Evangelio del día 11 de julio

Evangelio del día 11 de julio

Isaías 1, 10-17 / Mateo 10, 34—11, 1
Salmo responsorial Sal 49, 8-9. 16b-17. 21. 23
R/. “¡El justo gozará la salvación de Dios!”

Santoral:
San Benito, Santa Olga, Santas Ana Xin de An,
María Guo de An, Ana Jiao de An
y María An Linghua

Lávense,
aparten de mi vista la maldad de sus acciones

Lectura del libro de Isaías
1, 10-17

¡Escuchen la palabra del Señor,
jefes de Sodoma!
¡Presten atención a la instrucción de nuestro Dios,
pueblo de Gomorra!

¿Qué me importa la multitud de sus sacrificios?
-dice el Señor-.
Estoy harto de holocaustos de carneros
y de la grasa de animales cebados;
no quiero más sangre de toros, corderos y chivos.
Cuando ustedes vienen a ver mi rostro,
¿quién les ha pedido que pisen mis atrios?
No me sigan trayendo vanas ofrendas;
el incienso es para mí una abominación.
Luna nueva, sábado, convocación a la asamblea…
¡no puedo aguantar la falsedad y la fiesta!
Sus lunas nuevas y solemnidades
las detesto con toda mi alma; :
se han vuelto para mí una carga
que estoy cansado de soportar.
Cuando extienden sus manos,
Yo cierro los ojos;
por más que multipliquen las plegarias,
Yo no escucho:
¡las manos de ustedes están llenas de sangre!
¡Lávense, purifíquense,
aparten de mi vista
la maldad de sus acciones!
¡Cesen de hacer el mal,
aprendan a hacer el bien!
¡Busquen el derecho,
socorran al oprimido,
hagan justicia al huérfano,
defiendan a la viuda!

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSO
RIAL 49, 8-9. 16b-17. 21. 23

R.
¡El justo gozará la salvación de Dios!

No te acuso por tus sacrificios:
¡tus holocaustos están siempre en mi presencia!
Pero yo no necesito los novillos de tu casa
ni los cabritos de tus corrales. R.

¿Cómo te atreves a pregonar mis mandamientos
y a mencionar mi alianza con tu boca,
tú, que aborreces toda enseñanza
y te despreocupas de mis palabras? R.

Haces esto, ¿y Yo me voy a callar?
¿Piensas acaso que soy como tú?
Te acusaré y te argüiré cara a cara.
El que ofrece sacrificios de alabanza
me honra de verdad. R.

EVANGELIO

No vine a traer la paz, sino la espada

a
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
10, 34–11, 1

Jesús dijo a sus apóstoles:
«No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí.
El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.
El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará.
El que los recibe a ustedes me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.
El que recibe a un profeta por ser profeta tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo tendrá la recompensa de un justo.
Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo no quedará sin recompensa».
Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí, para enseñar y predicar en las ciudades de la región.

Palabra del Señor.

Reflexión

Is. 1, 10-17. Dios no espera de nosotros un rito bien cumplido y esplendoroso; lo que quiere es que le entreguemos nuestro corazón. Un corazón limpio, purificado, sin manchas de sangre, sin injusticias, sin opresión de inocentes. No pensemos que por presentarnos ante Él para alabar su Santo Nombre por eso Él ya nos contempla con agrado. No es lo externo lo que Él espera de nosotros. Él nos quiere a nosotros; quiere que nos presentemos ante Él no como extraños y advenedizos, sino como hijos suyos, dispuestos a dejarnos amar y transformar por Él; dispuestos a escuchar su Palabra y a ponerla en práctica; dispuestos a no continuar haciendo el mal a los demás, sino a hacer el bien, convertidos, incluso, en un signo creíble de su amor salvador para la humanidad entera. Llevando así una vida de amor, que se hace entrega en favor del bien y de la salvación de los demás, podremos decir que, junto con el sacrificio de su Hijo, le ofrecemos a nuestro Dios y Padre toda nuestra vida como una ofrenda agradable en su presencia.

Sal. 50 (49). Dios ha sido siempre bueno con nosotros, pues su amor, su fidelidad y su misericordia para con nosotros son eternos. Él jamás se olvida de que somos sus hijos. Él tampoco se olvida de que somos barro, inclinados al mal desde nuestra más tierna adolescencia. A pesar de nuestra frágil realidad y de que muchas veces nos hemos dejado dominar por nuestra concupiscencia y avidez desordenada, Él nos ha amado hasta el extremo, entregándonos a su propio Hijo para el perdón de nuestros pecados. El no sólo quiere perdonarnos, sino que nos quiere junto a Él, como hijos, eternamente libres del pecado y de la muerte. A nosotros corresponde no sólo ofrecerle sacrificios como ritos meramente externos y sin trascendencia; nuestra Eucaristía debe convertirse en la ofrenda de nuestra propia vida, unida a la de Cristo para que, consagrados a Dios, pasemos haciendo el bien como lo hizo Cristo entre nosotros. Honremos así a nuestro Padre Dios, con un corazón agradecido, y seamos fieles al Evangelio de Cristo para que encontremos en Él la salvación eterna, que Dios nos ofrece y que quiere que sea nuestra para siempre en su Reino Celestial.

Mt. 10, 34-11,1. Optar por Jesús significa estar con Él en una Alianza, nueva y eterna, mucho más fuerte e íntima que la misma alianza nupcial. Efectivamente entre Cristo y sus discípulos habrá una identificación tal que quien vea, trate y escuche al discípulo, estará experimentando la presencia amorosa y salvadora del Señor, que continuará presente en el mundo y su historia por medio de su Iglesia. Nada ni nadie debe interponerse entre Cristo y aquel que ha entrado en alianza con Él; ni siquiera los lazos familiares. Todo esto exigirá una fidelidad tal que sea imposible romperla a causa de las persecuciones, o de la muerte que haya de padecer el discípulo al tomar su cruz de cada día, e ir tras la huellas de Cristo hacia la participación de la Gloria que le corresponde como a Hijo Unigénito del Padre; pues, perdiendo nuestra vida por Él y por nuestro prójimo tendremos Vida eterna. Si acogemos a Cristo y le servimos con un verdadero amor fraterno, viendo en nuestro prójimo la presencia del Señor, a quien amamos y servimos, recibiremos recompensa de hijos de Dios. Démoslo todo en amor por Dios y por nuestro prójimo; entonces nuestra recompensa será grande en los cielos.
El Señor nos reúne en esta celebración Eucarística. Él se entrega totalmente a nosotros. Ojalá y no vengamos sólo a celebrar externamente un rito sagrado, sino que vengamos con la firme decisión de entrar en Alianza nueva y eterna con Dios, para tenerlo por Padre nuestro; pero también para ser sus hijos, manifestándonos como tales mediante una vida llena de buenas obras. El Señor, cargando sobre sí nuestros pecados, ha clavado en la cruz el documento que nos condenaba, para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó. ¿Seremos capaces de cargar sobre nuestros hombros nuestra cruz de cada día, y clavar en ella todo aquello que nos divide, o que sirve de ocasión de injusticia, de escándalo entre nosotros, para que ya no nos dañemos unos a otros, para que vivamos como hermanos unidos por un mismo amor y un mismo Espíritu?
La Iglesia, Sacramento de Salvación en el mundo y para el mundo, continúa la presencia salvadora de Cristo en la historia. El Señor dirá a sus discípulos: quien los escucha a ustedes, a mí me escucha; quien los rechaza a ustedes, a mí me rechaza. Debemos tomar conciencia de que somos Signo de Cristo en el mundo y su historia, pues de lo contrario nos podemos quedar demasiado lejos del Proyecto de Amor que Dios tiene de su Iglesia y de la Misión que le ha confiado. Quien se olvida de que Cristo quiere continuar por medio de su Iglesia su obra de salvación a favor de las personas de todos los tiempos y lugares, tal vez hable de un modo erudito acerca de Cristo y de su Evangelio, pero se olvidará de ser el primero en vivir lo que anuncia, y de convertirse en la Cercanía del Dios y Padre Misericordioso, que se hace compañero de viaje nuestro para ofrecernos su perdón, su alegría, su paz y la Vida eterna.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, la gracia de vivir como hijos suyos, y de ser portadores de la Gracia que nos ha concedido en Cristo Jesús para que la hagamos llegar a la humanidad entera mediante nuestras palabras, nuestras obras y nuestra vida misma. Amén.

Homiliacatolica.com

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