestar o una búsqueda de tranquilidad interior. Según el evangelio de Juan, la paz es el gran regalo de Jesús, es la herencia que ha querido dejar para siempre en sus seguidores: «Os dejo la paz, os doy mi paz».

         Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no  violencia; promover respeto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo. ¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué se vuelve una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera, tan elemental y sencilla, que nadie la toma en serio: sólo los hombres y mujeres que poseen paz interior pueden ponerla en la sociedad.

         Cualquiera no puede sembrar paz. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia, no se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo. La persona que lleva en su interior la paz de Cristo busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que nos enfrenta. Desde la Iglesia de Jesús tenemos que aportar concordia y reconciliación, llevando primero en nuestro corazón paz.