Guión eucarístico para el XXIV Domingo del tiempo ordinario

Guión eucarístico para el XXIV Domingo del tiempo ordinario – Ciclo C

NUESTRO DIOS, EL PADRE BUENO

      En la parábola del “hijo pródigo”, que más bien podríamos llamar del “padre bueno”, Jesús nos presenta a Dios como Él lo experimentaba, como un padre increíblemente bueno, un padre que respeta las decisiones de sus hijos, que no impone su autoridad, un padre que ve con tristeza cuando un hijo se aleja de él, pero que aún así nunca se olvida de él. Jesús en esta parábola nos presenta a un Dios que siempre está esperando el regreso de sus hijos para acogerlos sin pedirles explicaciones y ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional. 

          Exegetas contemporáneos han abierto una nueva vía de lectura de la parábola para descubrir en ella la tragedia de un padre que a pesar de su amor “increíble” por sus hijos no logra construir una familia unida.

Esa sería, según Jesús, la tragedia de Dios. Dios quiere ver a sus hijos sentados a la misma mesa, compartiendo amistosamente un banquete festivo por encima de enfrentamientos, odios y condenas. Nuestro Dios, el Padre Bueno, quiere una humanidad que comparta la Tierra de manera digna y dichosa mirándose con el amor compasivo de Dios. 

        Es posible que a muchos seguidores de Jesús nos pase como al “hijo mayor”, que nunca nos hemos apartado de Dios, pero nuestro corazón ha podido estar alejado de Él, hemos cumplido los mandamientos, pero quizás no hemos aprendido a amar como Dios quiere acogiendo al necesitado y perdonando cuando sea necesario. Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, practicantes y alejados, matrimonios bendecidos por la Iglesia y parejas en situación irregular.

Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos e hijas, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad sólo de los buenos ni de los practicantes. Dios es Padre de todos sin excepción. Debemos construir comunidades cristianas abiertas que sepan comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes.        

LECTURAS PARA LA EUCARISTÍA 

1ª LECTURA
Lectura del libro del Éxodo 32,7-11. 13-14 

En aquellos días dijo el Señor a Moisés: 
– Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un toro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: «Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto». 

Y el Señor añadió a Moisés: 
– Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo. 

Entonces Moisés suplicó al Señor su Dios: 
– ¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta?

Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac y Jacob a quienes juraste por ti mismo diciendo: «Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre». 
Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo. Palabra de Dios.

COMENTARIO A LA 1ª LECTURA

El Pueblo elegido, el pueblo de Israel, ha hecho una alianza con Dios, ha aceptado y jurado un compromiso de fidelidad a su Palabra, pero lo quebranta. Abandonan al Dios verdadero y adoran a ídolos. Dios perdona a su pueblo ante la súplica de Moisés.        

Salmo responsorial
Sal 50, 3-4. 12-13. 17 y 19 
R. Me pondré en camino adonde está mi padre. 

  • Misericordia, Dios mío, por tu bondad,                                                        por tu inmensa compasión borra mi culpa;                                                           lava del todo mi delito, limpia mi pecado. R. 
  • Oh Dios, crea en mí un corazón puro,                                                  renuévame por dentro con espíritu firme;                                                  no me arrojes lejos de tu rostro,                                                                no me quites tu santo espíritu. R. 
  • Señor, me abrirás los labios,                                                                      y mi boca proclamará tu alabanza.                                                              Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;                                                       un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. R. 

2ª LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1,12-17 

Doy gracias a Cristo Jesús nuestro Señor, que me hizo capaz, se fio de mí y me confió este ministerio.

Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía, Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano.

Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero.

Y por eso se compadeció de mí: para que en mí, el primero, mostrara Cristo toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna.

Al rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.  

COMENTARIO A LA 2ª LECTURA

    El apóstol Pablo agradece a Dios la fe, el amor cristiano y el perdón que le otorgó por medio de Jesucristo. Él estaba alejado de Jesús e, incluso, le perseguía, pero cuando Jesús le llamó, acogió la llamada con todo entusiasmo y sin reservas de ninguna clase y lo salvó.  

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 15,1-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: – Ése acoge a los pecadores y come con ellos. 

Jesús les dijo esta parábola: 
– Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?

Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: «¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido». 

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. 

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, reúne a las vecinas para decirles: 
«¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido». 

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. 

[También les dijo: – Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: 
«Padre, dame la parte que me toca de la fortuna». 

El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. 

Recapacitando entonces se dijo: «Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros». 
Se puso en camino a donde estaba su padre.

Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. 

Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo». 

Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado». 

Y empezaron el banquete. 
Su hijo mayor estaba en el campo. 

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. 

Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud». 

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 

Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado». 

El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».]

Palabra del Señor.  

COMENTARIO AL EVANGELIO 

    En las parábolas del evangelio de este domingo destaca la misericordia de un Dios padre que sale al encuentro de sus hijos que se han alejado de Él y la alegría del reencuentro.

Dios no pide explicaciones de nuestro alejamiento, sólo desea  que volvamos a Él cuando nos apartamos de su camino.      

PARA NUESTRA REFLEXIÓN PERSONAL
DIOS HACE SALIR EL SOL SOBRE BUENOS Y MALOS

     La parábola del “hijo pródigo” cambia todo un esquema teológico. Jesús la dice respondiendo a las murmuraciones de los escribas y fariseos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos”.

Para los fariseos los pecadores habrían de convertirse y cambiar de vida para poder ser acogidos por Dios; sin embargo Jesús cambia radicalmente su relación con los pecadores: sale a su encuentro, los acoge, los ama, incluso come con ellos y es precisamente ese amor gratuito y misericordioso de Jesús el que los convierte.

Jesús sabe que el Padre Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, por eso él ofrece su abrazo y la fiesta del perdón tanto a los que creen que no tienen perdón, porque están fuera de la casa paterna, de la Iglesia, como a los cumplidores, a los que estando dentro de ella, lo están por costumbre o por cumplimiento.

El cristiano cumplidor, pero mediocre, encarna tristemente la figura del hermano mayor de la parábola.

Por una parte tiene manjares suculentos y vinos de solera, tiene la Palabra, la Eucaristía, el testimonio de los grandes creyentes, la oración, pero su vida es triste, cumple como cristiano refunfuñando y con espíritu mezquino, no por amor.


Guión eucarístico para el XXIV Domingo del tiempo ordinario – Ciclo A

VIVIR PERDONANDO

Los discípulos de Jesús le han oído decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas y le pregunta a Jesús, el Maestro: Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?

Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

Pedro habla de perdonar hasta siete veces cuando en la sociedad judía se tenía como norma perdonar como máximo hasta cuatro veces. Sin embargo, para Jesús en el perdón no hay límites. No tiene sentido llevar cuentas del perdón.

El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Frente a una cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores. La Iglesia de Jesús necesita urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz.

LECTURAS PARA LA EUCARISTÍA

1ª LECTURA

Lectura del libro del Eclesiástico 27,30–28,9

También el rencor y la ira son detestables; el pecador las guarda en su interior. Del vengativo se vengará el Señor, que de sus pecados llevará cuenta exacta. Perdona a tu prójimo la ofensa, y cuando reces serán perdonados tus pecados.

El que alimenta rencor contra otro, ¿cómo puede pedir curación al Señor? Si un hombre no se compadece de su semejante, ¿cómo se atreve a suplicar por sus culpas? Si es un simple mortal y guarda rencor, ¿quién le va a perdonar sus pecados?

Acuérdate de tu fin y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte y sé fiel a los mandamientos. Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo. Acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas.

Apártate de las disputas y evitarás el pecado; porque el hombre iracundo atiza las disputas. El pecador siembra discordia entre los amigos, y entre los que viven en paz lanza la calumnia. Palabra de Dios.

COMENTARIO A LA 1ª LECTURA

La lectura del Eclesiástico nos insiste que «nadie puede pensar que cumple los mandamientos de Dios si es vengativo para con su hermano».

El rencor humano acaba en venganza y destrucción interior de la persona. En las relaciones personales, debe mediar el perdón y la reconciliación.

Si Dios nos ha perdonado, también nosotros debemos perdonarnos mutuamente olvidando la ley del talión de «ojo por ojo y diente por diente».

R: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

• Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R:

• Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. R:

• No está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. R:

• Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. R:

2ª LECTURA

Lectura de San Pablo a los Romanos 14,7-9

Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor.

Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor. Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos. Palabra de Dios

COMENTARIO A LA 2ª LECTURA

El apóstol Pablo le pide a la comunidad de Roma que no vivan su vida para sí mismos, sino que su actuar sea para el Señor, que es el Señor de todos, para suavizar posibles asperezas Que no se obre según los gustos propios, sino según la voluntad y el agrado de Dios que está por encima de todos.

EVANGELIO

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 18,21-35

Entonces se acercó Pedro y le preguntó:
-Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?
Jesús le respondió:

-No te digo siete veces, sino setenta veces siete. Porque con el reino de los cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

Al comenzar a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda.

El siervo se echó a sus pies suplicando: «¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!». El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda. Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios; lo agarró y le apretaba el cuello, diciendo: «¡Paga lo que debes!».

El compañero se echó a sus pies, suplicándole: «¡Ten paciencia conmigo y te pagaré!». Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda. Al verlo sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera, porque me lo suplicaste.

¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?». Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros.

Palabra de Dios

COMENTARIO SOBRE EL EVANGELIO

En el Evangelio de hoy, el Señor Jesús nos manifiesta el espíritu de perdón que debe reinar entre sus seguidores.

Un perdón que no ha de estar sometido a tarifas ni a medidas, sino que ha de ser amplio, innumerables veces.

Si Dios nos ha perdonado sin poner medidas ni condiciones, sin esperar recompensa alguna, sin pedir razones ni esperar explicaciones, lo mismo debemos hacer nosotros con los demás.

PARA NUESTRA REFLEXIÓN PERSONAL

EL PERDÓN CRISTIANO

Es posible que haya quien se llame y considere cristiano compaginando el resentimiento y el rencor con su propia profesión de fe y con la práctica religiosa, incluida la Eucarística.

Que se considere hasta «buen cristiano», aunque sea incapaz de perdonar, que considere que realiza «buenas obras», pero no sea capaz de olvidar una mala pasada del prójimo.

Es posible que haya cristianos que participan de la Eucaristía dominical en la que celebramos que Jesús nos amó hasta el extremo, pero que hace tiempo que no se habla con su hermano, ni se saluda con los de su comunidad.

Tenemos que darnos cuenta que no podemos rezar: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden», sin advertir el peligro que encierra esa petición a través de la cual autorizamos a Dios a que nos trate como tratamos nosotros a los demás.

Deberíamos convencernos que el perdón no es una operación extraordinaria, que uno que perdona no es un héroe, es simplemente un cristiano, alguien que intenta seguir en su vida las enseñanzas de Jesús.

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