¿Qué imagen de Iglesia y qué imagen de Dios tengo?

¿Qué imagen de Iglesia y qué imagen de Dios tengo?

Cada miembro de la Iglesia va madurando una experiencia de Dios que configura una imagen que vamos construyendo y experimentando, no sólo de Dios, sino también de la Iglesia; dichas imágenes son fruto de la vida de fe y de la oración.

Podríamos decir que existe una relación profunda entre la imagen de Dios y de su Iglesia, con el tipo de comunicación que realizamos. Lo expresaría así: «Dime qué eclesiología tienes en tu corazón y en tu mente; y yo te diré cómo comunicas».

A veces corremos el riesgo de concebir la Iglesia como una «torre de marfil» extraña a los problemas del mundo, con el peligro – casi inconsciente – de atrincherarnos y aislarnos de la realidad.

La comunicación de esta Iglesia será a través de edictos, proclamas y sentencias (muchas veces para condenar o defendernos de los ataques); concebiremos pues una comunicación de «altoparlantes» con poca capacidad para dialogar.

Partiendo de esta percepción, concebiremos el mundo no como una tierra de misión, sino como una realidad de la cual escapar.

Actualmente, el Santo Padre Francisco, nos presenta a menudo el desafío de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» , y nos recuerda que la Iglesia debe salir a las periferias existenciales incluso con el riesgo de equivocarnos: «prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades».

Por tanto, la relación entre la comunicación y la Iglesia, actualmente, no es un problema de tecnología sino que toca la dimensión más íntima de la vida de la Iglesia: el amor a los hombres y mujeres.

Se trata de una visión muy teresiana; Papa Francisco es muy devoto de Teresa de Lisieux, y en sus enseñanzas descubrimos resonancias teresianas profundas ya que, al igual que Santa Teresa, habla de este amor de Dios a sus hijos.

La Iglesia tiene que dejarse interpelar por el mensaje del Papa Francisco, es un mensaje que nos recuerda la exigencia y radicalidad del Evangelio: los cristianos católicos no podemos quedarnos sólo con los signos exteriores que realiza Papa Francisco, que de por sí son muy poderosos; pensemos que esas caricias, esos abrazos, el hecho de acercarse a la gente; y hasta su sonrisa o sus lágrimas…

Esos signos son reflejo de una vivencia más profunda.

Papa Francisco quiere que la Iglesia sea como un «Hospital después de una batalla» , es decir un lugar donde las personas sanan sus heridas; y que en todo caso, mira con simpatía al hombre y a la mujer de hoy, acompañando su camino a ritmo de peregrino; sabiendo dialogar con ellos como Cristo hizo con los discípulos de Emaús, incluso entrando en su obscuridad y en su situación de desánimo para acompañarlos.

«Dialogar significa estar convencidos de que el otro tiene algo bueno que decir, acoger su punto de vista, sus propuestas. Dialogar no significa renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas».

Comunicar hoy no significa pronunciar edictos o comunicados en una sola dirección; comunicar significa asumir una «actitud dialogante», estando disponibles para dar razón de nuestra fe.

Nos tocará discernir si como Iglesia hemos tenido culpas al causar la lejanía de algunos hijos de Dios, y cito a Papa Francisco que se pregunta: «Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta.»

Por lo tanto, ante este panorama hace falta una Iglesia capaz de acompañar y de ir más allá del mero escuchar; una Iglesia que acompañe en el camino poniéndose en marcha con la gente; una Iglesia que pueda descifrar esa noche que entraña la fuga de Jerusalén de tantos hermanos y hermanas. Así como Jesús dio calor al corazón de los discípulos de Emaús.

Ahora bien, quisiera que demos un paso más en nuestra reflexión y veamos algunas «pinceladas» sobre el Magisterio Pontificio a cerca de las comunicaciones. De este modo entenderemos cómo la misma Iglesia ha acompañado el cambio profundo del mundo de las comunicaciones.

Papa Pablo VI, en su visión postconciliar, subraya la gran necesidad de utilizar los medios de comunicación para la tarea evangelizadora.

Es famosa para los comunicadores católicos su frase: «La Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más. Con ellos la Iglesia «pregona sobre los terrados» el mensaje del que es depositaria. En ellos encuentra una versión moderna y eficaz del «púlpito». Gracias a ellos puede hablar a las masas».

En esta expresión podemos ver la importancia de la comunicación, y al mismo tiempo es evidente la concepción de la comunicación desde una visión instrumental, clásica de los Setenta y Ochenta. En esa época todavía se habla de mass media, y la Iglesia usaba esos medios como altoparlantes con los que podía llegar hasta las masas.

Con la difusión de Internet y el proceso de digitalización a la mitad de los años Noventa, el Magisterio Pontificio también inició un proceso de discernimiento durante el que se preguntó cómo las nuevas tecnologías estaban iniciando a cambiar la sociedad; y es Juan Pablo II quien propone un «cambio de mentalidad y renovación pastoral» hacia los medios, porque asume que «las comunicaciones sociales comprenden diversos ámbitos de expresión de la fe, los cristianos deberán tener en cuenta la cultura mediática en la que viven».

Es decir, ya no se habla más de instrumentos y se abre los ojos ante una «cultura mediática» donde las comunicaciones estaban impregnando todos los espacios de la sociedad.

Es con Benedicto XVI que el Magisterio Pontificio sobre la comunicación se actualiza y se inicia a reflexionar sobre el desafío de la «cultura digital» en la que el rol de los comunicadores es más bien el de la «diaconía de la Cultura».

Pensemos que de los ocho Mensajes para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que Papa Benedicto XVI regaló a la Iglesia, cinco profundizaron en los desafíos del nuevo ambiente comunicativo conformado por las nuevas tecnologías de la comunicación social. Ya no se habla de usar instrumentos, sino de ser y estar en los nuevos espacios de comunicación.

Algunos teóricos de la comunicación llegan a referirse a las Nuevas Tecnologías (TIC’s) como extensión de la misma persona.

Precisamente desde este itinerario realizado por el Magisterio Pontificio deseo a continuación presentar algunos elementos que nos pueden ayudar a cualificar nuestra comunicación dentro y fuera de la Iglesia.

Presencia cristiana

Tal vez muchos de los aquí presentes no están familiarizados del todo con la tecnología y las redes sociales; me refiero a los que nacieron y crecieron antes de Internet.

Pero nos toca vivir a diario con esta realidad; sin embargo esta reflexión – como ya mencioné – no tiene que ver con el cómo aprender a usar las TIC’s sino que deseo subrayar la necesidad de estar presentes en esta cultura digital, «habitando cristianamente» estos nuevos espacios comunicativos.

Una presencia cristiana en el mundo de las comunicaciones no tendrá la pretensión de ser los únicos que tienen la razón, sino será una presencia respetuosa y dialogante, buscando abrir nuevas puertas para la transmisión de la verdad.

Al respecto, el iluminante magisterio del Papa Benedicto XVI afirma: «para nosotros, cristianos, la Verdad es divina; es el «Logos» eterno, que tomó expresión humana en Jesucristo, que pudo afirmar con objetividad: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6).

La convivencia de la Iglesia, con su firme adhesión al carácter perenne de la verdad, con el respeto por otras «verdades», o con la verdad de otros, es algo que la misma Iglesia está aprendiendo».

Al mismo tiempo, la presencia cristiana en los nuevos espacios de comunicación también ha de ser una presencia crítica y que diferencia el bien del mal; cuidando de no caer en un optimismo ingenuo, ni en las exageraciones de imaginar que la Evangelización se realiza sólo bombardeando mensajes religiosos; o pretender que el discipulado en las nuevas tecnologías está desligado de un verdadero encuentro interpersonal y comunitario.

Hemos de tender siempre a la comunión, a la comunidad y al servicio. Podríamos decir que hay una finalidad de «encarnación» en mucho de lo que estamos haciendo; porque la Palabra se hizo carne, no se quedó tan sólo en Palabra.

El amor por los demás puede expresarse de diversos modos también en los ambientes comunicativos en los que nos encontramos, pero no permaneciendo a un nivel abstracto o virtual; sino que hemos de llevar a las personas hacia un compromiso pleno y participativo.

Lenguaje

El tema del lenguaje en los últimos años ha estado en el corazón del trabajo del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, y curiosamente esta cueestion ha emergido muchísimas veces en el reciente Sínodo Extraordinario sobre la Familia.

El mayor desafío al que nos enfrentamos en la Iglesia, sobre todo las generaciones precedentes a las nuevas tecnologías – me incluyo –, es que nos hemos quedado en el paradigma del púlpito: yo estoy aquí, yo hablo, los otros escuchan; y como ya mencionaba, pensamos que los medios de comunicación nos sirven como amplificadores de un mensaje. Pero el mundo actual ya ha cambiado.

El lenguaje no tiene que ver tan sólo con las palabras, sino que se refiere en primer lugar al modo en el que mantenemos nuestras conversaciones.

Tenemos que aprender un nuevo lenguaje para poder interactuar en el continente digital. Los nuevos medios son diferentes. Yo puedo hablar, reflexionar, decir algo. Si a los demás les gusta, o no están de acuerdo, o tienen algo que añadir, me lo harán saber.

Hay interacción, hay participación. Si digo algo, debo estar preparado para recibir preguntas y dar respuestas, para llevar adelante un diálogo real. Debemos afrontar las preguntas aunque esto exija tiempo y, sobre todo, preparación.

Actualmente, muchas conversaciones tienen lugar en los foros públicos como las redes sociales en las que tantas veces no podemos imaginar el eco o la difusión de nuestros mensajes.

Tres actitudes que podríamos rescatar de Papa Francisco son: escuchar, conversar y animar. Mucha gente cotidianamente lucha para sobrevivir y necesita una palabra de aliento.
Otro elemento de reflexión es la forma de la comunicación.

Como Iglesia, hemos elaborado muy bien numerosos textos: encíclicas, cartas, entrevistas. No se pone en duda que los textos son fundamentales.

Pero tenemos que darnos cuenta de que en el nuevo ambiente comunicativo, la cantidad de tiempo que la gente dedica a un texto es, en principio, muy pequeña, por lo que necesitamos compartirlo con ellos en un lenguaje acorde a los nuevos medios.

Así como la Iglesia fue capaz de encontrar formas de comunicación no escrita como las vidrieras, la música, la escultura, la pintura, el arte y la belleza en general, actualmente nos toca ser creativos para alcanzar no sólo el intelecto sino también el corazón de las personas.

Mucha gente encuentra el mundo actual frío, duro, difícil: animémosles, démosles esperanza.
Pensemos bien al utilizar una terminología sencilla para explicar nuestra fe; no demos por supuesto que las personas conocen el significado de muchas de las palabras que utilizamos, incluidas palabras como «evangelización», «reconciliación» o «salvación».

Seamos cuidadosos al hablar de la teología o de la liturgia: hablar en difícil no es sinónimo de inteligencia.

Si conseguimos que las personas participen, podrán caminar junto a nosotros, y entonces podremos exponer ideas más ricas y articuladas; pero para esto será necesario que hablemos un lenguaje que llegue al corazón antes que a la mente.

Testimonio

Tendríamos que tener presente constantemente que «La Iglesia crece por atracción y no por proselitismo»; pensemos, por ejemplo, si nuestra presencia en las redes sociales refleja que nosotros somos cristianos.

Hoy debemos hacer un llamado imperioso a vivir nuestro papel de discípulos y misioneros. La gente nos juzga por lo que ve o lo que comprende sobre nosotros. Por eso el testimonio ha sido siempre un modo privilegiado de comunicar el Evangelio.

«Todo bautizado es ‘cristóforo’, es decir, portador de Cristo, como decían los antiguos Padres. Quien ha encontrado a Cristo, como la Samaritana del pozo, no puede tener para sí esta experiencia, sino que siente el deseo de compartirla, para llevar a otros a Jesús. Habría que preguntar a todos los que nos encontramos si perciben en nuestra vida el calor de la fe, ¡si ven en nuestro rostro la alegría de haber encontrado a Cristo!»

Como ya he recordado, deseo subrayar que como cristianos estamos llamados a caminar a ritmo de peregrino: no adelantarse ni quedarse demasiado atrás. Acompañando a nuestros hermanos a encontrar a Cristo, con paciencia, con atención, de un modo genuino que pueda ser percibido y acogido por los interlocutores.

Para alcanzar este objetivo, hemos de tener una renovada conciencia de quiénes somos; siendo auténticos, coherentes, respetuosos con los demás en el modo en que nos comportamos, en lo que decimos, en la paciencia y la tolerancia que mostramos. En todo ello, los demás pueden ver algo que les mueva a pensar que allí hay algo genuino que vale la pena conocer.

El testimonio también se realizará en una participación activa en la vida de la Iglesia. Me gustaría proponer el término «interactividad descentralizada»; es decir, los laicos necesitan conocer qué debates hay y en qué niveles se desarrollan; y asumir la responsabilidad de dialogar con otras personas en un lenguaje apropiado para ellas, en una cultura y en un contexto que funcione para ellas; de forma que no se escuche solamente la voz del Papa, sino que cada uno de nosotros aporte su propia respuesta a la pregunta «¿Y quién dices que soy Yo?».

Por ejemplo, hemos de ser capaces de hablar con autenticidad sobre nuestra fe y nuestras creencias a las personas con las que nos relacionamos.

Eso es subsidiariedad. No acudamos al centro para todo: hagamos las cosas localmente.
Por otra parte, también tenemos que mostrar a las personas lo que está pasando dentro de nuestras iglesias, en vez de simplemente contárselo.

La imagen de Iglesia que muchas personas tienen está marcada sólo por hechos penosos y negativos; necesitamos mostrarles la vida de la Iglesia, en particular a nivel local, donde la Iglesia se preocupa por las personas, las apoya, las fortalece y las cuida.

Pablo VI decía que «el hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros» ; cree más en la experiencia que en la doctrina, en la vida y en los hechos que en las teorías; entonces seamos testigos que arrastran con el ejemplo.

Formación

Diría que nuestro compromiso cristiano exige formarnos en los ámbitos de nuestro interés tomando tiempo para estudiar la Palabra y la Doctrina, que son fundamentales; al mismo tiempo, según nuestros intereses me gustaría invitarles a encontrar espacios de aprendizaje y de estudio sobre la comunicación; estoy seguro de que esto ayudará mucho también en el ámbito familiar donde los padres ya no logran comunicar con sus hijos y viceversa, muchas veces porque están usando lenguajes distintos.

La formación del laicado en el ámbito de la comunicación podría incluirse en los planes pastorales a nivel diocesano para que se concretice en las parroquias. En este sentido no temo afirmar que el laicado ha de invitar e insistir a sus pastores para que ellos vean la necesidad de estar preparados para habitar el nuevo ambiente comunicativo.

En Colombia, a diferencia de otras realidades eclesiales, existen varios centros de formación universitario y técnico afiliadas a la Iglesia Católica; esos ambientes educativos representan una gran oportunidad de formación para sus iglesias particulares.

Con el apoyo de estos centros católicos de estudio se podrán unir fuerzas para ofrecer al laicado formación en el importante ámbito de la comunicación. Sin embargo, en muchos casos será responsabilidad de cada cristiano comprometido realizar una síntesis útil entre la vivencia de la fe y la destreza técnica.

Me parece que este espacio de encuentro nacional al que he sido invitado ha identificado el ámbito de la comunicación como una temática para su formación y por ello les estoy muy agradecidos.

Conclusión

Asumamos que somos hijos de una Iglesia «Madre fértil y Maestra premurosa, que no tiene miedo de remangarse sus vestidos para versar el aceite y el vino en las heridas de los hombres (cf. Lc 10, 25-37); que no mira la humanidad desde un castillo de cristal para juzgar o clasificar a las personas» .

«Esta es nuestra familia: la Iglesia Una, Santa , Católica y Apostólica; formada por pecadores, necesitados de su misericordia. Es la Iglesia que no tiene miedo de comer o beber con las prostitutas y publicanos (cf. Lc 15).

¡La Iglesia que tiene las puertas abiertas de par en par para recibir a los necesitados, los pecadores y no sólo a los justos o a quienes creen que son perfectos! La Iglesia que no se avergüenza de un hermano que ha caído, que no finge ignorarlo, sino que se siente involucrada y casi obligada a levantarlo y ayudarle a retomar el camino» .

Deseo concluir con la enseñanza que Papa Francisco nos ha dejado en la última Jornada Mundial de las Comunicaciones de este año 2014, en la que nos indicó el camino para que nuestra comunicación esté al servicio de una verdadera cultura del encuentro y se traduzca en una cercanía al hombre y a la mujer de hoy: «No se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro.

Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios» .

El Papa Francisco nos invita a entender la comunicación como «proximidad», y para ello usa nuevamente la bella parábola del buen samaritano, que puede ser leída perfectamente desde la comunicación, donde quien comunica se hace prójimo, cercano.

«El buen samaritano no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino. Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro. Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios.»

Que nuestra comunicación sea capaz de llevar calor al corazón de las personas que necesitan de una palabra de comprensión y de ánimo. Que Nuestro Señor nos regale el don de que nuestra comunicación sea aceite perfumado para el dolor y vino bueno para la alegría.

Fuente: PCCS