4 de Marzo – Qué frutos, Señor – Cuaresma

4 de Marzo – ¿Qué frutos, Señor? – Cuaresma

Me pides confianza y, por lo que sea,
prefiero mirar hacia atrás
que saborear y soñar con lo que en Ti me espera.
Deseas el fruto de mi constancia y, a la menor,
me dejo enredar por los hilos de la pereza,
la tibieza o las dudas, la fragilidad o la torpeza.

Sueñas con un futuro bueno para mí,
y me encuentras soñando con otras cosas,
con otras instancias que no son las tuyas,
con una tierra muy distinta a la que Tú me ofreces.
Estoy en la higuera, pero la higuera de mi vida,
no siempre fructifica en lo santo, noble y bueno.

Miras a las ramas de mis días
y, lejos de comprobar cómo despuntan sus yemas,
me limito a vivir bajo mínimos,
a dar aquello que me conviene y no me molesta,
a fructificar, poco o nada, si no es beneficio propio.

¿Qué frutos, darte, Señor?
Mira mi miseria,
y dejándome arrastrar por tu riqueza,
ojala recojas de mí aquello que a tu Reino convenga.

Acoge mi buena voluntad,
y lejos de echarme en brazos de la vanidad,
descubra que, sólo Tú y siempre Tú,
eres la causa de lo bueno que brota en mí.
Perdona mi débil cosecha,
y, sigue sembrando Señor, para que tal vez mañana,
puedas despertar, descubriendo en mí,
aquello que, hoy, brilla por su ausencia:

frutos de verdad y de amor,
de generosidad y de alegría,
de fe y de esperanza,
de confianza y de futuro,
de vida y de verdad.

Y no te canses, Señor, de visitar tu viña,
tal vez hoy, puede que no,
pero mañana, con tu ayuda y mi esfuerzo,
brotará con todo su esplendor
la higuera de mi vida.
Amén.

P. Javier Leoz

Evangelio del día 4 de marzo con el Padre Guillermo Serra

Evangelio según San Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’.

Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’.

Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’».

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