Evangelio del día 1 de Julio – La parábola de la rosa

La parábola de la rosa

Un hombre plantó una rosa y trabajó
regándola
constantemente.

Antes que de ella apareciese algún indicio,
él la examinó y vio el botón que en breve abriría,
mas notó espinas sobre el tallo y pensó:
¿Cómo puede una flor tan bella venir
de una planta rodeada de espinas tan afiladas?

Entristecido por este pensamiento,
él se negó a regar la rosa y antes
de estar pronta para abrir, ella murió.

Así sucede con muchas personas.
Dentro de cada alma hay una rosa:
son las cualidades dadas por Dios.

Dentro de cada alma tenemos también
as espinas: sólo que falta que aparezcan
nuestras rosas.

Muchos de nosotros nos miramos
y vemos sólo las espinas, los defectos.

Nosotros nos desesperamos, pensando
que nada de bueno puede venir de nuestro interior.
Nos negamos a regar, a cultivar dentro nuestro,
y consecuentemente, eso muere.

Nunca percibimos nuestro gran potencial.
Algunas personas no ven la rosa dentro
de ellas mismas, por lo tanto alguien más
debe mostrárselas.

Uno de los mayores dones que una persona
puede poseer o compartir es ser capaz
de pasar por las espinas y encontrar
la rosa dentro de otras personas.

Esta es la característica del amor.
Mirar una persona y conocer
sus verdaderas faltas.
Aceptar a aquella persona en su vida,
en cuanto reconoce la belleza en su alma
y ayudaría a percibir que ella puede superar
sus aparentes imperfecciones.

Si nosotros mostramos a esas personas
la rosa que está creciendo en su interior,
ellas superarán sus propias espinas.
Sólo así ellas podrán ver abrirse sus rosas,
muchas veces.

Martes, 1 de julio de 2014
Semana 13ª durante el año
Feria – Verde
Amós 3, 1-8; 4, 11-12 / Mateo 8, 23-27
Salmo responsorial Sal 5, 5-8
R/. “¡Guíame por tu justicia, Señor!”

Santoral:
San Simeón, San Teodorico, San Servando, Santos Justino Orona
y Atilano Cruz, Beato Junípero Serra, Beato Damián de Veuster,
Beato Fernando María Baccilieri, Beato Ignacio Falz
y Beato Tchang-Hoa-Lu

Liturgia – Lecturas del día

El Señor ha hablado, ¿quién no profetizará?

Lectura de la profecía de Amós
3, 1-8; 4, 11-12

Escuchen esta palabra que el Señor pronuncia contra ustedes, israelitas, contra toda la familia que Yo hice subir del país de Egipto.
Sólo a ustedes los elegí
entre todas las familias de la tierra;
por eso les haré rendir cuenta
de todas sus iniquidades.
¿Van juntos dos hombres
sin haberse puesto de acuerdo?
¿Ruge el león en la selva
sin tener una presa?
¿Alza la voz el cachorro desde su guarida
sin haber cazado nada?
¿Cae el pájaro a tierra sobre una trampa,
s no hay un sebo?
¿Salta la trampa del suelo
sin haber atrapado nada?
¿Suena la trompeta en una ciudad
sin que el pueblo se alarme?
¿Sucede una desgracia en la ciudad
sin que el Señor la provoque?
Porque el Señor no hace nada
sin revelar su secreto a sus servidores los profetas.
El león ha rugido: ¿quién no temerá?
El Señor ha hablado: ¿quién no profetizará?
Yo les envié una catástrofe
Como la de Sodoma y Gomorra,
y ustedes fueron como un tizón salvado del incendio,
¡pero ustedes no han vuelto a mí!
Por eso, mira como voy a tratarte, Israel;
y ya que te voy a tratar así,
prepárate a enfrentarte con tu Dios, Israel.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 5, 5-8

R. ¡Guíame por tu justicia, Señor!

Tú no eres un Dios que ama la maldad;
ningún impío será tu huésped,
ni los orgullosos podrán resistir
delante de tu mirada. R.

Tú detestas a los que hace el mal
y destruyes a los mentirosos.
¡Al hombre sanguinario y traicionero
lo abomina el Señor! R.

Pero yo, por tu inmensa bondad,
llego hasta tu Casa,
y me postro ante tu santo Templo
con profundo temor. R.

EVANGELIO

Levantándose. increpó al viento y al mar
y sobrevino una gran calma

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo
8, 23-27

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía. Acercándose a Él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!»
Él les respondió: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma.
Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: «¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Palabra del Señor.

Reflexión

Amós 3,1-8:4,11-12: El profeta Amós se encara valientemente con los dirigentes del pueblo israelita: «os tomaré cuentas por vuestros pecados… Prepárate a encararte con tu Dios». Dios les exige más que a los demás pueblos, porque también ha multiplicado con ellos, más que con ningún otro pueblo, sus signos de predilección.
El profeta no puede callar, porque Dios le ha mandado hablar. Para justificar esto, Amós, con su lenguaje de hombre de campo, encadena una serie de binomios lógicos de causa y efecto: así como un león que ruge muestra que ha conseguido una presa, o un pájaro que cae es porque había una trampa, o una trompeta que suena produce alarma en todo el pueblo, así también el profeta. Si Dios se lo manda, no puede dejar de denunciar el mal: «habla el Señor, ¿quién no profetiza?».
Por eso denuncia Amós los males de su época. Es un «profeta de la justicia social».
Como dice el salmo, dirigiéndose a Dios, «tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped: al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor».
Los cristianos podemos merecer unos reproches como los de Amós, con más motivos todavía que los de Israel, si no somos fieles a Dios.
Los israelitas eran duros y no se convertían. Ni siquiera el escarmiento de la catástrofe sufrida por Sodoma y Gomorra les duró mucho tiempo. Y nosotros ¿no tendríamos que escuchar el aviso del profeta: «os tomaré cuentas por vuestros pecados… prepárate a encararte con tu Dios?».
¡Cuántas voces proféticas nos llegan a nosotros! La Palabra de Dios nos llama a serle más fieles, y Dios nos ofrece su reconciliación en los sacramentos, y los pastores de la Iglesia repiten sus llamadas en favor de los valores del evangelio, y podemos ver múltiples ejemplos de integridad y generosidad en tantas personas que nos rodean. ¿Les hacemos caso o les prestamos oídos sordos? A nadie le gusta que le recuerden sus fallos. Pero tenemos que ser sinceros y oír lo que Dios nos dice: «Escuchad esta palabra que dice el Señor, hijos de Israel».
Ser cristianos -o religiosos, o sacerdotes- no es garantía de salvación. Cuanto más hemos recibido, más se nos exigirá. Ojalá podamos decir, con el salmo, a la vez que rechazamos la maldad de los cínicos de este mundo: «pero yo, por tu gran bondad, entraré en tu casa, me postraré ante tu templo santo con toda reverencia».

Mateo 8,23-27: De hoy al jueves escuchamos otra serie de milagros de Jesús: hoy, el de la tempestad calmada.
En el lago de Genesaret se forman con frecuencia grandes temporales (la palabra griega «seismós megas» apunta a un «gran seísmo», a un maremoto). Los apóstoles quedaron aterrorizados, a pesar de estar avezados en su oficio de pescadores.
Despiertan a Jesús, que sigue dormido -debe tener un gran cansancio, un sueño profundo y una salud de hierro- con una oración bien espontánea: «Señor, sálvanos, que nos hundimos». Y quedan admirados del poder de Jesús, que calma con su potente palabra la tempestad: «¿quién es éste? hasta el viento y el agua le obedecen».
Seguir a Jesús no es fácil, nos decía él mismo ayer. Hoy, el evangelio afirma brevemente que cuando él subió a la barca, «sus discípulos lo siguieron»; pero eso no les libra de que, algunas veces en su vida, haya tempestades y sustos.
También en la de la Iglesia, que, como la barca de los apóstoles, ha sufrido, en sus dos mil años de existencia, perturbaciones de todo tipo, y que no pocas veces parece que va a la deriva o amenaza naufragio.
También en nuestra vida particular hay temporadas en que nos flaquean las fuerzas, las aguas bajan agitadas y todo parece llevarnos a la ruina.
¿Mereceríamos alguna vez el reproche de Jesús: «cobardes, ¡qué poca fe tenéis!»?
Cuando sabemos que Cristo está en la barca de la Iglesia y en la nuestra; cuando él mismo nos ha dicho que nos da su Espíritu para que, con su fuerza, podamos dar testimonio en el mundo; cuando tenemos la Eucaristía, la mejor ayuda para nuestro camino, ¿cómo podemos pecar de cobardía o de falta de confianza?
Es verdad que también ahora, a veces, parece que Jesús duerme, sin importarle que nos hundamos. Llegamos a preguntarnos por qué no interviene, por qué está callado. Es lógico que brote de lo más íntimo de nuestro ser la oración de los discípulos: «sálvanos, que nos hundimos».
La oración nos debe reconducir a la confianza en Dios, que triunfará definitivamente en la lucha contra el mal. Y una y otra vez sucederá que «Jesús se puso en pie, increpó a los vientos y al lago, y vino una gran calma».

J. Aldazabal
Enséñame Tus Caminos

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