Solemnidad del Corpus Christi, Día de la Caridad

En la solemnidad del Corpus Christi, Día de Caridad

  La Eucaristía es el centro de la vida de un cristiano y el culmen hacia el que camina la Iglesia. Cada vez que celebramos la Eucaristía hacemos memoria de lo que ocurrió en el Calvario, nuestra salvación.

¿Por qué CELEBRAMOS la FESTIVIDAD del CORPUS CHRISTI?

  La poca importancia que muchos creyentes dan a la Misa, o la falta de participación constante en ella, muestran un gran déficit de fe vivida. No basta decir: “Para ser cristiano no hace falta ir a Misa”. Entre otras cosas, porque no es verdad.

Participar cada domingo en la Misa es hacer profesión de fe en lo que allí se celebra, al tiempo que es incorporación al sacrificio de Cristo, compartiendo sus mismos sentimientos, su misma vida y su mismo destino.

La Eucaristía nos abre los ojos, como a los discípulos de Emaús, para ver al Señor en el camino de la vida: pero no sólo eso, también nos abre los ojos para ver al Señor Jesús en los hermanos, especialmente en los que sufren.

  La falta de participación en la Eucaristía debilitará la caridad, pues el misterio eucarístico es la fuente de donde mana la caridad cristiana.

El amor que Jesús no pide es amar como él nos amó. Si no me lleno del amor de Cristo, ¿con qué amor amaré a los hermanos? Nadie da de lo que no tiene.

  En esta fiesta del Corpus Christi, Día de la Caridad, Cristo en la Eucaristía nos invita a mirar a los más pobres. Nuestra comunidad se abre al mundo para reconocer al Señor en los rostros de la pobreza.

Los pobres son muchos, demasiados. Los rostros de la pobreza no son menos. No se trata de mirar la pobreza a través del muro de la pantalla del televisor o del ordenador. A los pobres hay que mirarlos a la cara, acercarse a ellos y extender la mano.

  Hay quien piensa que la caridad es algo del pasado, al menos que es un asunto confesional, es decir, propio de la religión. Lo importante, según esta visión, es la justicia. Más justicia y menos caridad sería el slogan de una sociedad secularizada.

Pero creo, sinceramente, que la realidad es otra. La caridad antecede a la verdadera justicia. Sólo desde la caridad se accede a la justicia sin baño de otros intereses. La justicia sin caridad es fría, y muchas veces injusta.

La caridad pone calor y ternura a la justicia, la hace cercana y se implica con lo que uno es, y no sólo con lo que tiene. La caridad es misericordia, es ponerse al lado del otro y caminar con él.

  El Día de la Caridad es una invitación a vivir y practicar la justicia, y a dejar nuestra huella en este empeño. La pobreza hay que tocarla para sentirla, sólo así se puede transformar la realidad.

Este es el empeño constante de la Iglesia, del trabajo de nuestras Cáritas. Ponerse al lado del pobre, identificarse con él, tender la mano para ayudar a que salga de su realidad y vuelva a creer que es posible cambiar, salir de esa situación de postración.

  Cáritas tiene un modelo: la caridad de Cristo, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos a nosotros (cfr. 2Cor 8,9). La caridad está en la esencia del Evangelio, y, por tanto, es el motor de la vida cristiana. Los demás conocerán que somos discípulos de Cristo si nos amamos los unos a los otros (cfr. 13,35).

  Os invito, queridos hermanos, a renovar ante Jesús-Eucaristía, “nuestra unión con Él y nuestro seguimiento y lo hacemos manteniendo vivo su proyecto compasivo, como nos pide el papa Francisco: «En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea.

¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos»” (Comisión Episcopal de Pastoral Social. Mensaje con motivo de la celebración de la festividad del Corpus Christi, Día de la Caridad).   

Pidamos a la Virgen María, Madre de los pobres, que nos ayude a tener un corazón como el suyo dispuesto a salir de nosotros mismos para ir al encuentro con los demás en la caridad, especialmente con los más pobres.

Con mi afecto y bendición.

Reflexión de las lecturas para la FIESTA DEL CORPUS CHRISTI – Ciclo B

FESTIVIDAD DEL CORPUS CHRISTI /CICLO B

DE LA MISA A LA EUCARISTÍA

    Durante siglos, la misa ha sido el término familiar empleado en occidente para designar la reunión eucarística: “oír misa”, “decir misa”, “dar misa”.

Actualmente hay una tendencia generalizada a sustituir el viejo nombre de misa por el de Eucaristía que significa “acción de gracias”.

El cambio apunta a ir pasando de una “misa” entendida como acto religioso individual hacia una Eucaristía que se celebra por todos de manera activa e inteligible, que se entiende como una reunión gozosa que la comunidad necesita celebrar todos los domingos para alimentar su fe, crecer en fraternidad y reavivar su esperanza en Cristo resucitado.

La Eucaristía es la celebración de la Cena del Señor por la comunidad creyente; es una celebración que recoge también las demás dimensiones de la Eucaristía como banquete, comunión fraterna y acción de gracias a Dios; del cumplimiento de un deber religioso, que nada tiene que ver con la vida, se pasa a una celebración que es exigencia de amor solidario a los más pobres y de lucha por un mundo más justo.

La Eucaristía debe ser “fuente y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana”

LECTURAS PARA LA EUCARISTÍA

1ª LECTURA

Lectura del libro del Éxodo 24,3-8

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: – Haremos todo lo que dice el Señor.

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel.

Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar.

Después tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió:
– Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos.
Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo:
– Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.

Palabra de Dios  

COMENTARIO A LA 1ª LECTURA

     Este texto del libro del Éxodo nos relata la alianza establecida entre Dios y su pueblo reunidos al pie del monte Sinaí.

Por medio de Moisés, el Señor comunica “todos sus mandatos” y el pueblo manifiesta su compromiso de cumplir “todo lo que dice el Señor”. Se comprometen a cumplir los mandatos del Señor para no recaer en la esclavitud de la que habían salido.  

SALMO 

Sal 115, 12-13. 15-16bc. 17-18

R. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

2ª LECTURA

Lectura de la carta a los Hebreos 9,11-15

Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.

No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.

Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.

Por eso él es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Palabra de Dios

COMENTARIO A LA 2ª LECTURA 

    Cristo Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres y su sacrificio personal, desde el comienzo de la vida hasta su culminación en el Calvario, sustituye y anula los antiguos sacrificios.

Por medio de este sacrifico de Jesús, hemos alcanzado el perdón de los pecados, hemos entrado en “comunión directa con Dios-Padre”.               

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Marcos 14,12-16. 22-26

El primer día de los ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
– ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?

Él envió a dos discípulos, diciéndoles:
– Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua: seguidlo, y en la casa en que entre decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?».

Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
– Tomad, esto es mi cuerpo.

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos bebieron.
Y les dijo:
– Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.

Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.

Palabra de Dios

COMENTARIO AL EVANGELIO    

El evangelista Marcos nos ofrece el relato de la institución de la Eucaristía en aquel primer Jueves Santo celebrado por el Señor.
La reunión que Jesús celebra con sus discípulos, como “Cena Pascual”, es la despedida de los suyos para dejarle su gran testamento: “esto es mi cuerpo y ésta es mi sangre”. Se queda Él mismo con todos los que a través de los tiempos lo hagan presente en cada Eucaristía  

PARA NUESTRA REFLEXIÓN PERSONAL

EUCARISTÍA Y CRISIS

     Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un “refugio religioso” que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana.

Podemos seguir celebrando rutinariamente la misa, sin escuchar las llamadas del Evangelio. El riesgo siempre es el mismo: Comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren.

Compartir el pan de la Eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

      La celebración de la Eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación.

Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos.

Toda la Eucaristía está orientada a crear fraternidad. No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús, sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre “el pan nuestro de cada día” sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo.

No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.    



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