AÑO SACERDOTAL EN CONMEMORACIÓN DE LOS 161 AÑOS DE LA MUERTE DE SAN JUAN MARÍA VIANNEY, EL SANTO CURA DE ARS

Mensaje de monseñor Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio, con motivo del Año Sacerdotal

Queridos hermanos sacerdotes, queridos seminaristas, hermanos y hermanas de la familia diocesana:

Durante el año en curso – desde la solemnidad del Sagrado de Corazón de Jesús, 19 de junio de 2009, hasta la misma celebración del próximo año, el 11 de junio de 2010 -, estaremos recordando los 150 años de la muerte del santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, con una especial dedicación a la misión de los sacerdotes y al sentido eclesial de su ministerio. Su propósito, como lo expresa el Santo Padre en su carta del 16 de junio último, es “contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para un testimonio evangélico más fuerte e incisivo en el mundo de hoy…”.

La memoria de una figura ejemplar, inspiradora de innumerables generaciones de pastores, modelo de párrocos y de confesores, como es la del Cura de Ars, ofrece un punto de partida elocuente y cercano, para renovar el conjunto de la vida y la experiencia de quienes han sido llamados a representar entre sus hermanos a Cristo Sacerdote. Ellos deben continuar su obra de salvación en la Iglesia, a través de los sacramentos, en especial la Eucaristía, y por la predicación y la solicitud pastoral, reflejando la santidad a la que son llamados todos los bautizados. También es oportuno recordar a los fieles la importancia de este ministerio para su propia santificación, ya que los medios para ello nos los alcanza la Iglesia por el camino de la trasmisión sacramental en el Orden sagrado que viene de los apóstoles e incorpora a sus sucesores, los obispos, y por estos, a los sacerdotes, sus colaboradores inmediatos, así como a los diáconos.

Durante el Año Sacerdotal se realizarán encuentros de oración y de reflexión, se hará llegar a todos los ámbitos y niveles de la vida eclesial la invitación a asumir un mayor compromiso en la promoción de las vocaciones y en la asistencia y el estímulo espiritual para que el ministerio de los presbíteros cuente siempre con la comprensión y la estima, el apoyo y el seguimiento que merece en la Iglesia. Sobre todo, tenemos que crear una común

conciencia de la necesidad de vivir con generosidad la respuesta que debemos los sacerdotes a la llamada divina a la santidad, trasmitiendo a los hermanos esa misma llamada y señalándoles los medios que el Salvador ha puesto a nuestro alcance. Este año, enriquecido con las indulgencias que el Santo Padre ha querido acordar a los sacerdotes y a los fieles, es una ocasión para un renovado encuentro interior con Nuestro Señor Jesucristo, que nos revela al Padre de misericordias, y por la acción del Espíritu Santo nos conduce a la comunión con Él ya en esta vida. Es un año para profundizar con intensidad espiritual en las riquezas verdaderas que se nos ofrecen en la Iglesia, y que nos llegan por la mediación sacerdotal. Para los mismos ministros es una oportunidad para ahondar en el compromiso interior y en la generosidad exterior, y para que los fieles tengan un mejor conocimiento de la misión y sentido del sacerdocio católico y de su propio vínculo con él y reflexionen sobre la manera de aplicarse con inteligencia y nuevas iniciativas a la obra apostólica en la colaboración con los pastores.

“Este es sin duda el Profeta que había de venir al mundo” (Jn 6, 14)

El pasado domingo, XVII del tiempo ordinario, leíamos el pasaje evangélico de la multiplicación de los panes y los peces, junto al lago de Galilea (Jn 6, 1-15). Si por un lado contemplamos la generosa disponibilidad de Jesús, su apertura hacia los que sufren, y el eco que sus palabras y gestos despertaban en los que acudían a él, no podemos dejar de comprobar, por otro lado, que se percibe una cierta distancia, cuando no incomprensión, entre la obra que realiza Jesús y los resultados que esperaban sus seguidores, incluidos los mismos discípulos más cercanos. Ello no resulta solamente de las palabras de Jesús, que dice un poco más adelante: “Ustedes me buscan, no porque han visto a través de los signos, sino porque han comido pan hasta saciarse”; en efecto, el pueblo, en lugar de buscar “el alimento que permanece y da vida eterna” (Jn 6, 26-27), quiso “proclamarlo rey” (Jn 6, 15), es decir, mantuvo una actitud que no iba más allá de lo social y político. Pareciera que el momento central de la acción descrita – la acción de gracias sobre los alimentos, luego repartidos entre los presentes -, con su fuerte impronta eucarística, pasó casi desapercibida, y solamente los impresionó el milagro de la multiplicación. Una lectura diferente nos permite comprender mejor cuanto sigue: la multiplicación es un hecho milagroso, que sirve de marco y de signo trasmisor al acontecimiento central, el Pan que no perece, que da la vida eterna. Frente a lo que es simplemente maravilloso a los ojos de los hombres, el deseo de proclamarlo rey es comprensible, lógico; pero cuando lo que cuenta es el misterio de la vida eterna, que Jesús vino a proponernos con su palabra y con su sacrificio, no podemos conformarnos con una situación meramente humana, solo cabe retirarse a la soledad del corazón para estar con Dios, como el mismo Jesús que “nuevamente huyó al monte él solo” (Jn 6, 15).

Pienso que podemos ver la centralidad de la Eucaristía ya prefigurada en el citado pasaje de San Juan. Por ella, el sacrificio de Jesús que nos otorga la vida eterna es eficaz permanentemente en la Iglesia; la Iglesia conserva el poder de su actualización por la gracia que le fue confiada y que es la razón de la institución del sacerdocio, para hacerlo en su memoria (cfr. Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24-25). La vida de la comunidad cristiana naciente ya se distinguía por esta perseverancia en la fracción del pan (Hech 2, 42; 1 Cor 11, 17-33).

¿Soledad del sacerdote? ¿Incomprensión de los fieles?

El mismo episodio que comentamos anticipa empero la incomprensión con que se encuentra muchas veces la Iglesia al trasmitir el mensaje de Cristo, y que incluye también al ministerio de los sacerdotes. En el año sacerdotal tendremos la oportunidad de presentar, sin disimulo ni empequeñecimientos, la verdad del Evangelio, y es una invitación a revisar nuestras costumbres y nuestras expectativas: ¿Que nos quiere decir el Señor por la Iglesia? ¿Qué buscamos nosotros en la Iglesia, en los sacerdotes, en los sacramentos, en la liturgia, en la palabra inspirada? Para todos los fieles se trata, más concretamente, de expresar qué es lo que esperan y desean del sacerdote y de su ministerio, y establecer de qué manera, comenzando por supuesto con la oración, colaborarán con ellos en la evangelización.

Desgraciadamente, a veces la distancia que separa al sacerdote de los fieles tiene causas reales, originadas en la misma actitud y conducta de los pastores. La atención pastoral incluye, desde luego, todo lo que forma parte del trato afable, de la comprensión, de la educación, pero sobre todo se funda en la caridad, expresada con cercanía y con delicadeza. La verdad del mensaje de Jesucristo no puede ser alterada ni su contenido disfrazado o disminuido – sus palabras son duras, a veces -, pero la verdad no indispone ni divide. El testimonio de una dedicación generosa al servicio de Dios y de los hermanos, la trasparencia de la vida, el desprendimiento personal, la adhesión constante y fiel a los compromisos asumidos, la solidaridad espiritual y material con los más necesitados, son la mejor recomendación, la presentación más adecuada del sacerdocio de Cristo realizado en la Iglesia por los ministros sagrados. Si a Jesús no lo comprendieron siempre ni lo aceptaron fácilmente, no fue por actitudes suyas egoístas o suficientes; el modelo de vida que Él nos dejó, aplicado por los sacerdotes, es el más eficaz medio de comunión.

Por eso, el Papa, en su Carta tantas veces mencionada, recuerda la llamada a la seriedad del compromiso asumido ante Dios: “Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo.” Y dice luego: “En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: ‘El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio” (Evangelii nuntiandi, 41).

Los obispos de la Argentina, en su Carta a los sacerdotes al iniciarse el Año Sacerdotal, expresaron esta exigencia de caridad: “Este amor de Dios, manifestado en Jesucristo, ha llegado a nosotros de manos de la Iglesia, que nos engendró a la fe y nos llamó al ministerio después de un largo, sereno y responsable discernimiento. El mismo amor de Dios se nos sigue manifestando cotidianamente, a través de la comunión presbiteral y del servicio al pueblo santo de Dios que es la razón de ser de nuestro ministerio. En efecto, queridos hermanos, el sacerdocio es Misterio de Amor recibido y entregado, actualizado cada día en la celebración eucarística y en el don generoso de la propia vida ‘hasta el extremo’ (Jn 13, 1). Es hermoso vivirlo con radicalidad, como todo amor verdadero. Por eso la Iglesia ha visto desde sus inicios una múltiple armonía entre sacerdocio y celibato y llama al ministerio presbiteral a quienes han recibido y aceptado libremente vivir este fecundo carisma de entrega total. Asumidos por Cristo Cabeza y Esposo, los sacerdotes estamos llamados a ser signos fecundos del amor de Cristo a su Iglesia, pastores y padres de la comunidad. Esta verdad sólo se puede comprender y vivir a la luz de la fe, animada por el fervor de la caridad, en la espera gozosa de la plenitud del cielo. Pero como todo amor humano es vulnerable, -‘llevamos este tesoro en recipientes de barro’ (2 Cor 4, 7) -, necesitamos también acoger la invitación de San Pablo a Timoteo: ‘te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos’ (2 Tim 1,6). La lectura orante y la predicación de la Palabra de Dios; la celebración gozosa de la Eucaristía y de toda la liturgia; el servicio fiel, paciente y generoso a los fieles, sobre todo a los pobres y enfermos, son el camino indispensable para ir forjando cada día más en nosotros los sentimientos y la imagen de Jesús, el Buen Pastor.”

Una propuesta clara y definida, un estilo de vida fiel al modelo evangélico, habrá de lograr que los fieles reconozcan el sentido del sacerdocio confiado por el Señor resucitado a su Iglesia, en su autenticidad y sencillez.

El ofrecimiento de Cristo

“¿De dónde le viene (a Cristo) el sacerdocio? Del hecho que Él se inmoló por nosotros.” Es una pregunta directa y abrupta la que hace San Agustín, y él mismo muestra en su respuesta el motivo central y determinante. Es un texto que nos ayudará a compenetrarnos mejor del espíritu sacerdotal, que se expresa en la mediación redentora. La vocación de Jesús lo llama al sacrificio reparador, por amor a su Padre, con quien desea reconciliar a sus hijos dispersos, apartados por el pecado. El sacrificio es factor de unidad; por él y para él son congregados los hombres, para formar un solo pueblo, un cuerpo, con una Cabeza única, el mismo Señor Resucitado. En la vida del cristiano el crecimiento en la santidad se da por la Eucaristía, celebrada en la Iglesia por el ministerio del sacerdote, y prolongada en toda la existencia. Es en torno del misterio de la Presencia y del Sacrificio que se desarrolla el camino de reconciliación del pecador y de regreso al Padre del hijo extraviado, la concreción de la esperanza que nos sostiene, hasta encontrarnos para siempre junto a Dios.

¿Pero qué Jesús mismo se ofrece a Dios en el sacrificio? Sigue diciendo San Agustín: “Entrega (tú) al sacerdote lo que ha de ofrecer ¿Qué hubiera encontrado el hombre para presentar como víctima pura? ¿Qué víctima? ¿Qué puede presentar el pecador que sea puro?¡Hombre inicuo, impío! Todo lo que aportas es impuro, y sin embargo debe ofrecerse por tí una ofrenda pura. Busca en torno tuyo algo para ofrecer; no lo encontrarás. Busca entre tus bienes algo para ofrecer, no se complace en carneros, machos cabríos o toros. Todo esto le pertenece, aunque no se lo ofrezcas. Ofrécele pues un sacrificio puro.” Si fuera por el hombre, no se obtendría ofrenda alguna que sea digna del sacrificio, digna de Aquél a quien se ofrece el sacrificio. No se halló para ofrecerlo un don que fuera digno de Dios. Cristo se ofreció a sí mismo, en la oblación de su carne pura e inocente, pues estaba libre de pecado. Y fue esta oblación la que liberó al hombre. Es la diferencia entre los sacrificios de la Ley antigua y el sacrificio de Cristo, entre los sacerdotes de la Alianza y el Sumo Sacerdote nuevo, que lo es para siempre. Por eso, San Agustín se dirige así al hombre pecador: “Pero eres pecador, eres impío, tienes la conciencia manchada. Podrías ofrecerle algo puro una vez que te hayas purificado; pero para ser purificado, hay que ofrecer algo por tí. ¿Qué vas a ofrecer entonces por tí, para ser limpio? Si fueses purificado, podrías ofrecer una ofrenda pura.”

Interviene la mediación de Cristo, el Salvador. No había sacerdote capaz, no había ofrenda suficiente, y el Hijo de Dios se ofreció él mismo: “Ofrézcase a sí mismo el sacerdote inmaculado, y purifique. Es lo que hizo Cristo. No encontró en los hombres nada que fuera puro, para ofrecerlo por los hombres; se ofreció a sí mismo como víctima pura. ¡Víctima feliz, verdadera víctima, hostia inmaculada! No ofreció entonces lo que nosotros le habíamos dado, sino que ofreció más bien lo que Él tomó de nosotros, y lo ofreció purificado. En efecto, recibió de nosotros la carne, y eso es lo que ofreció. Mas ¿de dónde la tomó? Del seno de la Virgen María, para ofrecerla pura por los impuros. Él mismo es Rey, Él es Sacerdote: alegrémonos en Él” (San Agustín, Enarr. in Ps. 149, 6; CCL, pp. 2182-2183).

El sacrificio que nos da la vida nos asocia a esta obra al mismo tiempo a nosotros, que somos pecadores, alejados de Dios, privados de la vida. La carne, que el Verbo tomó de la naturaleza de los hombres, es elegida para el sacrificio; es la carne que, por María Inmaculada, su Madre, hizo suya propia el Señor cuando vino al mundo. De esta manera maravillosa también ha cooperado el género humano a su salvación. La humanidad de Cristo es modelo para la existencia cristiana; lo es para todos sus discípulos, y de manera especial para sus sacerdotes. Estos, cooperadores de la gracia redentora por su participación en el sacrificio eucarístico, manifiestan con su vida la identificación con el Buen Pastor que se entregó por sus ovejas, y que tiene su cima y su definición en la celebración. La misión del presbítero se define por el sacrificio, y cada uno es, a su manera, como Jesús, sacerdote unido a Él e incorporado a su ministerio, y por la naturaleza humana que comparte con el Señor, es también víctima, porque Jesús murió crucificado y porque su vida entera es ofrecida en bien de sus hermanos en el servicio pastoral.

Identidad y “estilo” sacerdotal

El ejercicio del ministerio no es simplemente cumplir con regularidad las tareas impuestas por la tradición de la Iglesia, realizar una función que tiene un relieve social en la comunidad, estar a disposición de las necesidades espirituales y también materiales de los hermanos. Cuanto hemos dicho hasta ahora nos indica suficientemente que se trata de una identificación con Cristo, en el ámbito del misterio de su Persona y de su misión, y que no siempre será comprendida correctamente, a veces ni por los mismos cristianos, como no lo fue por los contemporáneos de Jesús. En su Carta convocando a este Año sacerdotal dice el Papa: “El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma.” Hacer vivo y presente el testimonio de “las palabras y los gestos de Cristo … identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida”, es lo propio del sacerdote, remitiéndose siempre al Señor, inspirador de su llamada, modelo de su pensar y actuar, meta de sus aspiraciones y búsquedas. Esta vocación no será sin contradicciones y dudas, pero es fuente de alegría profunda, medio para la dispensación de los dones de Dios y ocasión para ejercer los carismas y las dotes recibidas de la naturaleza y acrecentadas por la gracia. Continúa el Santo Padre, hablando de los sacerdotes: “¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de ‘amigos de Cristo’, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?”. En la sociedad contemporánea, tan contradictoria, tan frágil en sus miembros más débiles y tan necesitada de paz y de justicia, las posibilidades, humanamente consideradas, de influir positivamente son bien reducidas, pero es evidente que tenemos la protección de Dios y también contamos con la oración, la colaboración y el apoyo de nuestros fieles laicos. Una propuesta clara y definida, un estilo de vida fiel al modelo evangélico, habrá de lograr que los fieles reconozcan el sentido del sacerdocio confiado por el Señor resucitado a su Iglesia, en su autenticidad y sencillez.

La participación de los fieles laicos

También el Papa Benito XVI en la mencionada Carta se refiere, por ello, a “los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal (Lumen gentium, 10) y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos ‘para llevar a todos a la unidad del amor: amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua’ (Rm 12, 10; Presb. ordinis, 9). En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de “reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia… Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos” (Ibid.) .

Esta colaboración de los laicos tiene diferentes niveles de compromiso y de participación. Hay funciones que competen a ellos, en primer lugar, y donde la responsabilidad del pastor es formar y orientar en la vida de fe, sostener con la Palabra y los sacramentos, para que hagan presente a la Iglesia en esos ámbitos y situaciones. En la pastoral, el compromiso de los laicos es un precioso instrumento, desde el ejercicio de los ministerios y funciones en las celebraciones litúrgicas hasta su participación en la caridad, la catequesis, la educación cristiana, el acompañamiento de las familias, la animación de los niños y jóvenes, la asistencia a los ancianos y enfermos, el anuncio en la misión. Los sacerdotes tienen que promover esta participación y preparar para ella, con apertura y generosidad, recordando el sustento necesario que a esas tareas laicales confiere el ministerio del presbítero, y por eso, no deben descuidar la invitación a escuchar la llamada de Dios, para el sacerdocio, la vida consagrada y la profundización de la espiritualidad y el compromiso apostólico según los carismas presentes en la Iglesia.

Conclusión

En la alocución con que acompañó el rezo del Angelus el domingo 26 de julio, cuyo evangelio comentamos más arriba, el Papa Benito XVI, refiriéndose al mismo texto, profundizó la relación entre el “signo” de la multiplicación de los panes y la Eucaristía: “Aquí la Eucaristía queda como anticipada en el gran signo del pan de la vida”, explicó. Y dirigiéndose a los sacerdotes, prosiguió haciendo una semejanza entre ellos y los apóstoles: “En este Año Sacerdotal, cómo no recordar que especialmente nosotros, los sacerdotes, podemos reflejarnos en este texto de Juan, tomando el lugar de los apóstoles, cuando dicen: ¿Dónde podremos encontrar el pan para toda esta gente? Y también a nosotros nos surge espontáneamente la pregunta: ¿Qué es esto para semejante multitud? En otras palabras, ¿Quién soy yo? ¿Cómo puedo, con mis límites, ayudar a Jesús en su misión? Y la respuesta la da el Señor: ¡Al poner precisamente en sus “santas y venerables” manos lo poco que son, los sacerdotes se convierten en instrumentos de salvación para muchos, para todos!”

En esta actitud de humilde confianza encuentra el sacerdote la fuerza para acompañar al Señor en el cumplimiento de la misión que le fue dada. Confiamos a la oración de todos los fieles católicos la fidelidad y la santidad de sus sacerdotes, por la intercesión de San Juan María Vianney, seguros de la protección constante de María Santísima, Madre de los sacerdotes, a quienes acompaña con la misma solicitud que demostró junto a su Hijo Jesús.

Mons. Martín de Elizalde OSB, obispo de Nueve de Julio

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