Lecturas diarias: 18 de Enero – El arte de vivir + [Vídeo oración]

Sábado, 18 de enero de 2014
Semana 1ª durante el año
Feria o Memoria libre – Verde / Blanco
1 Samuel 9, 1-6. 10. 17-19; 10, 1a / Marcos 2, 13-17
Salmo responsorial Sal 20, 2-7
R/. “¡EI rey se regocija por tu fuerza, Señor!”

Santoral:
Santa Prisca (Priscila) y San Liberto

El arte de vivir

Amo a la gente que vive a mi alrededor;
amo la alegría y por eso me la encuentro
junto a mí; amo la amistad y por eso
recojo estrellas, y mi vida es una delicia.
No tengo nada y puedo disfrutar de todo.
¡Hay tanto que recibir mirando las cosas
pequeñas y la gente sencilla y buena!
¡Hay así tantas sorpresas y milagros
que descubrir con los ojos abiertos o cerrados!
En cada cosa existe escondido un recuerdo
del paraíso perdido.

Ser capaces de advertirlo es lo que constituye
el arte de vivir. Sé que no es fácil tocar el cielo,
pero sé con mayor certeza que resulta imposible
si el cielo no entra en mí.

El cielo debe empezar en la tierra,
dondequiera que los hombres sean amigos,
y donde la bondad se puede transmitir
de mano en mano, aliada a la alegría.

Sin embargo, todo cielo tiene nubes.
Vivir es una aventura apasionante, con Dios
y con los hombres, en un mundo de luces y tinieblas.
No quiero ser un héroe, ni un mártir, sino un pilluelo
que recoge las flores olvidadas y se ríe de los grandes
de la tierra que se apoyan en el poder y la riqueza.
Amo a la alegría y por eso la encuentro junto a mí.

Amo la amistad y por eso recojo estrellas
y mi vida es una maravilla.

Phil Bosmans

Liturgia – Lecturas del día

Sábado, 18 de Enero de 2014

Éste es el hombre de quien te dije que regirá a mi pueblo

Lectura del primer libro de Samuel

9, 1-6. 10. 17-19; 10, 1ª

Había un hombre de Benjamín llamado Quis, hijo de Abies, hijo de Seror, hijo de Becorat, hijo de Afiaj, hijo de un benjaminita. El hombre estaba en muy buena posición, y tenía un hijo llamado Saúl, que era joven y apuesto. No había entre los israelitas otro más apuesto que él; de los hombros para arriba, sobresalía por encima de todos los demás.

Una vez, se le extraviaron las asnas a Quis, el padre de Saúl. Quis dijo entonces a su hijo Saúl: «Lleva contigo a uno de los servidores y ve a buscar las asnas». Ellos recorrieron la montaña de Efraím y atravesaron la región de Salisá, sin encontrar nada. Cruzaron por la región de Saalém, pero no estaban allí. Recorrieron el territorio de Benjamín, y tampoco las hallaron.

Cuando llegaron a la región de Suf, Saúl dijo al servidor que lo acompañaba: «Volvámonos, no sea que mi padre ya no piense más en las asnas y esté inquieto por nosotros». Pero el servidor le respondió: «En esta ciudad hay un hombre de Dios. Es un hombre muy respetado: todo lo que él dice sucede infaliblemente. Vamos allá; a lo mejor él nos indica el camino que debemos tomar». Saúl dijo a su servidor: «Está bien, vamos». Y se fueron a la ciudad donde estaba el hombre de Dios.

Cuando Samuel divisó a Saúl, el Señor le advirtió: «Éste es el hombre de quien te dije que regirá a mi pueblo».

Saúl se acercó a Samuel en medio de la puerta de la ciudad, y le dijo: «Por favor, indícame dónde está la casa del vidente».

«El vidente soy yo, respondió Samuel a Saúl; sube delante de mí al lugar alto. Hoy ustedes comerán conmigo. Mañana temprano te dejare partir y responderé a todo lo que te preocupa».

Samuel tomó el frasco de aceite y lo derramó sobre la cabeza de Saúl. Luego lo besó y dijo: «¡El Señor te ha ungido como jefe de su herencia!»

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 20, 2-7

R. ¡EI rey se regocija por tu fuerza, Señor!

Señor, el rey se regocija por tu fuerza,

¡y cuánto se alegra por tu victoria!

Tú has colmado los deseos de su corazón,

no le has negado lo que pedían sus labios. R.

Porque te anticipas a bendecirlo con el éxito

y pones en su cabeza una corona de oro puro.

Te pidió larga vida y se la diste:

días que se prolongan para siempre. R.

Su gloria se acrecentó por tu triunfo,

Tú lo revistes de esplendor y majestad;

le concedes incesantes bendiciones,

lo colmas de alegría en tu presencia. R.

EVANGELIO

No he venido a llamar a justos sino a pecadores

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos

2, 13-17

Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía a Él, y Él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». Él se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con Él y sus discípulos; porque eran muchos los que lo seguían. Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: «¿Por qué come con publicanos y pecadores?»

Jesús, que había oído, les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Palabra del Señor.

Reflexión

1Sam. 9, 1-4. 10. 17-19; 10, 1a. Saúl es el primero que ha sido ungido como jefe del Pueblo de Israel y constituido salvador del mismo.

Se inicia así el camino que culminará con el Ungido, o Mesías de Dios, Jesucristo, que será no sólo el salvador de un pueblo, sino el Salvador del mundo entero.

La forma como Dios cumple sus planes a veces son incomprensibles. La pérdida y búsqueda de unos animales lleva a Saúl hasta la presencia de Samuel, a quien Dios le dice: este es el que estará al frente de mi pueblo como Jefe, úngelo.

Pongámonos en manos de Dios; caminemos siempre en su presencia, sabiendo que Dios tiene un plan de salvación para nosotros.

Estemos abiertos para reconocer la voluntad de Dios y vivir conforme a ella para que Dios lleve adelante su obra de salvación en nosotros, y, por medio nuestro, a favor de todo el mundo, pues su Iglesia no puede inventarse sus propios caminos, sino caminar con un amor fiel en los designios maravillosos de Dios, que quiere que todos le conozcan y alcancen la salvación por medio de la Comunidad de creyentes.

Sal. 21 (20). Dios ha dado a su propio Hijo, Jesús, el poder sobre el pecado, el mal y la muerte. Y Él se ha levantado victorioso sobre sus enemigos; y a nosotros, que creemos en Él, nos ha hecho partícipes de esa victoria.

A pesar de que era el Hijo aprendió a obedecer padeciendo, y llegado a su perfección llevó consigo a todos los que creemos en Él a la participación de su misma Gloria.

Pero no basta confesar con los labios que Jesús es Señor de nuestra vida. Es necesario manifestar con las obras que en verdad nosotros permanecemos en Dios y Dios en nosotros.

Que Él nos conceda vivir sin esclavitudes al pecado; que nos ayude para que jamás seamos signos de muerte, sino más bien de vida, para cuantos nos traten.

Que llevemos el signo de la victoria de Cristo en nuestra propia vida por amar a los demás, como nosotros hemos sido amados por el Señor.

Mc. 2, 13-17. Jesucristo vino a buscar y a salvar todo lo que se había perdido. Y, nos dice san Pablo: Esta doctrina es segura y debe ser aceptada sin reservas: Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Si alguno dice que no tiene pecado, es un mentiroso y quiere hacer pasar a Dios también por mentiroso.

Dios envió a su propio Hijo para salvarnos a todos del pecado y para hacernos hijos suyos. Nadie puede creerse puro. Y si alguien viviese sin pecado, lo cual es muy difícil, pues la escritura dice que hasta el justo peca siete veces al día, debería ser el primero en compadecerse de quienes, viviendo bajo el dominio del pecado, han de ser liberados de sus esclavitudes y ser conducidos a Cristo para alcanzar en Él la salvación, pues Dios ha salido al encuentro del pecador para salvarlo, no para condenarlo, ni para apartarse de él.

Jamás despreciemos a quienes viven tal vez hundidos en grandes miserias. No huyamos de ellos. Por ellos Cristo dio su vida en la Cruz. Y para ellos Cristo fundó su Iglesia; pues en ella todos, sin excepción, han de encontrar el camino que les conduzca al Padre.

El Hijo de Dios, hecho uno de nosotros en la humildad de nuestra carne mortal, vivió cercano a los pobres y a los pecadores. Él vino a decirles y a demostrarles cuánto los sigue amando el Padre Dios.

Y nosotros, pobres y pecadores, hemos sido invitados, en este día, a participar, mediante esta Eucaristía, de la gran riqueza de salvación que Dios ha reservado para los suyos.

Y a nosotros nos quiere suyos. Para eso nos ha convocado en este día, para ofrecernos su perdón y para hacernos, nuevamente, partícipes de su vida divina.

¿Habrá acaso un amor más grande de Dios hacia nosotros? Dios nos quiere parte de su Reino y Familia. Para eso nos ha ungido con su Espíritu. Y llenos de su Espíritu nos quiere como signos de su salvación en el mundo y su historia.

Por eso Él le ha confiado a su Iglesia el ministerio de la reconciliación. No podemos, por tanto, conformarnos con proclamar el Evangelio del Señor a quienes ya viven cerca de Dios, sino que hemos de ir al encuentro de toda clase de pecadores, y, sin miedo a ser mal juzgados o criticados, anunciarles el gran amor que Dios nos tiene a todos.

Jesucristo convive y come con los pecadores. Los llama para que estén con Él, pues quiere convertirlos en testigos de su Evangelio. Con esas actitudes Él quiere hacernos entender que nadie puede hablar del amor y del perdón de Dios mientras no lo haya experimentado en su propia vida.

Por eso el Apóstol, el Testigo del Evangelio no es el erudito, sino el amigo de Dios. Esto no puede llevarnos a despreciar a quienes dedican su vida a investigar las cosas de Dios; pero mientras a estos sólo los hinche la ciencia y no vivan cercanos a Dios podrán dejarnos deslumbrados con sus investigaciones, pero de ahí no podrá surgir la salvación, pues son los sabios, sino los santos los que, por su unión con Dios, serán los auténticos colaboradores para que a todos llegue la salvación.

Efectivamente, la salvación vendrá del desierto; de aquellos que viven una relación íntima con Dios en un auténtico silencio sonoro. Quien escuche al Señor, quien se deje amar y transformar por Él, a pesar de que haya sido el más grande de los pecadores, podrá hablarnos, desde su propia experiencia, del Dios salvador, del Dios que es amor y que es misericordia.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la apertura necesaria para dejarnos amar, perdonar y enviar por Él. Que así, desde una vida que el mismo Señor restaure, podamos dar testimonio al mundo de cuánto nos ama Dios, y cómo para Él no cuentan los criterios humanos, sino sólo su amor, su bondad y su misericordia para quienes eligió para hacerlos uno con Cristo y convertirlos en testigos de su amor en el mundo. Amén.

Homiliacatolica.org

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