Lecturas diarias – 17 de Octubre – La dulce paz

Lecturas diarias – 17 de Octubre – Ciclo C año par

Carta de San Pablo a los Efesios 2,1-10.
Hermanos:
Ustedes estaban muertos a causa de las faltas y pecados
que cometían, cuando vivían conforme al criterio de este mundo, según el Príncipe que domina en el espacio, el mismo Espíritu que sigue actuando en aquellos que se rebelan.
Todos nosotros también nos comportábamos así en otro tiempo, viviendo conforme a nuestros deseos carnales y satisfaciendo las apetencias de la carne y nuestras malas inclinaciones, de manera que por nuestra condición estábamos condenados a la ira, igual que los demás.
Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó,
precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo -¡ustedes han sido salvados gratuitamente!-
y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo.
Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús.
Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios;
y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe.
Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos.

Salmo 100(99),2.3.4.5.
Sirvan al Señor con alegría,
lleguen hasta él con cantos jubilosos.
Reconozcan que el Señor es Dios:

él nos hizo y a él pertenecemos;
somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Entren por sus puertas dando gracias,

entren en sus atrios con himnos de alabanza,
alaben al Señor y bendigan su Nombre.
¡Qué bueno es el Señor!

Su misericordia permanece para siempre,
y su fidelidad por todas las generaciones.

Evangelio según San Lucas 12,13-21.
En aquel tiempo:
Uno de la multitud le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”.
Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?”.
Después les dijo: “Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”.
Les dijo entonces una parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho,
y se preguntaba a sí mismo: ‘¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha’.
Después pensó: ‘Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes,
y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida’.
Pero Dios le dijo: ‘Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?’.
Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

 

 

17 de octubre Ciclo C – Año impar
Semana 28ª durante el año
Memoria obligatoria – Rojo
Romanos 3, 21-30a / Lucas 11, 47-54
Salmo responsorial Sal 129, 1-4b. 5-6b
R/. “¡En ti se encuentra la misericordia, Señor!”

Santoral:

San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir

La dulce paz

En este mundo hay tantas personas
llenas de amarguras y frustraciones
que hacen sentir mal a todo el que tenga
el infortunio de pasar por su lado.

No permitas que a ti te roben la paz,
esa dulce quietud que concede Dios
a los suyos y que tanto envidia
el enemigo de las almas.
Ninguna tormenta de ira satánica
puede perturbar la calma
del que está a cuentas con Dios.

Los impíos no pueden tener paz,
las pasiones del corazón del hombre
sin Dios son como furiosas tormentas,
pero no importa cuán feroz sea la tempestad,
quien se vuelve a Jesús clamando:
“¡Señor, sálvame!” encuentra quietud,
una gracia maravillosa que aquieta
las contiendas de la pasión humana
y amor abundante en el que el corazón
encuentra descanso.

¡Cuántas veces hemos acudido a nuestro Salvador
en medio de una tempestad abrumadora,
y hemos sentido que nos ha tomado en sus brazos
inundándonos de Su bendita paz!
Una experiencia gloriosa que da testimonio
de la verdad de Sus promesas:
“Tú guardarás en completa paz a aquel
cuyo pensamiento en tí persevera”. (Is 26, 3)

Tomás de Kempis decía:
“El que sabe mejor padecer tendrá mayor paz.
Este es el vencedor de sí mismo
y señor del mundo, amigo de Cristo
y heredero del cielo”.
“Reemplazaremos la violencia
y la guerra con las armas más poderosas:
El Amor y la Paz”

Liturgia – Lecturas del día

Jueves, 17 de Octubre de 2013

El hombre es justificado por la fe,
sin las obras de la Ley

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Roma
3, 21-30a

Hermanos:
Sabemos que la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley. Por la fe en Jesucristo, viene la justicia de Dios para todos los que creen. Porque no hay ninguna distinción: todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús. Él fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, gracias a la fe. De esa manera, Dios ha querido mostrar su justicia: en el tiempo de la paciencia divina, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, y en el tiempo presente, siendo justo y justificando a los que creen en Jesús
¿Qué derecho hay entonces para gloriarse? Ninguno. Pero, ¿en virtud de qué ley se excluye ese derecho? ¿Por la ley de las obras? No, sino por la ley de la fe. Porque nosotros estimamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley.
¿Acaso Dios es solamente Dios de los judíos? ¿No lo es también de los paganos? Evidentemente que sí, porque no hay más que un solo Dios.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 129, 1-4b. 5-6b

R. ¡En ti se encuentra la misericordia, Señor!

Desde lo más profundo te invoco, Señor.
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria. R.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido. R.

Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
más que el centinela la aurora. R.

EVANGELIO

Se pedirá cuenta de la sangre de los profetas,
desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
11, 47-54

Jesús dijo a los fariseos y a los doctores de la Ley: «¡Ay de ustedes, que construyen los sepulcros de los profetas, a quienes sus mismos padres han matado! Así se convierten en testigos y aprueban los actos de sus padres: ellos los mataron y ustedes les construyen sepulcros. Por eso la Sabiduría de Dios ha dicho: “Yo les enviaré profetas y apóstoles: matarán y perseguirán a muchos de ellos”. Así se pedirá cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la creación del mundo: desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el santuario. Sí, les aseguro que a esta generación se le pedirá cuenta de todo esto.
¡Ay de ustedes, doctores de la Ley, porque se han apoderado de la llave de la ciencia! No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden».
Cuando Jesús salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarlo, exigiéndole respuesta sobre muchas cosas y tendiéndole trampas para sorprenderlo en alguna afirmación.

Palabra del Señor.

Reflexión

Rom. 3, 21-30. Aun cuando todos habíamos sido encerrados en el Pecado, y a causa de nuestras maldades éramos incapaces para que la Gloria de Dios tomase posesión de nosotros, el Señor quiso manifestarnos a todos su fuerza salvadora convirtiéndose Él mismo en nuestro Salvador. Efectivamente Cristo Jesús se ha convertido en fuente de salvación para toda la humanidad, pues mediante su sangre, derramada por nosotros, se ha convertido para todos en instrumento de perdón. Así, mediante la fe en Cristo se ha abierto el camino que nos conduce a la unión con Dios; y a ese camino no sólo tienen acceso los circuncisos, sino todos, incluso los paganos. Basta proclamar con la boca que Jesús es el Señor y creer en el corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos para salvarse. Y eso no está limitado a los judíos, sino abierto a toda persona de buena voluntad que, respondiendo al llamado de Dios, crea en Cristo Jesús y se deje justificar por Él. Por eso no queramos limitar la salvación anunciándola a unos cuantos; no queramos salvar sólo a quienes consideremos buenos, sino que, como verdaderos apóstoles del Señor, esforcémonos continuamente en trabajar para que todos, especialmente los pecadores y los que viven como si Dios no existiera, reciban la Luz, la Gracia, la Vida, el Perdón y la Salvación que Dios nos ha ofrecido a todos en Cristo Jesús.

Sal. 130 (129). Si el Señor conservara el recuerdo de nuestras culpas ¿quién resistiría ante Él? Pero el Señor está lleno de amor y de misericordia para con nosotros. Él jamás dará marcha atrás en el amor que nos tiene. Y sin importar qué lejos se hayan ido sus hijos, Él sale a buscarlos para ofrecerles su perdón, su vida y su paz. Y esta búsqueda del pecador se ha concretizado en la Encarnación del Hijo de Dios, por cuya sangre hemos sido perdonados y reconciliados con Dios. Y este ministerio de reconciliación ha sido confiado a la Iglesia, Esposa de Cristo. Por medio de la Iglesia Dios sigue saliendo a buscar a las ovejas descarriadas para ayudarlas a volver a encontrar el Camino de Salvación. Por eso, bendigamos al Señor y respetémoslo siendo fieles en la escucha de su Palabra y en la puesta en práctica de la misma.

Lc. 11, 47-54. ¡Ay de ustedes, doctores de la ley, porque han guardado la llave de la puerta del saber! Ustedes no han entrado, y a los que iban a entrar les han cerrado el paso. La visita de Jesús a la casa del fariseo parece no caminar como lo esperaba el anfitrión y otros invitados, tal vez queriendo entramparlo para tener motivos de acusarlo y condenarlo; tal vez para pedirle cuentas de su forma de hablar y actuar. Pero Jesús se ha levantado en contra de ellos, no porque quiera condenarlos, pues también ellos son objeto de la salvación que Dios ofrece a todos, sino para poner en claro que la salvación no se logra manifestando un continuo sentimiento de culpa, construyendo y adornando sepulcros a los profetas asesinados por sus padres, sino escuchando a esos profetas, cuyas palabras se han cumplido en Cristo. No basta comprender la Palabra de Dios y pensar que, puesto que es una sabiduría tan alta, mejor hay que hacer como el que enciende una vela y la tapa con una vasija de barro; hay que, más bien, abrir toda esa riqueza para que sea disfrutada por todos, siendo uno mismo el primero en conformar la propia vida a lo que Dios nos ha revelado; no vaya a ser que ni uno se salve, ni deje que los demás se salven. Dios nos ha confiado la riqueza de su amor, de su vida, de su perdón, de su salvación, no para que la ocultemos, sino para que la demos a conocer a todas las naciones, ayudándoles a vivir aquello mismo que ya nosotros estamos viviendo y disfrutando.
Nos reunimos en torno a Cristo en la celebración de su Misterio Pascual, no sólo para asumir nuestra propia responsabilidad en la Muerte de Cristo, sino para asumir la responsabilidad que tenemos en la construcción del Reino de Dios entre nosotros. Aquel que simplemente se conforma con acudir a la celebración y deja enterrada, sin capacidad de producir fruto, la Semilla de la Palabra que el Señor ha sembrado en el corazón de los creyentes, se hace responsable, no sólo de la muerte de Cristo, sino del mal que continúa dominando muchos ambientes de nuestro mundo. Cristo nos pide que no vivamos como plañideras, ni encadenados a un pasado ennegrecido por el mal y por el pecado. Cristo nos pide lanzarnos hacia delante, con la mirada fija en Aquel que nos ha precedido con su cruz y con su muerte, pero que ahora, resucitado de entre los muertos, vive eternamente. Por eso, esforcémonos por darle un nuevo sentido a nuestra vida personal y a nuestra vida social, de tal forma que viviendo como hermanos, desaparezca todo aquello que nos divide. Si realmente conocemos la Escritura no permitamos que la Palabra de Dios se nos quede sólo en la inteligencia; permitamos, más bien, que nos dé nueva vida para que podamos, con la Luz de Cristo, iluminar nuestro mundo con signos de verdad, de justicia, de amor y de paz.
No basta con construir templos, casas de asistencia social, fundar clubes de ayuda solidaria. Es necesario vivir el Evangelio. La Iglesia de Cristo no puede quedarse sólo en la promoción social como una filantropía; es necesario hacer que la salvación sea parte de nuestra propia vida para que podamos llevarla también a los demás. La fe que sólo se expresa en exterioridades, mientras la vida privada, interior, continúa siendo un desastre, es una falsedad ante Dios y ante nosotros mismos. La fe no viene a tranquilizar la conciencia del hombre pecador que no quiere abandonar sus malos caminos, viene a moverle para que cambie sus criterios internos, y para pueda vivir como un signo del amor de Dios en medio de los demás. No podemos vivir persiguiendo, asesinando, enviciando a los demás, y pensar que estamos en paz con el Señor porque aportamos cantidades económicas a favor de su Iglesia, o nos hacemos amigos de los jerarcas de la misma, o construimos edificios para asistir a los necesitados. Mientras, a pesar de lo que demos, no hayamos dejado de hacer el mal; mientras continuemos siendo los responsables de poner en riesgo la salvación, la integridad, la estabilidad de las demás personas, no podremos llamar Padre a Dios, sino que más bien Dios mismo nos pedirá cuenta de la sangre inocente derramada, de las conciencias que hayamos destruido, de la pobreza que hayamos generado, y de las vidas que hayamos perjudicado.
Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la fortaleza necesaria para que nos convirtamos en constructores de su Reino en medio de la construcción de la ciudad terrena, hasta lograr los bienes definitivos a los que todos hemos sido llamados. Amén.

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