XV Tiempo ordinario – Guión para la eucaristía del 13 de Julio

DOMINGO XV DURANTE EL AÑO
Del propio – Verde
Isaías 55, 10-11 / Romanos 8, 18-23 / Mateo 13, 1-23
Salmo Responsorial Sal 64, 10-14

R/. “La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto”

Santoral:
San Enrique, San Eugenio de Cartago,
Profeta Joel , Santa Mildred y Beato
Carlos Manuel Rodríguez

LECTURAS DEL DOMINGO 13 DE JULIO DE 2014

DOMINGO XV DURANTE EL AÑO

La lluvia hace germinar la tierra
Lectura del libro de Isaías
55, 10-11

Así habla el Señor:
Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo
y no vuelven a él sin haber empapado la tierra,
sin haberla fecundado y hecho germinar,
para que dé la semilla al sembrador
y el pan al que come,
así sucede con la palabra que sale de mi boca:
ella no vuelve a mí estéril,
sino que realiza todo lo que Yo quiero
y cumple la misión que Yo le encomendé.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 64, 10-14

R. La semilla cayó en tierra fértil y dio fruto.

Visitas la tierra, la haces fértil
y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua,
y así preparas sus trigales. R.

Riegas los surcos de la tierra,
emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros
y bendices sus brotes. R.

Tú coronas el año con tus bienes,
y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto
y las colinas se ciñen de alegría. R.

Visitas la tierra, la haces fértil.
Las praderas se cubren de rebaños
y los valles se revisten de trigo:
todos ellos aclaman y cantan. R.

Toda la creación espera ansiosamente
la revelación de los hijos de Dios

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 8, 18-23

Hermanos:

Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros. En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios. Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza. Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando a plena realización de nuestra filiación adoptiva, la redención de nuestro cuerpo.

Palabra de Dios.

EVANGELIO

El sembrador salió a sembrar

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
13, 1-23

Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y éstas, al crecer, las ahogaron. otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»
Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

“Por más que oigan, no comprenderán,
por más que vean, no conocerán.
Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido,
tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos,
para que sus ojos no vean,
y sus oídos no oigan,
y su corazón no comprenda,
y no se conviertan,
y yo no los sane”.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: éste es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».

Palabra del Señor.

Reflexión

LA TIERRA QUE ACOGE LA SEMILLA DE LA PALABRA

1.- El encargo que Dios nos encomienda.

Nos dice el profeta Isaías que la lluvia y la nieve riegan la tierra y la hacen germinar y dar fruto. De la misma manera, la Palabra que sale de Dios no volverá a El vacía, sino que trasformará nuestra vida para que demos fruto.

Esto nos dice que, entre la provisión de Dios (lluvia y nieve) y lo que llega a nuestras manos (semilla y pan), está el trabajo de cultivar y cuidar la tierra, ahuyentando las aves que pueden arrebatar la semilla, quitando las piedras que impedirán que eche raíces profundas y eliminando las hierbas que robarán sus nutrientes…

La vivencia de la Palabra de Dios tiene también sus dificultades, pero Dios nos ayudará para que nosotros hagamos posible que se cumpla el encargo que nos da a cada uno: construir el Reino de Dios. El, nos dice el Salmo 64, prepara la tierra –nosotros–, la riega y la “enriquece sin medida”.

2.- Ser tierra fértil.

En la parábola evangélica Jesús mismo se compara con el sembrador, que siembra con confianza la semilla de su palabra en la tierra de los corazones humanos. El fruto no depende únicamente de la semilla, sino también de las diversas situaciones del terreno, es decir, de cada uno de nosotros.

Jesús mismo dio una explicación de la parábola. La semilla devorada por las aves evoca la intervención del maligno, que lleva al corazón la incomprensión del camino de Dios, que es siempre el camino de la cruz. La semilla sin raíz describe la situación en la que se acepta la Palabra sólo exteriormente, sin la profundidad de adhesión a Cristo y el amor personal a El, necesarios para conservarla.

La semilla ahogada remite a las preocupaciones de la vida presente, a la atracción que ejerce el poder, al bienestar y al orgullo. La Palabra no da fruto automáticamente: aunque es divina, y por tanto omnipotente, se adapta a las condiciones del terreno, o mejor aún, acepta las respuestas que le da el terreno, y que pueden ser también negativas.

Porque, en el fondo, la semilla sembrada en los diversos terrenos es Jesús mismo La lectura de esta parábola y de la explicación que dio Jesús a sus discípulos suscita en nosotros una reflexión necesaria: nosotros somos la tierra en donde el Señor siembra incansablemente la semilla de su Palabra y de su amor.

¿Con qué disposiciones la acogemos? ¿Cómo la hacemos fructificar? Dios nos encomienda hoy a todos nosotros el tesoro de esta Palabra, haciéndonos, siendo el sembrador confiado que siembra en el secreto del corazón de cada uno la “buena nueva” del Reino. Debemos ser la tierra fértil y buena que, con la abundancia de sus frutos, realiza las expectativas de la Iglesia y del mundo.

3.- Jesús nos asegura que la semilla sí dará fruto.

Que a pesar de que este mundo nos parece terreno estéril -la juventud de hoy, la sociedad distraída, la falta de vocaciones, los defectos que descubrimos en la Iglesia, Dios ha dado fuerza a su Palabra y germinará, contra toda apariencia. No tenemos que perder la esperanza y la confianza en Dios. Es él quien, en definitiva, hace fructificar el Reino, no nosotros. Nosotros somos invitados a colaborar con él. Pero el que da el incremento y el que salva es Dios.

José María Martín OSA
www.betania.es


LLAMADOS A DAR O HACER ALGO

Avanza el mes de julio y también el Tiempo Ordinario con el que vamos descubriendo, siguiendo y escuchando los pensamientos y estilo de Jesús de Nazaret.

1. En estos tres próximos domingos, incluido el de hoy, vamos a meditar tres impresionantes parábolas conocidas como las parábolas del Reino.

¿Qué pretenden? Ni más ni menos que sensibilizarnos, interpelarnos seriamente en el cómo vivimos nuestra fe y si hacemos algo por transmitirla a los demás.

¡Cuántas cosas recibimos de Dios! Hay algunos que dicen que no; que todo lo que son, adquieren, mueven y disfrutan, es fruto de la casualidad o del propio esfuerzo.

Los creyentes, sin embargo, sabemos que Dios dirige como nadie esta complicada maquinaria del mundo y que, nada de lo que acontece en él, ocurre sin su consentimiento.

Qué bueno sería que saboreásemos la parábola de este domingo. Salió el sembrador a sembrar y, encontró a gente como nosotros. Y por si no nos hemos dado cuenta, nosotros, somos campo y sembradores a la vez. ¿Que…cómo puede ser? ¿Que es imposible? ¡Somos siembra y sembrador!

Desde el día de nuestro Bautismo, el Señor, puso en nosotros la semilla de la fe. A continuación, con el paso de los años, en el campo de nuestra vida espiritual, el Señor ha ido depositando, una y otra vez, simientes de su amor, de su Eucaristía, del Sacramento de la

Reconciliación. ¿O es que, los sacramentos, no son pepitas de las buenas, de esas que crecen y nos hacen fuertes frente a tantas adversidades?

Pero, como en los campos castigados por la sequía o por la cizaña, también con nosotros ocurre algo parecido: o queremos y no podemos, o dejamos malograr aquello que Dios depositó en lo más hondo de nuestras entrañas.

2. ¿Qué tal va la cosecha?

Nos pregunta el Señor en este domingo. Que ¿qué tal va, Señor? ¡Aquí nos tienes! Lo intentamos; queremos ser de los tuyos, pero somos muy nuestros; queremos dar la cara por ti, pero tenemos miedo a que nos lastimen; nos gustaría anunciar tu Reino, pero preferimos sentarnos frente al televisor y dejarnos seducir por los anuncios de bienes pasajeros.

Es así, amigos; nuestra vida cristiana ha estado muy acostumbrada a recibir. ¿Y cuando vamos a dar? ¿Como San Pablo, sabemos de quién nos hemos fiado? Un campo, como el de los cristianos, no puede estar en permanente vacación. Mejor dicho; una vida, como la de los cristianos, no puede conformarse con mirar hacia el cielo; con esperar a que todo se nos dé hecho.

Hemos recibido mucho y, en justicia y por contraprestación, por amor a Dios y por coherencia, hemos de brindar algo de lo mucho que Dios nos da. ¿Lo intentamos?

-Los que sois padres ¿por qué no os involucráis un poco más en la educación cristiana de vuestros hijos? ¿Estáis dando el tanto por ciento que Dios espera de vosotros?
-Los que somos sacerdotes ¿anunciamos el Reino con todas las consecuencias o…lo hacemos de una forma dulce y descafeinada para no herir sensibilidades? ¿Tal vez –como dice Papa Francisco– más funcionarios que consagrados?
-Los que sois políticos o tenéis algún cargo de responsabilidad ¿Lo hacéis para todos o sólo para algunos?
-Los que sois jóvenes ¿sentís, en vuestra vida, algo más que la pura apariencia, las prisas, el disfrute o la fiesta?
-Los que sois niños ¿os dais cuenta de lo mucho que otros hacen por vosotros?
Un campo, el espiritual, que no se cuida, el día de mañana nos pasa factura.

3. Sí; es verdad.

Tenemos que hacer todos algo más. ¡Hemos recibido tanto! ¡No podemos guardar, el tesoro de la fe, en el banco de nuestros propios intereses. No podemos consentir que, la semilla de la fe, se pierda por falta de interés, por timidez, por falsas vergüenzas o, simplemente, porque ya no nos hemos preocupado de regalarla con el abono de la oración, la Palabra de Dios, la caridad o la Eucaristía dominical.

Por cierto, hoy más que nunca, el sembrador sigue mirando y saliendo a sus campos. El Señor, sigue observando a los creyentes y ¡cuánto espera de ellos! ¡Cuánto espera de nosotros!

¿Estamos dispuestos hacer algo por Cristo?

Para muestra un botón; miremos a nuestro alrededor. ¡Cuántas almas secas! ¡Cuántos corazones que palpitan con todo y de todo, menos con Dios! ¡Cuánto maligno disfrazado de bienestar aparente!

Si, amigos; a tiempos difíciles….cristianos valientes y convencidos. En tiempos de incredulidad; hombres y mujeres que sepan en quién creen, por qué y para qué. Hay que huir del “cristiano bajo mínimos” y lanzarnos con todas las consecuencias, con audacia y entusiasmo, a la siembra de Cristo en el mundo.

Y es que, un domingo más, sale el sembrador….y malo será que nos encuentre al “0” por ciento.

Javier Leoz

Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar