4 de Octubre – Dame fe, Señor – Evangelio tiempo ordinario

Dame fe, Señor por el Padre Javier Leoz

Dame fe, Señor.
Y que no me desangre
por las cosas estériles e inútiles
que no merecen la pena.

Dame fe, Señor.
Y que sienta el brotar de una nueva vida,
cuando te palpo por la oración y la Eucaristía.

Dame fe, Señor.
Y elévame cuando, postrado en mil problemas,
tengo la sensación de que se impondrán
a mis posibilidades de hacerles frente.

Dame fe, Señor.
Y que me levante para siempre escucharte,
y que me levante para nunca perderte.

Dame fe, Señor.
Para que, siendo débil como soy,
pueda ser enérgico como Tú quieres
que yo lo sea.

Dame fe, Señor.
Y cura y venda mis heridas,
por las que, en hemorragia continua,
siento que se malogra o se pierde mi vida.

Dame fe, Señor.
Y, cuando pases a mi lado en situaciones distintas,
yo sepa reconocerte y, con mi mano,
tocar y aprovechar la salud que irradia tu manto.

Dame fe, Señor.
Porque la fe, es ver lleno el vacío.
Porque la fe, es confiar en lo prometido.
Porque la fe, es levantarse aún
a riesgo de volver a caer.

Porque la fe, es poner a Dios
en el lugar que le corresponde.
Porque la fe, es atisbar luz donde algunos
se empeñan en clavar sombras.

Dame fe, Señor.
Y, cuando algunos me den por muerto o vencido,
grítame a lo más hondo de mi conciencia:
¡A ti te lo digo! ¡Levántate!

Para que, de esa manera, vean
que tu presencia invisible es más
poderosa que los eternamente visibles;
tu voz es autoridad y sana calmando las heridas;

tu paso no deja indiferente al que te mira
con amor y te acaricia con fe.
¡Gracias, amigo y Señor de la vida!

Javier Leoz

Evangelio del día 4 de octubre con el Padre Guillermo Serra| Lunes de la vigésima séptima semana del Tiempo ordinario – Festividad de San Francisco de Asís

Disfruta cada día de la Palabra de Dios y compártela para que llegue a los corazones de tantos cristianos que necesitan este alimento diario.

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 10, 25-37

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?»

El doctor de la ley contestó: «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo». Jesús le dijo: «Has contestado bien; si haces eso, vivirás».

El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús le dijo: «Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto.

Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo.

De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él.

Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?» El doctor de la ley le respondió: «El que tuvo compasión de él». Entonces Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».


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ORACIÓN A SAN FRANCISCO DE ASÍS


ORACIÓN del Ángelus por el Papa Francisco


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