5 de Marzo – Dónde estarán las manos de Dios

5 de Marzo – Dónde estarán las manos de Dios

Cuando observo el campo sin arar, cuando los aperos
de labranza están olvidados, cuando la tierra está quebrada
y abandonada, me pregunto:
¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando observo la injusticia, la corrupción, el que explota al débil;
cuando veo al prepotente pedante enriquecerse del ignorante
y del pobre, del obrero y del campesino, carentes de recursos
para defender sus derechos, me pregunto:
¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando contemplo a esa anciana olvidada; cuando su mirada
es nostalgia y balbucea todavía algunas palabras de amor
por el hijo que la abandonó, me pregunto:
¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando veo al moribundo en su agonía llena de dolor;
cuando observo a su pareja y a sus hijos deseando
no verle sufrir; cuando el sufrimiento es intolerable y su lecho
se convierte en un grito de súplica de paz, me pregunto:
¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando miro a ese joven antes fuerte y decidido, ahora
embrutecido por la droga y el alcohol, cuando veo titubeante
lo que antes era una inteligencia brillante y ahora harapos
sin rumbo ni destino, me pregunto:
¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando a esa chiquilla que debería soñar en fantasías,
la veo arrastrar su existencia y en su rostro se refleja ya
el hastío de vivir, y buscando sobrevivir se pinta la boca
y se ciñe el vestido y sale su cuerpo a vender, me pregunto:
¿Dónde estarán las manos de Dios?

Cuando aquel pequeño a las tres de la madrugada me ofrece
su periódico, su miserable cajita de dulces sin vender,
cuando lo veo dormir en la puerta de un zaguán tiritando de frío,
con unos cuantos periódicos que cubren su frágil cuerpecito,
cuando su mirada me reclama una caricia, cuando lo veo
sin esperanzas vagar con la única compañía de un perro
callejero, me pregunto:
¿Dónde estarán las manos de Dios?

Y me enfrento a Él y le pregunto:
«¿Dónde están tus manos, Señor? para luchar por la justicia,
para dar una caricia, un consuelo al abandonado, rescatar
a la juventud de las drogas, dar amor y ternura a los olvidados».
Después de un largo silencio escuché su voz que me reclamó:
“No te das cuenta de que tú eres mis manos, atrévete a usarlas
para lo que fueron hechas, para dar amor y alcanzar estrellas».

Y comprendí que las manos de Dios somos «tú y yo»,
los que tenemos la voluntad, el conocimiento y el coraje
para luchar por un mundo más humano y justo, aquellos
cuyos ideales sean tan altos que no puedan dejar de acudir
a la llamada del destino, aquellos que desafiando el dolor,
la crítica y la blasfemia se reten a sí mismos
para ser las manos de Dios.

Señor, ahora me doy cuenta de que mis manos están sin llenar,
que no han dado lo que deberían dar, te pido perdón por el amor
que me diste y que no he sabido compartir, las debo usar
para amar y conquistar la grandeza de la creación.

El mundo necesita esas manos, llenas de ideales y estrellas,
cuya obra magna sea contribuir día a día a forjar una nueva
civilización, que busquen valores superiores, que compartan
generosamente lo que Dios nos ha dado y puedan al final llegar
vacías, porque entregaron todo el amor, para lo que fueron
creadas y Dios seguramente dirá:
¡Ésas son mis manos!

Evangelio del día 5 de marzo con el Padre Guillermo Serra

Evangelio según San Mateo 21, 33-43. 45-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud y a los sumos sacerdotes esta parábola: «Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora díganme: Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?» Ellos le respondieron: «Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo».

Entonces Jesús les dijo: «¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Al oír estas palabras, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús las decía por ellos y quisieron aprehenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud, pues era tenido por profeta.

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