Lecturas diarias: 29 de Abril – Pascua

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Lecturas diarias: 29 de abril – Pascua

Sábado de la segunda semana de Pascua

Libro de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7.
En aquellos días, como el número de discípulos aumentaba, los helenistas comenzaron a murmurar contra los hebreos porque se desatendía a sus viudas en la distribución diaria de los alimentos.
Entonces los Doce convocaron a todos los discípulos y les dijeron: “No es justo que descuidemos el ministerio de la Palabra de Dios para ocuparnos de servir las mesas.
Es preferible, hermanos, que busquen entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, y nosotros les encargaremos esta tarea.
De esa manera, podremos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra”.
La asamblea aprobó esta propuesta y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe y a Prócoro, a Nicanor y a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía.
Los presentaron a los Apóstoles, y estos, después de orar, les impusieron las manos.
Así la Palabra de Dios se extendía cada vez más, el número de discípulos aumentaba considerablemente en Jerusalén y muchos sacerdotes abrazaban la fe.

Salmo 33(32),1-2.4-5.18-19.
Aclamen, justos, al Señor:
es propio de los buenos alabarlo.
Alaben al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas.

Porque la palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia.

Evangelio según San Juan 6,16-21.
Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar
y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos.
El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.
Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo.
El les dijo: “Soy yo, no teman”.
Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.

 

Martes, 29 de abril de 2014 ciclo C
Segunda Semana de Pascua
Del propio – Blanco
Hechos 4, 32-37 / Juan 3, 7b-15
Salmo responsorial Sal 92, 1-2. 5
R/. “¡Reina el Señor, revestido de majestad!”

Santoral:
Santa Catalina de Siena,

virgen y doctora de la Iglesia

Portavoz de tu paz, Señor

Sin miedo a los nuevos retos
y con las puertas bien abiertas.

¡Por tu paz, Señor!
Con alegría y alejándome de la tristeza,
sintiéndome llamado y comprometido,
empujado y urgido a dar razón de Ti.

¡Por tu paz, Señor!
Sabiendo que, con tu aliento,
no temeré tormenta alguna,
ni huracán alguno detendrá mi valor.

¡Por tu paz, Señor!
Si como Tomás, pido pruebas de tu existencia,
muéstrame tu rostro por la fuerza de la Eucaristía
y, si como Tomás, no creo sino después de ver,
hazme saber que, Tú Señor, caminas a mi lado.

¡Por tu paz, Señor!
Y si las dificultades asoman en el horizonte
que, Tú Señor, despejes con tu poder
aquello que entorpece mi labor de mensajero.

¡Por tu paz, Señor!
Porque en Ti confío.
Porque en Ti espero.
Y, de tu misericordia, agradezco tus desvelos.
Y, de tu misericordia, espero tus caricias.
Y, de tu misericordia, añoro tu abrazo.
Y, de tu misericordia, deseo la paz verdadera,
la paz que Tú sólo das,
la paz que, sin Ti,
no la puede alcanzar el mundo.
Amén.

P. Javier Leoz

Liturgia – Lecturas del día

Martes, 29 de Abril de 2014

SEGUNDA SEMANA DE PASCUA

Un solo corazón y una sola alma

Lectura de los Hechos de los Apóstoles
4, 32-37

La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos.
Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima.
Ninguno padecía necesidad, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades.
Y así José, llamado por los Apóstoles Bernabé -que quiere decir hijo del consuelo-, un levita nacido en Chipre que poseía un campo, lo vendió, y puso el dinero a disposición de los Apóstoles.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 92, 1-2. 5

R. ¡Reina el Señor, revestido de majestad!

¡Reina el Señor, revestido de majestad!
El Señor se ha revestido, se ha ceñido de poder.
El mundo está firmemente establecido:
¡no se moverá jamás! R.

Tu trono está firme desde siempre,
Tú existes desde la eternidad.
Tus testimonios, Señor, son dignos de fe,
la santidad embellece tu Casa a lo largo de los tiempos. R.

EVANGELIO

Nadie ha subido al cielo,
sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan
3, 7b-15

Jesús dijo a Nicodemo:
«Ustedes tienen que renacer de lo alto.
El viento sopla donde quiere:
tú oyes su voz,
pero no sabes de dónde viene ni a dónde va.
Lo mismo sucede
con todo el que ha nacido del Espíritu».
«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.
Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas?
Te aseguro
que nosotros hablamos de lo que sabemos
y damos testimonio de lo que hemos visto,
pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.
Si no creen
cuando les hablo de las cosas de la tierra,
¿cómo creerán
cuando les hable de las cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo,
sino el que descendió del cielo,
el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés
levantó en alto la serpiente en el desierto,
también es necesario
que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en Él
tengan Vida eterna».

Palabra del Señor.

Reflexión

Hech. 4, 32-37. Los que hemos sido bautizados y hemos recibido el Espíritu Santo, formamos un sólo cuerpo, cuya cabeza es Cristo; tenemos un sólo corazón y una sola alma. Por eso todo lo poseemos en común y nadie considera suyo nada de lo que tiene. La vida que nos une en el único Espíritu no puede manifestarse solamente en actos meramente espirituales; debemos vivir la fe y caminar en el Espíritu esforzándonos unos y otros en no perder la unidad, a la par que procurando que nadie pase necesidad. La madurez de una comunidad se manifiesta en su capacidad de amar al Señor y de amar a su prójimo.
Lo que hagamos en este aspecto no debe brotar del afán de brillar, sino de amar y servir de tal forma que nuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha, sino sólo Dios, que será el único a quien dejaremos actuar, a través de nuestra vida, con todo su amor misericordioso en favor de los demás. Así, no siendo esclavos de lo pasajero, sólo Dios será el centro de nuestra vida, y, nosotros, administradores de sus bienes y distribuidores de su gracia.
Sal. 93 (92). Dios ha constituido Señor y Mesías a Jesús, su Hijo. Dios le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Por eso quienes pertenecemos a su Reino le hemos de ser fieles. Su mandato de amor no puede quedarse sólo en vivir de rodillas ante Él en una continua oración. Hemos de aprender a amar a nuestro prójimo con la misma medida con que nosotros hemos sido amados por Dios; y por tanto hemos de ser capaces, incluso, de dar nuestra vida por aquellos que no sólo padecen necesidades corporales, sino también por quienes necesitan de una mano que se les tienda para poder levantarse de sus miserias, y poder caminar en el bien. Entonces, en realidad, el templo de Dios que somos cada uno de nosotros, estará adornado por la santidad, por la verdad, por el amor, por la justicia y por la paz.
Jn. 3, 7-15. Nos encontramos ante una pregunta muy importante sobre el renacer de lo alto para poder entrar al Reino de Dios: ¿Cómo puede ser esto? Jesús nos habla de que hay que subir al cielo; esto es lo que ha de ser considerado como lo más importante en la vida del creyente. Jesús sube al cielo, ha bajado del cielo y está en el cielo. Su camino es a través de la cruz. La cruz no ha tenido la última palabra sobre Él. Él ha sido exaltado a la diestra del Padre a través del camino de la cruz. Aquel que crea en Él tendrá vida eterna, no como algo que se disfrutará en la otra vida, sino como algo que ya se tiene desde ahora, por estar unido a quien ya está glorificado. Sin embargo, esto no nos dispensa de caminar bajo el signo de la cruz hacia la Glorificación definitiva.
Quienes en Dios vivimos, nos movemos y somos, por estar unidos al Señor, debemos ser un signo de Cristo glorioso para los demás; y por tanto ser portadores de vida. Nadie que entre en contacto con nosotros recibirá un signo de muerte, pues un árbol bueno no puede producir frutos malos.
En la Eucaristía nos reunimos bajo el signo de la unidad como un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo, muerto y resucitado por nosotros. En Él se hace realidad para nosotros su Pascua. Somos un pueblo de santos que necesita vivir en una continua conversión para que el Rostro del Señor brille, día a día, con mayor claridad ante todos los hombres y mujeres del mundo. Al entrar en comunión con Cristo tenemos en nosotros Vida eterna. Vida que se ha de convertir en un torrente de agua viva que sirva para hacer el bien a todos, no para que se quede encerrada, y que, por quedarse estancada, se pudra y se envenene y, después, en lugar de hacer el bien hiciese el mal a los demás. Hoy en la Eucaristía hemos vuelto la mirada hacia Cristo para tener en Él Vida eterna; que no sólo lo contemplemos, sino que le abramos las puertas de nuestra vida al Redentor para que su Vida, su Reino y su Salvación se hagan realidad en nosotros.
Teniendo a Cristo con nosotros, estando unidos a Él por la fe y el Bautismo, no nos quedemos inútilmente contemplando el dolor y la pobreza de nuestros hermanos. Tener un sólo corazón y una sola alma no es sólo vivir en paz con quienes nos rodean por no tener conflictos con ellos. Nosotros hemos de dar testimonio de lo que hemos visto: Que Dios se despojó de su propio Hijo para dárnoslo en oblación por nuestros pecados y que el Hijo de Dios, hecho uno de nosotros, pasó haciendo el bien a todos los hombres. Nuestro testimonio no puede ser de labios para fuera. Si la Iglesia, que somos todos nosotros, queremos ser creíbles, hemos de vivir según el estilo de vida que nos dejó el Señor. Cuando también nosotros, día a día, seamos levantados en alto, no para que nos adoren ni para que pisoteemos a los demás, sino para que encuentren en nosotros un corazón que les ame y una mano que se tienda para ayudarles, entonces Dios será glorificado en nosotros y nosotros seremos glorificados en Él.
Roguémosle al Señor que nos conceda por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de aprender, como ella, a salir al encuentro de los necesitados para servirlos. Y esto, no por una iniciativa meramente filantrópica, sino porque, viviendo y caminando en la fe en Aquel que nos amó y se entregó por nosotros, vivamos conforme a su Palabra y ejemplo que nos dio: que no hay una manifestación más grande de amor que el dar la vida por los demás, para que tengamos con notros también la vida eterna que Dios quiere comunicar a todos. Amén.

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