Lecturas diarias – 22 de Octubre – Parábola de la Higuera

Lecturas diarias – 22 de Octubre

Carta de San Pablo a los Efesios 4,7-16.
Hermanos:
Cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido.
Por eso dice la Escritura: Cuando subió a lo alto, llevó consigo a los cautivos y repartió dones a los hombres.
Pero si decimos que subió, significa que primero descendió a las regiones inferiores de la tierra.
El que descendió es el mismo que subió más allá de los cielos, para colmar todo el universo.
El comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros.
Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo,
hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo.
Así dejaremos de ser niños, sacudidos por las olas y arrastrados por el viento de cualquier doctrina, a merced de la malicia de los hombres y de su astucia para enseñar el error.
Por el contrario, viviendo en la verdad y en el amor, crezcamos plenamente, unidos a Cristo. El es la Cabeza,
y de él, todo el Cuerpo recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros. Así el Cuerpo crece y se edifica en el amor.

Salmo 122(121),1-2.3-4a.4b-5.
¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la Casa del Señor!»
Nuestros pies ya están pisando
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén, que fuiste construida
como ciudad bien compacta y armoniosa.
Allí suben las tribus,
las tribus del Señor.

Porque allí está el trono de la justicia,
el trono de la casa de David.

Evangelio según San Lucas 13,1-9.
En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios.
El les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás?
Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.
¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?
Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.
Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró.
Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’.
Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré.
Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás'”.

 

22 de octubre de 2013 ciclo C año impar
Semana 29ª durante el año
Feria – Verde
Romanos 5, 12. 15b. 17-21/ Lucas 12, 35-38
Salmo responsorial Sal 39, 7-10. 17
R/. “¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!”

Santoral:
San Felipe de Heraclea, Santas Elodia
y Nunilón, Beato Timoteo Giaccardo

Me da miedo Señor decirte si

Me da miedo decir «sí». ¿Adónde me acabarás llevando?
Me da miedo sacar la paja más larga, me da miedo firmar
la hoja en blanco, me da miedo decir un «sí» que traerá cola.
Y con todo no puedo vivir en paz. Tú me sigues, me cercas
por todos lados. Y yo busco el ruido porque me da miedo oírte,
pero Tú te deslizas en el menor silencio. Yo cambio de camino
cuando te veo venir pero al fin de este nuevo sendero Tú
me estás esperando. ¿Dónde me esconderé?
En todas partes te encuentro:
¡No hay modo de escaparse de Tí!

Y yo tengo miedo de decir «sí», Señor. Tengo miedo de darte
la mano: te quedarías con ella. Tengo miedo de cruzarme
con tu mirada: eres un seductor. Tengo miedo de tu exigencia:
eres un Dios celoso. Estoy acorralado y trato de esconderme.
Estoy cautivo, pero me debato y lucho sabiéndome vencido.
Tú eres más fuerte, Señor. Tú posees el mundo y me lo quitas.
Cuando extiendo la mano para tomar a una persona o una cosa,
todas se desvanecen delante de mis ojos. Y no, no es agradable
eso de no poder tomarse nada para uno: si corto una flor,
se me marchita entre los dedos, si lanzo una carcajada se me hiela
en los labios, si danzo un vals me quedo jadeante y nervioso.
Y todo me parece vacío, todo se me hace hueco. En torno a mí
Tú has hecho el desierto. Y tengo hambre y sed y el mundo
no podría alimentarme.

¡Pero si yo te amaba, Señor! ¿Qué es, entonces, lo que yo
te he hecho? Yo trabajaba por Ti y yo me entregaba.
Oh gran Dios terrible, ¿qué más quieres?

Hijo mío, Yo quiero más de ti y del mundo. Antes tú me dabas
tu acción y eso no me sirve para nada. Tú me invitabas a bendecirla,
me invitabas a sostenerla, querías interesarme en tu trabajo.
Pero fíjate bien, al hacerlo hijo mío, tú invertías el juego.
Yo antes veía tu buena voluntad, te seguía con los ojos, pero ahora
quiero más: no se trata de que tú hagas tu acción, sino la voluntad
de tu Padre del cielo. Di «sí» hijo mío. Necesito tu «sí» como necesité
antaño el de María para venir al mundo, porque soy Yo quien debe
meterse en tu trabajo, entrar en tu familia, en tu barrio, Yo, y no tú.
Porque es mi mirada la que penetra y no la tuya, es mi palabra
la que arrastra y no la tuya, es mi vida la que transforma y no la tuya.
Dame todo, ponlo todo en mis manos. Yo necesito tu «sí»
para desposarme contigo y descender a la tierra, necesito tu «sí»
para seguir salvando al mundo.

Oh, Señor, tus exigencias me dan miedo, pero ¿quién puede resistirte?
Para que tu Reino llegue y no el mío, para que se cumpla
tu voluntad y no la mía, ayúdame a decir «sí».

Michel Quoist

Liturgia – Lecturas del día

Martes, 22 de Octubre de 2013

Si por la falta de uno solo reinó la muerte,
con mucha más razón vivirán y reinarán
aquéllos que han recibido la gracia

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo
a los cristianos de Roma
5, 12. 15b. 17-21

Hermanos:
Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron.
Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos.
En efecto, si por la falta de uno solo reinó la muerte, con mucha más razón, vivirán y reinarán por medio de un solo hombre, Jesucristo, aquéllos que han recibido abundantemente la gracia y el don de la justicia.
Por consiguiente, así como la falta de uno solo causó la condenación de todos, también el acto de justicia de uno solo producirá para todos los hombres la justificación que conduce a la Vida. Y de la misma manera que por la desobediencia de un solo hombre, todos se convirtieron en pecadores, también por la obediencia de uno solo, todos se convertirán en justos.
Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Porque así como el pecado reinó produciendo la muerte, también la gracia reinará por medio de la justicia para la Vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 39, 7-10. 17

R. ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!

Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: «Aquí estoy». R.

«En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu Ley está en mi corazón». R.

Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor. R.

Que se alegren y se regocijen en ti
todos los que te buscan
y digan siempre los que desean tu victoria:
«¡Qué grande es el Señor!» R.

EVANGELIO

Felices los servidores
a quienes el Señor encuentra velando a su llegada

a Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas
12, 35-38

Jesús dijo a sus discípulos:
Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.
¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Palabra del Señor.

Reflexión

Rom. 5, 12. 15. 17-19. 20-21. El hombre, esclavizado por el pecado, ha sido liberado por Cristo. Adán, al pecar, desobedeció un mandato de Dios; por eso es considerado pecador. Quien nace y vive en la rebeldía a Dios, vive esclavo del pecado.
Creer en Cristo es hacer nuestra la Gracia que nos viene de Aquel que fue Obediente y Fiel en todo a la Voluntad Divina, convirtiéndose así, para nosotros, en fuente de salvación.
Por eso el hombre no se justifica por cumplir la Ley, sino por creer en Cristo Jesús. Efectivamente, la salvación no es consecuencia de nuestras obras, sino un don gratuito de Dios, ofrecido a nosotros por medio de su Hijo, hecho uno de nosotros.
Vivamos, no en la rebeldía de Adán, sino en la obediencia de Cristo. Alejémonos, así, de la muerte, y disfrutemos de la Vida que el Señor nos ha ofrecido mediante su muerte y resurrección.

Sal. 40 (39). Aquel que quiera trabajar en favor del Reino de Dios debe abrir sus oídos para escuchar al Señor, y poner todo su empeño en hacer su voluntad. Por eso Jesús nos enseña tanto a orar con los labios como con la vida diciendo: Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Jesús mismo nos dice que su alimento es hacer la voluntad de Quien lo envió.
Si queremos ser un signo de salvación y del amor de Dios para los demás; si queremos pasar haciendo el bien y no el mal, aprendamos a escuchar la Palabra de Dios y a ponerla en práctica. De esa forma procuraremos concretizar entre nosotros el Reino de Dios, que es Reino de Santidad y de Vida, de Justicia, de Amor y de Paz.

Lc. 12, 35-38. La Iglesia, Esposa de Cristo, vive preparada, con el corazón despierto para cuando vuelva el Señor. Nuestra mejor preparación es a través del servicio a los demás.
Se nos ha confiado el Evangelio y no podemos darnos descanso en anunciarlo a los demás. Nosotros mismos hacemos vida el Evangelio en nuestra existencia diaria. Así jamás se apagará la Luz que el Señor encendió en nosotros, pues la fe en Él nos conserva siempre iluminando aún en medio de los momentos más difíciles de nuestra vida.
Que cuando el Señor vuelva nos encuentre trabajando por su Reino, haciendo el bien a los demás y sirviendo con amor a todos.
El Señor se ha puesto afanoso por nosotros. Él no se durmió mientras su enemigo amenazaba nuestra vida. Él, como el dueño de la casa, veló por los suyos y venció a quien nos amenazaba de muerte.
Mediante su muerte y resurrección nos dio nueva Vida, la Vida de hijos de Dios. Así Él no sólo procura el bien de los de su casa, sino que Él mismo se convierte en alimento de salvación para nosotros.
Quienes participamos de su Eucaristía conocemos el amor de Dios y todo lo que Él ha hecho en favor nuestro. Aceptemos en nosotros ese amor y, unidos a Cristo, conservemos nuestras lámparas encendidas y trabajemos constantemente para que la Vida del Señor, que Él nos ha comunicado, llegue hasta el último rincón de la tierra..
El Señor nos pide estar al servicio de su Evangelio trabajando para que su amor llegue a todos, especialmente a quienes han sido despreciados o marginados a causa de su pobreza.
La Iglesia está al servicio de toda la humanidad. No ha sido puesta para aprovecharse de nadie. Más bien debe tener la cintura ceñida, siempre dispuesta a servir, siempre dispuesta a hacer el bien, siempre dispuesta a dar voz a los desvalidos, siempre dispuesta a defender la vida y los derechos de todas las gentes.
Así la Iglesia no sólo en su mano, sino en su corazón, conserva la luz del Amor que procede de Dios. Es a la luz del amor de Cristo que lleva a cabo toda su acción evangelizadora y de servicio a los demás, no como una filantropía, sino como una acción salvadora que procede de Dios.
Cuando la Iglesia deja de actuar bajo la luz del amor que procede de Dios corre el riesgo de convertirse en una iglesia exigente para recibir honores y servicios de los demás. Entonces, por nuestra infidelidad al Señor, en lugar de ser portadores de Vida, seríamos portadores de muerte.
Cristo nos llama a ser un signo del Evangelio de su amor; esforcémonos en hacer realidad esa vocación que hemos recibido.
Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la Gracia de caminar día a día hacia nuestra perfección en Cristo, su Hijo, por permitir que se haga su voluntad en nosotros. Así cada día seremos un signo más claro del amor de Dios en medio de nuestros hermanos. Amén.

Homiliacatolica.com

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