29 de Enero – La juventud no es una época… – Tiempo ordinario

Evangelio del día 29 de enero

Lecturas y comentario del evangelio del IV Domingo del tiempo ordinario ciclo A con la palabra de Dios de cada domingo.

            LAS BIENAVENTURANZAS DE JESÚS Y LA IGLESIA

La Iglesia de Jesús será bienaventurada, será dichosa cuando tenga un alma de pobre, porque estará más atenta a los necesitados y vivirá el evangelio con más libertad.

Cuando esté llena de mansedumbre, porque será un regalo para este mundo lleno de violencia.

Cuando llore sus errores porque caminará hacia su conversión.

Cuando busque con pasión el reino de Dios y su justicia, porque así alentará lo mejor del espíritu humano.

Cuando Dios le arranque el corazón de piedra y le dé un corazón de carne.

Cuando introduzca en el mundo paz y no discordia, reconciliación y no enfrentamiento.

 

Cuando se vea perseguida por seguir a Jesús.

 

 

 

LECTURAS PARA LA EUCARISTÍA DE ESTE DOMINGO

 

Lectura del libro del profeta Sofonías 2,3; 3,12-13 

 

Buscad al Señor los humildes, que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación, quizá podáis ocultaros el día de la ira del Señor.
Dejaré en medio de tí un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor. El resto de Israel no cometerá maldades, ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una lengua embustera; pastarán y se tenderán sin sobresaltos. Palabra de Dios

 

 

COMENTARIO A LA 1ª LECTURA

 

El profeta Sofonías con su mensaje busca que el pueblo de Israel obedezca los mandatos de Dios. En nombre de Dios pide a los israelitas que tengan confianza en Él, que sean humildes, que busquen la justicia y la moderación, que no cometan maldades ni digan mentiras.

 

SALMO 145

 

R: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos

  • El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,                                          él hace justicia a los oprimidos,

él da pan a los hambrientos. R:

  • El Señor libera a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego,

el Señor endereza a los que ya se doblan. R:

  • El Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. R:
  • Sustenta al huérfano y a la viuda                                                               y trastorna el camino de los malvados.

El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.  R:

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,26-31 

 

Hermanos:
Fijaos en vuestra asamblea: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios; lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los fuertes.
Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así -como dice la Escritura- «el que se gloría, que se gloríe en el Señor». Principio del formulario

Palabra de DiosFinal del formulario

 

 

COMENTARIO A LA 2ª LECTURA

El apóstol Pablo se dirige a la comunidad de los cristianos de Corintio, que se hicieron discípulos de Jesús gracias a su predicación, para decirles que Dios se vale de la pequeñez, la pobreza, la sencillez y la humildad,-lo débil del mundo-, para humillar a los fuertes y que es sólo en Cristo Jesús,-nuestra sabiduría, santificación y redención-, en quien podemos gloriarnos.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5,1-12a 

 

En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles:
– Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los hijos de Dios».
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Palabra de Dios

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REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO

El evangelista Mateo nos presenta las bienaventuranzas como el programa de vida de todo seguidor de Jesús. Son las como las condiciones fundamentales que debe vivir el discípulo para vivir el proyecto de Dios. Quien quiera vivir de acuerdo al programa que nos presenta Jesús tendrá dificultades y problemas, pero tendrá también la fuerza de Dios y la alegría de vivir de acuerdo a su Palabra salvadora.

 

PARA NUESTRA REFLEXIÓN

 

UN CANTO DE AMOR

Las Bienaventuranzas que proclama Jesús en el Sermón de la montaña son un canto de amor y así nos dice:

Bienaventurados los que confían en Dios y en los verdaderos valores humanos, los que buscan el “ser” antes que el “tener” y consideran los bienes como un medio, no como un fin. Bienaventurados los que “comparten” y no “acumulan”.

Bienaventurados los que, llevados del amor, hacen suyas las penas y alegrías de los demás; los que “lloran con los que lloran y ríen con los que se ríen”, porque su corazón es ancho, luminoso y soleado.

Bienaventurados los sencillos, transparentes, sin segundas intenciones ni trampas, que se relacionan con los demás con confianza, como hermanos, ahorrándose así los sufrimientos de las sospechas y de los juicios temerarios, viviendo en paz con la gente y gozando del encuentro con Dios.

Bienaventurados los comprensivos, los misericordiosos que miran a los demás con sensibilidad de hermanos, porque tendrán el corazón en paz.

Bienaventurados los que, movidos por el amor a los maltratados y atropellados, dan la cara por ellos, por el vecino, por el compañero de trabajo, por el familiar.

Bienaventurados los que saben comprometerse, los que construyen el Reino con su fidelidad profesional, con sus compromisos por una Iglesia y una sociedad mejores, porque se librarán del hastío, no se contentarán con satisfacciones superficiales, tendrán la alegría de sentirse útiles y una vida con pleno sentido.

 

        

 

 

Evangelio del día 29 de enero de ciclo C
Semana 3ª durante el año
Hebreos 10, 1-10 / Marcos 3, 31-35
Salmo responsorial Sal 39, 2. 4ab. 7-11
R/. “¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!”

Santoral:
San Sulpicio Severo, San Gildas o Gildosio
y San Pedro Nolasco

La juventud no es una época de la vida

Es un estado de la mente,
es una demostración de la voluntad.
Una cualidad de la imaginación,
el vigor de las emociones,
el predominio del valor sobre la timidez;
el deseo de aventuras,
en contraste con el deseo de comodidad.

Nadie es viejo por sólo haber vivido
un cierto número de años.
Se envejece solamente cuando
se abandonan los ideales.
Los años arrugan la piel;
renunciar a los ideales encoge el alma.

La inquietud, la duda, la falta de confianza,
el temor y el desespero… son los factores
que al cabo de largos años, hacen inclinar la cabeza
y encaminar el espíritu hacia el ocaso.

Que se tengan 70 o 16 años, hay siempre
en todo corazón humano, el amor a lo maravilloso,
la dulce admiración por las estrellas,
y por todo lo que irradie luz, sean acciones
o pensamientos, el intrépido desafío
de los acontecimientos, el inagotable
e infantil apetito del:
¿Qué viene después?

Uno es tan joven como su confianza,
tan viejo como su temor;
tan joven como su esperanza,
tan viejo como su desesperación.

Mientras que tu corazón recibe mensajes
de belleza, de alegría, de intrepidez,
de magnificencia y de poder, de la tierra,
de los hombres, y del infinito, eres joven.

Cuando todos los resortes se han aflojado
y todos los rincones del corazón están cubiertos
por la nieve del pesimismo y el hielo del cinismo,
entonces, y sólo entonces,
habrás llegado realmente a viejo,
y, llegado este momento,
que Dios tenga misericordia de tu alma.

Liturgia – Lecturas del día

Martes, 29 de Enero de 2013

Aquí estoy, para hacer tu voluntad

Lectura de la carta a los Hebreos
10, 1-10

Hermanos:
La Ley, al no tener más que la sombra de los bienes futuros y no la misma realidad de las cosas, con los sacrificios repetidos año tras año en forma ininterrumpida, es incapaz de perfeccionar a aquellos que se acercan a Dios. De lo contrario no se hubieran ofrecido más esos sacrificios, porque los que participan de ellos, al quedar purificados una vez para siempre, ya no tendrían conciencia de ningún pecado. En cambio, estos sacrificios renuevan cada año el recuerdo del pecado, porque es imposible que la sangre de toros y chivos quite los pecados.
Por eso, Cristo al entrar en el mundo dijo:
“Tú no has querido sacrificio ni oblación;
en cambio, me has dados un cuerpo.
No has mirado con agrado los holocaustos
ni los sacrificios expiatorios.
Entonces dije: Dios, aquí estoy, yo vengo
—como está escrito de mí en el libro de la Ley—
para hacer tu voluntad”
Él comienza diciendo: “Tú nos has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios, a pesar de que están prescritos por la Ley”, Y luego añade: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 39, 2. 4ab. 7-11

R. ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!

Esperé confiadamente en el Señor

Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor.

Puso en mi boca un canto nuevo,

un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quisiste víctima ni oblación;

pero me diste un oído atento;

no pediste holocaustos ni sacrificios,

entonces dije: «Aquí estoy». R.

«En el libro de la Ley está escrito

lo que tengo que hacer:

yo amor, Dios mío, tu voluntad,

y tu ley está en mi corazón». R.

Proclamé gozosamente tu justicia

en la gran asamblea;

no, no mantuve cerrados mis labios,

Tú lo sabes, Señor. R.

EVANGELIO

El que hace la voluntad de Dios,

ese es mi hermano, mi hermana y mi madre

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Marcos

3, 31-35

Llegaron la madre y los hermanos de Jesús y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Él, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».

Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de Él, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi .hermana y mi madre».

Palabra del Señor.

Reflexión

Heb. 10, 1-10. El pecado es la negación al amor de Dios en nosotros. Cuando queremos ponernos por encima de Dios pensamos, de un modo orgulloso, que nosotros somos los responsables absolutos de nuestra total perfección, teniéndonos a nosotros mismos como punto de referencia de aquello a lo que queremos llegar a ser en nuestra realización como personas.

Sin embargo recordemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios; por eso el plan de Dios es que lleguemos a ser conforme a la imagen de su propio Hijo, hecho uno de nosotros, y convertido para nosotros en el único Camino que nos conduce hacia nuestra perfección en Dios.

Por eso quienes creemos en Cristo, además de tener la posibilidad de encontrar el perdón de nuestros pecados hoy y siempre en su único Sacrificio, también encontramos en Él la participación de la Vida Divina, y del mismo Espíritu que reposó en el Señor y Cabeza de la Iglesia.

Acerquémonos con gran confianza al Trono de la Gracia y, participando del perdón y de los dones de Dios, dejemos que Él lleve a cabo, hasta su plenitud, su obra salvadora en nosotros para que vivamos haciendo en nosotros su voluntad: que creamos en su Hijo Jesús, que Él nos envió como único Salvador nuestro.

Así, haciendo nuestro el perdón de Dios, y participando de su Vida, podremos convertirnos en una ofrenda de suave aroma para Él, y en colaboradores en la construcción de su Reino entre nosotros.

Sal. 40 (39). No es fácil decirle a Dios que queremos hacer su voluntad, pues muchas veces nuestros caprichos, nuestras inclinaciones, y nuestra fragilidad, pueden no sólo hacernos titubear, sino realmente dar marcha atrás en lo que parecía una buena voluntad de seguir los caminos del Señor.

Sin embargo Dios, consciente de nuestra fragilidad, nos fortalece con la presencia de su Espíritu Santo en nosotros para que dejemos de entonar un cántico de maldad y de pecado, y comencemos a entonar el cántico nuevo del amor, de la verdad, de la justicia y del amor fraterno.

Por eso acudamos al Señor y, junto con el apóstol Pedro, digámosle: Señor, tú me conoces y lo sabes todo; pero tú bien sabes que te quiero y que deseo en todo hacer tu voluntad.

Dejemos que Dios lleve a cabo su obra salvadora en nosotros y convirtámonos en fieles testigos de su amor para nuestros hermanos, proclamando su Nombre hasta el último rincón de la tierra haciendo saber a todos lo misericordioso que es Dios para cuantos lo aman y le viven fieles.

Mc. 3, 31-35. Jesús es el Hijo amado del Padre por su fidelidad total a su Voluntad. Jesús mismo diría: mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me envió. Todo aquel que, unido a Cristo, haga la voluntad del Padre Dios, será considerado de la familia de Dios. Por eso, junto con María, debemos aprender a decir: Hágase en mi según tu Palabra.

No basta escuchar la Palabra de Dios, sino que hay que ponerla en práctica. Dios quiere hacer su obra de salvación en nosotros. Si tenemos la apertura suficiente al Espíritu de Dios en nosotros, Dios hará de nosotros sus hijos amados, pues su amor llegará en nosotros a su plenitud.

No nos quedemos siempre como discípulos sentados a los pies de Jesús, vayamos y demos testimonio de Él en nuestra vida diaria; con eso estaremos dando a conocer que en verdad Dios ha hecho su morada en nosotros y que nosotros lo tenemos por Padre.

Mediante la Eucaristía nosotros entramos en una Alianza de comunión con Cristo. Así participamos de la misma Vida que el Hijo recibe del Padre y somos hechos hijos de Dios. Mediante esta obra de salvación que celebramos como un Memorial de la Pascua de Cristo, Él nos hace entender cuánto nos ama. Nosotros no sólo le ofrecemos un sacrificio agradable, pues al permanecer en comunión de vida con Cristo, cuando lo ofrecemos al Padre nosotros mismos nos ofrecemos junto con Él. Por eso al celebrar la Eucaristía estamos adquiriendo un compromiso: consagrarle todo a Dios, de tal forma que nuestra vida, nuestra historia, nuestro mundo, lleguen, por medio nuestro, a la presencia de Dios libres de aquello que oscurece en ellos la presencia del Señor. Así, no sólo somos santificados, sino que Dios nos convierte en instrumentos de su salvación para todos los pueblos.

Venimos ante Él trayendo el fruto del trabajo que nos confió, y volvemos al mundo, impulsados por el Espíritu Santo, para seguir trabajando por un mundo más justo, más fraterno, más capaz de manifestar que el Reino de Dios se va haciendo realidad entre nosotros.

Por eso no basta con participar de la Eucaristía para decir que somos de la familia divina. Es necesario que cumplamos la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios consiste en que creamos en Aquel que Él nos envió.

Y creer en Jesús no es sólo profesar con los labios que es nuestro Dios y nuestro Señor. Hay que creerle a Jesús, de tal forma que hagamos vida en nosotros su obra de salvación.

Su Palabra ha de ser sembrada en nosotros y no puede caer en un terreno malo e infecundo, sino que, por la obra de santificación que realice el Espíritu Santo en nosotros, ha de producir abundantes frutos de buenas obras. Entonces nosotros, a imagen de Jesucristo, pasaremos haciendo el bien a todos.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de vivir con la apertura suficiente para dejarnos conducir por el Espíritu Santo, para que haciendo en todo la voluntad de Dios, unidos a Cristo, en Él nos convirtamos en los hijos amados del Padre. Amén.

Homiliacatolica.com

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