Evangelio del día 4 de noviembre

Evangelio del día 4 de noviembre, Ciclo B año impar

Carta de San Pablo a los Filipenses 3,17-21.4,1.
Sigan mi ejemplo, hermanos, y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado.
Porque ya les advertí frecuentemente y ahora les repito llorando: hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo.
Su fin es la perdición, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra.
En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo.
El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio.
Por eso, hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren firmemente en el Señor.

Salmo 122(121),1-2.3-4a.4b-5.
¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la Casa del Señor!»
Nuestros pies ya están pisando
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén, que fuiste construida
como ciudad bien compacta y armoniosa.
Allí suben las tribus,
las tribus del Señor.

Porque allí está el trono de la justicia,
el trono de la casa de David.

Evangelio según San Lucas 16,1-8.
Jesús decía a sus discípulos:
“Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes.
Lo llamó y le dijo: ‘¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto’.
El administrador pensó entonces: ‘¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza.
¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!’.
Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ‘¿Cuánto debes a mi señor?’.
‘Veinte barriles de aceite’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez’.
Después preguntó a otro: ‘Y tú, ¿cuánto debes?’. ‘Cuatrocientos quintales de trigo’, le respondió. El administrador le dijo: ‘Toma tu recibo y anota trescientos’.
Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.”

 

Evangelio del día
Evangelio del día

Evangelio del día 4 de noviembre, Ciclo B año impar
Romanos 13, 8-10 / Lucas 14, 25-33
Salmo responsorial Sal 111, 1-2.4-5.9
R/. “Feliz el que se compadece y da prestado”

Santoral:
San Carlos Borromeo, San Emérico,
San Amancio y San Jesse

El amor es la plenitud de la ley

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Roma
13, 8-10

Hermanos:
Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo: el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos: “No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás”, y cualquier otro, se resumen en éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 111, 1-2.4-5.9

R. Feliz el que se compadece y da prestado.

Feliz el hombre que teme al Señor
y se complace en sus mandamientos.
Su descendencia será fuerte en la tierra:
la posteridad de los justos es bendecida. R.

Para los buenos brilla una luz en las tinieblas:
es el Bondadoso, el Compasivo y el Justo.
Dichoso el que se compadece y da prestado,
y administra sus negocios con rectitud. R.

Él da abundantemente a los pobres:
su generosidad permanecerá para siempre,
y alzará su frente con dignidad.
Feliz el hombre que teme al Señor. R.

EVANGELIO

El que no renuncia a todo lo que posee
no puede ser mi discípulo

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
14, 25-33

Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre ya su madre, a su mujer ya sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: «Éste comenzó a edificar y no pudo terminar».
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee no puede ser mi discípulo.

Palabra del Señor.

Reflexión

Rom. 13, 8-10. La Ley y los profetas se resumen en el amor. Quien no ama a su prójimo no conoce a Dios, porque Dios es amor. Toda la Escritura nos hace conocer el amor que Dios nos tiene; y por eso, si queremos escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios, hemos de llegar al amor perfecto; si no caminamos hacia esa perfección en vano creemos en Dios, y en vano querremos hacer nuestra su Vida. Sabemos que hemos pecado. Y el pecado ha oscurecido en nosotros el amor y la capacidad de amar. Cristo ha venido a liberarnos del pecado y de la muerte. El hombre reconciliado es aquel que ha recuperado, por medio de Cristo, la capacidad de amar. El hombre perfecto en Cristo es aquel que ama como nosotros hemos sido amados por Él. Hagamos nuestro el amor de Cristo y lleguemos a la perfección que Dios quiere de nosotros.

Sal. 111. Temer al Señor y amarlo de corazón no es sentir cosquillas en el pecho; es tenerlo en nuestro corazón como el único Dios, centro de nuestra vida, de nuestras obras, de nuestros pensamientos y palabras. Quien tiene a Dios consigo camina guiado por su Espíritu para vivir siendo justo, clemente, compasivo y honrado. Quien vive sin Dios se convierte en un injusto, en un malvado, en un usurero, en un delincuente, en alguien que aplasta al pobre y lo destruye. Si queremos ser bendecidos por Dios amémoslo de corazón y seamos fieles a sus mandatos y enseñanzas.

Lc. 14, 25-33. Calcular el costo de nuestro seguimiento a Cristo: Renuncia a poner nuestra seguridad en los bienes temporales y a aquello que nos da seguridad en este mundo: nuestros padres, esposa, hijos, hermanos; e, incluso, uno mismo; saber que hemos de cargar nuestra cruz de cada día haciendo nuestros los dolores, sufrimientos, limitaciones, enfermedades y pecados de los demás para darles una solución adecuada en Cristo; aceptar que en lugar de endurecerle la vida a los demás o hacérsela más pesada, se las aliviaremos y haremos más llevadera. Eso es lo que aceptamos vivir por seguir amorosamente a Cristo. Y lo seguimos para llegar, junto con Él, hasta el extremo de morir en el calvario por amor a los demás. Pero la muerte no tendrá para nosotros la última palabra, sino la vida; pues siguiendo a Cristo pasaremos por la muerte, resucitando junto con Él para ser glorificados también junto con Él. Ante ese panorama que se nos presenta, lancémonos alegres y llenos de valor, cargando nuestra cruz de cada día, para alcanzar la corona y la gloria que Dios nos ofrece.
En esta Eucaristía el Señor nos manifiesta cuánto nos ama, dando su vida por nosotros, y haciéndonos partícipes de la Vida que Él recibe de su Padre Dios. En su amor por nosotros, Él cargó sobre sí nuestros pecados para redimirnos de ellos clavándolos en la cruz; por eso se convirtió para nosotros en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Entremos en comunión de vida con Él y estemos dispuestos a ir tras sus huellas, cargando nuestra cruz de cada día. Entonces no sólo estaremos dando culto a Dios, sino amándolo por serle fieles a su mandato de amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado a nosotros.
Carguemos con nuestra cruz de cada día, siendo fieles a la misión que el Señor nos confió de anunciar su Evangelio. Seamos un Evangelio encarnado del amor de Dios para los demás. Pasemos, como Cristo, haciendo el bien a todos. Así edificaremos la Iglesia sobre el Cimiento sólido y Piedra angular, que es Cristo al renunciar a nuestros gestos amenazadores, a nuestros egoísmos, a nuestras injusticias, a nuestras pasiones desordenadas, a nuestras inclinaciones enfermizas al dinero o al poder. Sabiendo que quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie viviremos como una Iglesia que se edifica, día a día en el amor. Cristo nos quiere libres de toda carga de maldad, de todo pecado, de toda injusticia y de todo signo de muerte; pues de lo contrario en lugar de cargar la cruz de nuestra entrega a favor del Evangelio, sólo aparentaríamos ir hacia el Señor quedando entrampados en la condenación y la muerte, consecuencia de nuestras esclavitudes al pecado. Trabajemos por construir el Reino de Dios entre nosotros esforzándonos para que brille la justicia, la clemencia y la compasión; que el amor sea algo real y concreto, y no sólo un buen deseo, convertido en espejismo engañoso.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con lealtad nuestra fe en Cristo, para que, siendo luz en medio de las tinieblas del mundo, colaboremos para que todos encuentren el camino que lleva a Cristo, Luz de las naciones y Salvación para todos los hombres. Amén.

Homiliacatolica.com

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